HAIFA – Con su irreverencia característica, los israelíes tienden a llamar a sus líderes por su nombre propio o apodo de la infancia. Pero no hay que engañarse: Tzipi (Tzipora) Livni, no tiene amigos cercanos. Su estilo seco, su lejanía personal y sus sonrisas forzadas hacen de ella una israelí atípica. Tal vez sea exactamente eso lo que necesita el país en estos momentos: una israelí atípica al timón.
Livni, recientemente electa como líder del partido Kadima, apenas logró derrotar a su rival, Shaul Mofaz. Su antecesor, Ehud Olmert, sobre quien pesan numerosas acusaciones de corrupción y que tendrá que renunciar, difícilmente es su activo más valioso. Pero, más allá de los estrechos límites de los partidos, las encuestas de opinión fueron excepcionalmente generosas: una gran proporción del público israelí quiere que Livni sea su dirigente. Hacía tiempo que una personalidad nacional no tenía tanta popularidad. Si logra reconstruir la alianza de Olmert y convertirse en la próxima primera ministro de Israel, el crédito para ella en casa y en el extranjero será extraordinario.
Ello se debe a que es la representante típica del “israelí medio”. Proviene del núcleo de una sociedad civil exitosa y moderada que está rodeada por el extremismo y la ira.
A pesar de su corto paso por la Mossad, el servicio israelí de espionaje, Livni es profundamente civil cuando se la compara con el paisaje militarizado de Israel. Con condiciones razonables de seguridad, ella podría llevar al país de la guerra a la paz. Representa los valores cívicos que han sido comunes a muchos “israelíes medios” desde que Theodore Herzl los puso por escrito por primera vez: el Estado judío debe ser moderno y democrático hasta la médula. Debe dejar respetuosamente a los rabinos y oficiales del ejército en sus ámbitos limitados. Tiene un lugar en el concierto de las naciones y busca con seriedad la paz con sus vecinos árabes y la igualdad de todos sus ciudadanos.
El enorme centro del espectro político israelí es hoy en día esencialmente herzliano. No nos interesan los sueños nacionalistas ni la mística religiosa; simplemente queremos vivir con seguridad y, de ser posible, junto a una Palestina estable y pacífica.
Pero por ahora, el israelí medio vive su vida acomodada y creativa junto a una variedad de fanáticos musulmanes y judíos, muchos de los cuales se mantienen con los impuestos de los moderados. Livni misma, al igual que otros ex miembros del Likud –incluyendo a su mentor, Ariel Sharon—leyó el mapa con la cabeza fría. Se olvidó del sueño del Gran Israel a favor de la solución de dos Estados. Si se convierte en primera ministro, su gobierno podría ser una oportunidad, tal vez la última, para concretar ese arreglo, que es el menor de los males, para el futuro de la región.
Además, entre los políticos, Livni es de lo más limpio que hay. Sus antecedentes en el ámbito legal y su experiencia como ministro de justicia acentúan la misión que se ha fijado: estabilizar el gobierno israelí y limpiar todos los rastros de corrupción, incluidos aquellos en los que están inmiscuidos Olmert y Sharon. El excelente poder judicial de Israel puede confiar en su apoyo pleno. Livni también es una persona sin pretensiones, no tan ascética como Menachem Begin o David Ben Gurion, pero mucho más humilde que los últimos cuatro primeros ministros de Israel, todos ellos hombre con grandes egos y generosas cuentas para gastos.
Livni es una promotora selectiva y sin sentimentalismos de la paz. Como ministro de relaciones exteriores parecía desconfiar de las señales de paz de Siria pero mantuvo abierto un vínculo de negociación con el Presidente palestino Mahmoud Abbas. No es “simpática”, su retórica tiende a ser sosa y aburrida, y su inglés no es el mejor. Para el caso, tampoco su hebreo. Pero afortunadamente, en estos momentos las habilidades lingüísticas, al igual que el género, son irrelevantes.
Muy alejada de la apologética de la izquierda, Livni es una firme creyente en el derecho básico de Israel a existir. No obstante, está dispuesta a tratar con los palestinos pragmáticos y a ofrecerles soberanía plena a cambio de la paz total. No permitirá la repatriación de palestinos a Israel (el controvertido “derecho de regreso”), pero el territorio no es sagrado para ella; y les ofrece a los judíos y a los árabes cierta esperanza, un horizonte abierto, y una racionalidad discreta.
Este es un Israel que tal vez no reconozcamos, sobre todo si los medios electrónicos son nuestra ventana al mundo. En el bullicioso mercado israelí de los debates ideológicos, el hecho de que Livni sea una mujer casi ni viene al caso. Después de todo, Israel no es Estados Unidos, y el género nunca es el único adjetivo con que se puede calificar a alguien.
No obstante, si Livni llega a ser primera ministro en las siguientes semanas, Israel se convertirá en el primer país del mundo donde los tres poderes del gobierno estén encabezados por mujeres. Livni se uniría a la líder de la legislatura, la presidente del Knesset, Dalia Itzik, y a la jefa del poder judicial, la presidenta de la suprema corte, Dorit Beinish. No está mal para una nación guerrera con generales que se vuelven políticos y una imagen pública machista.
Del israelí medio ha surgido la forma de pensar de Livni, pero hay muchas otras fuerzas en juego. Livni podría fracasar de varias formas. Si no logra formar una coalición, Israel irá a las urnas y podría surgir una coalición religiosa de derecha. Incluso si triunfa, podría tropezar con los mismos obstáculos que impidieron a sus antecesores alcanzar la seguridad y la paz. Pero dado el historial de Livni, bien merece la oportunidad de intentarlo.


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