Saturday, November 22, 2014
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Ucrania al borde del abismo

VIENA – Hace siete años la Revolución Naranja de Ucrania alimentó la esperanza de que el país estuviera avanzando hacia una verdadera democracia. Desde entonces, las libertades democráticas se han restringido, la ex primer ministro y líder de la revolución, Yulia Tymoshenko, ha sido encarcelada y el régimen del presidente, Viktor Yanukovych, se ha aislado de la escena internacional. Ucrania se está deshaciendo.

Actualmente, un pequeño grupo de oligarcas que rodean a Yanukovich han secuestrado el poder. Manipulan las elecciones, controlan los medios de comunicación, y están configurando las instituciones del país de modo que sirvan a sus propios intereses empresariales. La condena de Occidente no ha tenido impacto. Mientras dominen las industrias y recursos naturales del país, seguirán teniendo el poder –enfoque que perfeccionó el ex primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, la figura que toman como ejemplo.

Independientemente de la opinión que se tenga sobre Tymoshenko, su encarcelamiento no se debe a ninguno de los delitos manifiestos que cometió mientras estuvo en el poder. Está en prisión porque ya no tiene ese poder. Esto sienta un precedente peligroso porque crea un incentivo poderoso –el ganador se lleva todo, el perdedor va a la cárcel- para cometer actos despiadados.

Es difícil predecir el curso que seguirán los acontecimientos del caso Tymoshenko – Yanukovych cederá a la presión de la Unión Europea y los Estados Unidos para liberarla, o, las fuerzas que la quieren excluir para siempre de la política. Hasta hace poco, los dirigentes ucranianos usaban medios más eficientes que la prisión para tratar a los opositores incómodos. Por ejemplo, en 2000, el periodista Georgiy Gongadze, fue secuestrado y decapitado después de haber publicado en línea informes sobre la corrupción en los altos niveles del gobierno. Durante la investigación correspondiente, el ex ministro del Interior, Yuriy Kravchenko, murió de dos disparos en la cabeza horas antes de atestiguar.

Tal vez la propia Tymoshenko no entendió cuán bruscamente su país se había desviado de las normas democráticas cuando se burló de Yanukovych y sus opositores durante su juicio. En efecto, su primer breve encarcelamiento en 2001, le dio capital político y la llevó a las primeras filas de la oposición democrática.

Tal vez el mismo Yanukovych no previó las consecuencias del arresto, juicio y encarcelamiento de Tymoshenko. Algunos teóricos de la conspiración ucranianos –los cuales abundan- sostienen que a Yanukovich se le tendió una trampa mediante información errónea, hábilmente preparada, que le facilitaron los funcionarios de su entorno.

Si el encarcelamiento de Tymoshenko hace que la Unión Europea se niegue a firmar un acuerdo de asociación con Ucrania en la próxima cumbre que dichas partes celebrarán en Kiev el 19 de diciembre, los perjuicios para el país serán enormes y duraderos. Sin embargo, cada mes que Tymoshenko pasa en la cárcel –hasta ahora más de tres- su condición de mártir aumenta, lo que hace más difícil para Yanukovych ponerla en libertad. Yanukovych se ha vuelto un rehén de sus propias acciones –y por ende no ha hecho nada para salir de esta situación.

El entonces presidente de Rusia, Vladimir Putin, se metió también en un embrollo similar en 2003 debido al arresto del oligarca petrolero Mikhail Khodorkovsky. En aquel entonces, Khodorkovsky era el hombre más rico de Rusia y un crítico abierto del gobierno de ese país, por lo que su detención desencadenó una lluvia de protestas internacionales. Al igual que Yanukovych, Putin siente la presión de Occidente para liberar a su oponente, pero el riesgo político es demasiado grande.

Los objetivos de Yanukovych no son claros. No responde a la presión europea, a pesar de que Ucrania ganaría influencia política si tuviera una relación más estrecha con la UE. Tal vez, simplemente a Yanukovych le desagrade la UE porque ésta celebró su derrota en la Revolución Naranja, y por las pifias vergonzosas en las que incurre siempre que está de visita en algún país de la UE.

O tal vez aprendió del presidente bielorruso, Alexander Lukashenko, que la UE tiene poca influencia sobre la política interna de los países extracomunitarios. A la primera señal positiva de Belarús, la UE olvida y perdona. De hecho, incluso sin una señal positiva de Ucrania, el Parlamento Europeo ha recomendado el comienzo de las negociaciones para un acuerdo de asociación.

En general, la política exterior de Yanukovych parece reactiva. Por ejemplo, en 2010, cedió a la presión de Putin para extender hasta 2042 el arrendamiento ruso de instalaciones navales en Crimea, mientras que Tymoshenko y otros señalaban la inconstitucionalidad del tratado.

Yanukovych también socavó la fortaleza geopolítica de Ucrania frente a Rusia al rechazar la invitación de la OTAN a unirse en 2010. Aunque el Kremlin no vea con mucho agrado el acuerdo de asociación previsto entre la UE y Ucrania, no tiene razones para inquietarse mientras Yanukovych continúe siendo un presidente débil en un país dividido.

Así pues, Ucrania se está convirtiendo en una mezcla peligrosa de autoritarismo y capitalismo corrupto. En Belarús el empobrecido Lukashenko recurre cada vez más a la fuerza bruta para mantener el poder –reprime manifestaciones pacíficas, encarcela a los opositores políticos y aterroriza a los intelectuales. Comparado con él, Berlusconi es un ejemplo de buen gobierno. No obstante, como bien saben Yanukovych y sus partidarios, Berlusconi ha dimitido, pero Lukashenko no.

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