Tal vez haya llegado la hora de ser un poco más generoso con el presidente francés, Nicolas Sarkozy, y analizar el resultado de lo que hace y no la manera en que lo hace.
El lanzamiento original de la Unión Mediterránea estuvo a punto de hundir toda la iniciativa. Aparentemente sin darle a la cuestión demasiada consideración, Sarkozy en un principio propuso un club de estados europeos y principalmente árabes a lo largo de la costa del Mediterráneo. Habría sido, en esencia, una iniciativa ejecutada por los franceses por la que el resto de Europa habría tenido que pagar. Esto no fue bien digerido, en especial por los alemanes.
También existía la fuerte sospecha de que los franceses intentaban encontrar una manera de sobornar a Turquía con una relación que distaba mucho de una integración a la Unión Europea.
De modo que los augurios para un intento de revitalizar la relación de Europa con sus socios mediterráneos no eran buenos. Pero para cuando se realizó la gran cumbre de París en julio para poner en marcha el nuevo club, las sospechas iniciales prácticamente se habían disipado. Sarkozy cedió a las demandas de sus críticos europeos y celebró un triunfo diplomático. Pronto veremos si la iniciativa tiene sustancia o si es sólo una capa de pintura fresca a una idea vieja y trillada.
El Proceso de Barcelona original, lanzado en 1995, era un plan excelente. Destinado a proporcionar un trasfondo económico y político para el proceso de paz a través de una confianza mutua en Oriente Medio, fue un reconocimiento admirable de los lazos históricos, comerciales, culturales y políticos de Europa con sus vecinos al sur del mar que nos unió a lo largo de los años.
Había aspiraciones a una zona de libre comercio para 2010. Había promesas de integración política basadas en valores compartidos. Había vínculos entre los pueblos. Había un foro donde los israelíes y sus enemigos árabes de larga data podían sentarse a discutir otras cuestiones más allá de Cisjordania y Gaza. Había un presupuesto destinado al desarrollo. Y había reuniones. Muchas reuniones.
El esfuerzo distaba de ser inútil. Los proyectos de desarrollo estaban financiados a través de préstamos o créditos baratos y estos probablemente tuvieron algo que ver al menos en que el Magreb y el Mashraq resultaran más atractivos para los inversores extranjeros.
Hubo cierta reducción de los aranceles agrícolas, entre otros, por parte de la UE. El diálogo sobre la reforma política, y los euros para sustentarla, favorecieron aún más el proceso en algunos países, principalmente Marruecos y Jordania. Hubo cierta cooperación en materia de algunos problemas comunes como las drogas y la inmigración ilegal.
Sin embargo, por ser un componente importante de la política de Europa hacia sus vecinos más cruciales, los logros del Proceso de Barcelona fueron modestos: una gran idea en la plataforma de lanzamiento tuvo dificultades para despegar del suelo.
De manera que Sarkozy merece al menos dos aplausos y medio por intentar revitalizarlo. Pero si la Unión Mediterránea ha de alcanzar algo más de lo que se logró en su primera manifestación, tendrán que suceder varias cosas.
Primero, Europa es mejor para hablar de zonas de libre comercio que para aplicar el libre comercio. Por ejemplo, todavía existen demasiadas barreras para el comercio agrícola entre el norte y el sur. Y adivinen qué país lidera la oposición a cualquier apertura significativa de la agricultura europea. Un paso adelante, Francia, y reciba los aplausos.
Segundo, por más lentos que hayamos sido a la hora de abrir un mercado mediterráneo real, las barreras para un comercio más libre entre los países de la Liga Arabe son igualmente importantes.
Tercero, fue excelente que en París Sarkozy iniciara el proceso de integrar a Siria y sacarla del frío diplomático. También es de esperar que sus intentos por actuar como un propulsor de la paz entre los palestinos de Cisjordania e Israel estén bendecidos por el éxito.
Pero la verdad es que Europa, a pesar de todos los esfuerzos valientes de Javier Solana, ha estado ausente de toda política seria en Oriente Medio. No nos hemos atrevido a contrariar a Estados Unidos. Una política europea básicamente inexistente hacia la región estuvo dictada por los monopolistas de política en ausencia de Washington.
Europa debería involucrarse más seriamente, incluso a riesgo de irritar ocasionalmente a Estados Unidos, lo cual es menos probable que suceda una vez que la administración Bush sea historia. Para empezar, deberíamos reconocer que no habrá ningún acuerdo político en Palestina si no se incluye a Hamas. Lo que increíblemente habría sido la primera visita del ex primer ministro británico Tony Blair a Gaza en su primer año de gestión de paz tuvo que ser cancelada recientemente por cuestiones de seguridad. Se ha dicho lo suficiente. Huelgan las palabras.
Finalmente, Europa tiene que decidir cuán seria es su postura respecto de todas las cosas admirables en el Proceso de Barcelona en materia de pluralismo, sociedad civil, estado de derecho y democracia.
¿Europa habla seriamente cuando dice que un concepto compartido de derechos humanos debería ser uno de los cimientos de nuestra sociedad mediterránea? Si es así, ¿qué estamos proponiendo hacer nosotros al respecto en Europa? Si esto es puro bla bla, mejor no decirlo. Perdemos credibilidad y difamamos principios importantes cuando decimos cosas que no sentimos.


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