La invasión rusa de Georgia ha enviado olas expansivas por todo Occidente y el espacio de la antigua Unión Soviética… en particular Ucrania. De hecho, la próxima crisis podría producirse en este país.
La orientación cada vez mías prooccidental de Georgia, incluidos lazos cada vez más estrechos con la OTAN, ha sido una espina en el costado de Moscú, pero no representaba una amenaza para la seguridad de Rusia. El ejército de Georgia es pequeño y está mal pertrechado, por lo que no puede ser un rival para Rusia, como ha quedado ampliamente demostrado este mes.
En cambio, la integración de Ucrania en la OTAN tendría consecuencias estratégicas mucho mayores, pues acabaría con las pocas esperanzas que le queden a Rusia de constituir una “Unión Eslava”, compuesta por Rusia, Belarús y Ucrania, sueño que aún late en el pecho de muchos rusos. También tendría importantes consecuencias para la industria rusa de defensa, en particular la defensa aérea y la producción de cohetes.
En una palabra, la auténtica causa de la ansiedad y la angustia estratégica de Moscú es la futura orientación política y de seguridad de Ucrania. Lo de Georgia ha sido en gran medida un asunto menor.
Rusia tiene varios medios para presionar a Ucrania sin recurrir a la fuerza militar. Uno de ellos es el de la energía. Ucrania depende en muy gran medida de la energía rusa, en particular del gas.
Rusia ha utilizado el asunto del gas como instrumento de su política exterior. Actualmente, Ucrania paga 179 dólares por 1.000 metros cúbicos de gas de Rusia –más del triple de lo que pagaba en 2004– y ha habido noticias de que Moscú está pensando en la posibilidad de duplicar ese precio. La estrategia de Rusia a largo plazo es la de controlar los gasoductos de Ucrania transfiriéndolos a una empresa mixta, como ha hecho en Belarús, con lo que podría controlar tanto el suministro como la distribución del gas a Ucrania.
La flota del mar Negro es otra causa potencial de tensión. Conforme a un acuerdo firmado en 1997, Ucrania concedió a Rusia el derecho a mantener su flota fondeada en Sebastopol (Crimea) hasta 2017. Ucrania ha estado apremiando a Rusia para iniciar conversaciones sobre la retirada de la flota, pero Rusia se ha hecho la remolona y ha dado a entender que Moscú puede utilizar la presencia de la flota como medio de presionar a Ucrania.
La propia Crimea representa un tercer punto potencial de tensión. Crimea es la única región de Ucrania en la que los rusos étnicos constituyen una abrumadora mayoría de la población (el 58 por ciento). Jrushchev transfirió la península de Crimea a Ucrania en 1954 como regalo para conmemorar el tricentésimo aniversario de la unificación de Ucrania y Rusia. En aquel momento, el gesto era en gran medida simbólico, porque Ucrania formaba parte de la Unión Soviética y pocos podían prever una Ucrania independiente.
Inmediatamente después del desplome de la Unión Soviética, surgieron presiones separatistas en Crimea. Se calmaron a partir de 1995, en gran medida porque los separatistas rusos estaban divididos y, como Moscú afrontaba presiones separatistas en Chechenia, dio pocas muestras de disposición para apoyarlos.
Sin embargo, las presiones separatistas, aunque reducidas, siguen existiendo en Crimea. Dados los lazos históricos de Crimea con Rusia y su mayoritaria población rusa étnica, muchos funcionarios ucranianos temen que Rusia intente fomentar movimientos separatistas en Crimea como medio de presionar a Ucrania para que no estreche sus lazos con Occidente.
La táctica aplicada por Moscú en Abjasia y Osetia del Sur inspiran motivos de preocupación a ese respecto. Rusia fomentó y apoyó los movimientos separatistas en esos dos territorios y después utilizó las tensiones separatitas para justificar el envío de “pacificadores rusos” a esas regiones. Además, concedió la ciudadanía rusa a residentes abjasios y osetas del Sur y después justificó su reciente invasión de Georgia con el argumento de que tenía la obligación de proteger a ciudadanos rusos.
Los aliados occidentales tienen un gran interés estratégico en apoyar la democracia ucraniana y su integración euroatlántica, pero se debe seguir esa orientación con prudencia y mucha cautela.
Como ha puesto de manifiesto la crisis de Georgia, hay límites para la capacidad de influir en los acontecimientos en una región en la que Rusia tiene grandes intereses estratégicos y una preponderancia de poder militar. Así, pues, Europa y los Estados Unidos deben procurar al máximo no contraer compromisos en materia de seguridad, si no tienen la voluntad o la capacidad para cumplirlos.
Eso no significa que se conceda a Moscú un derecho de veto sobre la orientación de Ucrania en materia de seguridad o que Ucrania nunca pueda llegar a ser miembro de la OTAN. La puerta para la adhesión de Ucrania a la OTAN debe permanecer abierta.
Pero, en vista de que Rusia ha adoptado una actitud desafiante y se niega a retirar totalmente sus tropas de Georgia, ahora no es el momento de acelerar las gestiones para incluir a Ucrania en la Alianza. La de pinchar a un oso airado no es una política prudente. Pregúntenselo a Mijeil Saakashvili.


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