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Into Africa

Las lecciones de Sudáfrica

Desmond Tutu

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2007-01-03

Sudáfrica comenzará a presenciar el término de la vida pública de Thabo Mbeki, su segundo presidente desde el fin de la era del apartheid, por lo que se trata de un momento muy oportuno para mirar en retrospectiva y evaluar nuestros logros, tomar nota de nuestros fracasos y, tal vez, ver qué elementos de nuestra transición pueden aplicarse en otros países del mundo.

Se trata de un ejercicio que en Sudáfrica no estamos acostumbrados a emprender, ya que no tendemos a vernos como ejemplos para los demás. Tenemos la tendencia a dar por sentados logros que en realidad son notables, y no nos damos el suficiente crédito. Como resultado, tendemos a poner una nube invisible detrás de cada rayo de sol; parecemos pensar que nuestros logros tienen sentido sólo para nosotros mismos.

El resto del mundo aún no valora en su verdadera dimensión la razonablemente pacífica transición de Sudáfrica de la represión a la democracia. Todos recordamos los primeros días del traspaso del poder a la mayoría negra, cuando gran parte de la opinión pública creía que caeríamos en un terrible baño de sangre debido a las disputas raciales.

Fue una época desesperada, breve pero marcada a fuego en nuestra memoria, cuando eran comunes los asesinatos indiscriminados en trenes, taxis y buses, y ocurrían masacres a intervalos regulares: Sebokeng, Thokoza, Bisho, Boipatong, y los campos de la muerte de KwaZulu Natal, a causa de la sangrienta rivalidad entre el Congreso Nacional Africano y el Partido zulu Inkatha por la Libertad.

Hubo muchas ocasiones en que parecía sellado el destino de Sudáfrica. Sin embargo, pudimos evitar la catástrofe. En lugar de ello, el mundo se maravilló con el espectáculo de largas filas de sudafricanos de todas las razas avanzando lentamente para depositar sus votos en las urnas el 27 de abril de 1994.

Por supuesto, parte del mérito del éxito de la transición de Sudáfrica se debe a un milagro: ese coloso moral que es Nelson Mandela. Su calma y sagacidad, y su estatus como icono de la capacidad de perdonar, la compasión, la magnanimidad y la reconciliación nos convierten en la envidia de cada nación de la tierra. Fue una verdadera bendición el que él haya guiado el renacimiento de nuestro estado. También debemos agradecer a F. W. de Klerk, el último gobernante del agonizante régimen del apartheid, que demostró su coraje moral al poner en marcha nuestra revolución liberadora.

También los sudafricanos comunes y corrientes pueden estar orgullosos de si mismos, porque verdaderamente fueron su autodisciplina, su sencilla decencia y su capacidad de perdonar lo que evitó que ocurriera un baño de sangre. Su ejemplo es un modelo a seguir en otras áreas del planeta que padecen conflictos y violencia.

Nosotros, especialmente los sudafricanos blancos, hemos tendido a mirar en menos a nuestra Comisión por la Verdad y la Reconciliación, que permitió que quienes cometieron grandes crímenes en la época del apartheid confesaran abiertamente sus acciones, evitando así ser llevados a juicio. La verdad, no el castigo, era lo que sanaría las heridas. Casi en todo el mundo, la CVR tiene una alta reputación y se considera un punto de referencia con el cual comparar y evaluar otros procesos de transición desde una dictadura a una democracia.

Sí, la CVR cometió errores, como todas las iniciativas humanas. Sin embargo, fue una institución notable, ya que muchos habían pensado que la llegada de un gobierno de mayoría negra daría inicio a una orgía de venganza y represalias contra los blancos, en nombre de todas las degradantes experiencias sufridas por los sudafricanos negros desde los tiempos coloniales a la época del apartheid.

En lugar de ello, el mundo quedó asombrado con la grandeza de espíritu demostrada cada día ante la CVR, cuando las víctimas de terribles atrocidades perdonaron a sus victimarios e incluso los llegaron a abrazar. Todos los sudafricanos sufrieron el trauma del apartheid. La CVR ayudó a abrir llagas infectadas, limpiarlas y aplicarles bálsamo para ayudar a sanar a todo el pueblo de Sudáfrica.

Es fácil dar por sentado el trabajo de la CVR, hasta que uno dirige la mirada al Oriente Medio y al caos de Irak, donde la venganza y el deseo de aplicar la ley del talión impulsan un cruento e inexorable ciclo de violencia. De mismo modo, Sudáfrica se ha ahorrado los horrores del genocidio, como en Ruanda, y el interminable conflicto padecido por países como Sri Lanka, Burundi, Sudan, Costa de Marfil y tantos otros. Las crudas verdades que la Comisión de Verdad y Reconciliación expuso ante nuestro pueblo secaron la ponzoña que envenenaba nuestra vida política. Es una enseñanza de la que otros países dañados pueden y deben beneficiarse.

La lección de la transición de Sudáfrica es que ningún país dividido tiene futuro si insiste en seguir adelante sin verdad ni perdón. La transición de Rusia hacia la democracia comenzó casi en la misma época que la nuestra. El Muro de Berlín cayó en noviembre de 1989. Nelson Mandela fue liberado en febrero de 1990. No obstante, lo que ocurre hoy en Rusia -un crimen rampante y organizado, el conflicto en Chechenia, y carnicerías como la toma de rehenes en el teatro de Moscú y la catástrofe de la escuela de Beslan- hacen que la transición sudafricana parezca una merienda escolar en domingo. Al evitar hacer frente a la verdad del pasado soviético, los rusos se han creado un futuro lleno de incertidumbre.

Nunca se puede enterrar un crimen. Los crímenes políticos jamás se desvanecen. No hemos olvidado lo que sufrieron personas de raza negra comunes y corrientes en nombre del apartheid. De hecho, tras lanzar la Comisión por la Verdad y la Reconciliación sabemos mucho más de los horrores de esa era de lo que sabríamos si hubiésemos llevado a esa personas a juicio o hubiésemos intentado seguir con nuestras vidas sin hacer nada. Literalmente, la verdad nos ha hecho libres para poder estar en paz con nosotros mismos. La capacidad de recordar y perdonar nos ha permitido dejar en el pasado nuestras pesadillas que poblaban nuestra memoria. Espero sinceramente que los iraquíes y otros pueblos acosados por el pasado puedan encontrar una manera de vivir en paz y tranquilidad.

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AUTHOR INFO

Desmond Tutu is Archbishop Emeritus of Cape Town and a Nobel Peace Prize laureate.