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La guerra de nervios de Turquía

Con el agravamiento del impasse político que rodea a la elección de un nuevo presidente, Turquía está ingresando en un período crítico que podría tener un profundo efecto tanto en la evolución interna del país como en una democracia secular y sus relaciones con Occidente. La candidatura presidencial del islamista moderado Abdullah Gul, actual ministro de Relaciones Exteriores, ha sido rechazada por el máximo tribunal de Turquía y la elección parlamentaria programada para noviembre ha sido trasladada a julio en un esfuerzo por romper la crítica situación política. Pero estas medidas probablemente no alivien las tensiones entre el gobierno del primer ministro Recep Tayyip Erdogan y el ejército de Turquía, que se ve a sí mismo como el guardián del estado secular del país.

Por el contrario, estas tensiones han recrudecido como resultado de los cambios en los más altos grados de las fuerzas armadas turcas, particularmente la sustitución en el pasado mes de agosto del general Hilmi Ozkok como jefe del estado mayor turco. Ozkok era un moderado que mantenía un bajo perfil e intentaba desarrollar buenas relaciones de trabajo con Erdogan. En cambio, su sucesor, el general Yasar Buyukanit, es un fuerte partidario del laicismo que ha sido mucho más explícito a la hora de expresar las opiniones del ejército.

En un discurso pronunciado el pasado mes de octubre ante el Comando de Academias Militares en Estambul, Buyukanit públicamente advirtió que Turquía enfrentaba una seria amenaza del “fundamentalismo”. Muchos consideraron esa carga como una crítica directa a Erdogan y al oficialista Partido de Justicia y Desarrollo (AKP).

Las tensiones llegaron a un punto de ebullición el 27 de abril, cuado el estado mayor emitió un comunicado donde destacaba que “las fuerzas armadas turcas mantienen su sólida determinación de llevar a cabo sus obligaciones, que surgen de las leyes para proteger el carácter inmodificable de la República de Turquía. Su lealtad a esta determinación es absoluta”.

Los duros términos de ese comunicado fueron considerados una advertencia velada pero inconfundible de que el ejército estaba preparado para intervenir si la elección de Gul como presidente resultaba en un esfuerzo por parte del gobierno de Erdogan de imponer su agenda islámica o de tomar medidas que amenazaran la naturaleza secular del orden político turco.

El comunicado fue particularmente significativo porque las fuerzas armadas turcas han intervenido en el proceso político cuatro veces desde 1960 –la última vez en 1997, cuando forzaron la renuncia del gobierno de orientación islámica del primer ministro Necmettin Erbakan en lo que se llegó a conocer como un “golpe post-moderno”.

Estas tensiones se han conjugado con las diferencias entre Buyukanit y Erdogan respecto de la lucha de Turquía contra los separatistas kurdos liderada por el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), lo que el ejército considera una seria amenaza para la integridad territorial de Turquía. Los ataques de la guerrilla del PKK resultaron en más de 35.000 muertes desde 1984. Desde enero de 2006, los raids fronterizos del PKK desde refugios seguros en el norte de Irak derivaron en aproximadamente 600 muertes -muchas de ellas de miembros de la fuerzas de seguridad turcas.

A medida que se acumulan las bajas turcas, la paciencia del ejército ha empezado a menguar y Erdogan se encuentra bajo una creciente presión interna para que se inicie una acción militar unilateral contra el PKK.

En una conferencia de prensa el 12 de abril, Buyukanit abiertamente sostuvo que una operación militar en Irak destinada a eliminar a la amenaza del PKK era “necesaria” y “sería útil”. Sus observaciones reflejan la creciente frustración del ejército ante la falta de respaldo norteamericano concreto, y parecían destinadas a intensificar la presión sobre Erdogan para que autorice las operaciones fronterizas unilaterales contra las bases del PKK en el norte de Irak.

Sin embargo, el problema kurdo de Turquía no se puede solucionar por medios militares. Sólo se puede resolver mediante el diálogo entre el gobierno turco y los líderes de los kurdos iraquíes, así como mediante medidas económicas y políticas destinadas a mejorar las condiciones de vida y los derechos políticos de la población kurda de Turquía.

El gobierno de Erdogan parece reconocer esto, y recientemente demostró su interés por iniciar un diálogo con los líderes kurdos iraquíes. El ejército turco, en cambio, se opone a un diálogo de alto nivel con los kurdos iraquíes con el argumento de que el Partido Democrático de Kurdistán (DPK), liderado por Massoud Barzani, y la Unión Patriótica de Kurdistán, liderada por el presidente iraquí, Jalal Talabani, respaldan al PKK material y políticamente.

Dado el papel clave que juega el ejército en la política turca, especialmente en cuestiones sensibles de seguridad nacional, Erdogan necesitará del apoyo del ejército –o al menos de su conformidad- para que cualquier iniciativa llegue a buen puerto. En consecuencia, puede manifestarse reacio a iniciar un diálogo con los kurdos iraquíes en un momento en que las tensiones con el ejército recrudecen por la influencia de los islamistas en la política turca.

Erdogan intentó descomprimir la crisis actual diciendo que buscará elecciones anticipadas así como cambios constitucionales rotundos que permitan que el presidente sea elegido por el pueblo y no por el Parlamento. Esto le daría al presidente mayor legitimidad e independencia, al mismo tiempo que reduciría los temores de que pudiera sentirse tentado de seguir la agenda de un partido determinado.

Al mismo tiempo, si Turquía ha de convertirse en una democracia madura y moderna, el ejército necesitará aceptar un papel menos entremetido en la política turca. Si bien se han tomado una serie de medidas en esta dirección durante los últimos años, la crisis actual subraya que Turquía todavía tiene un largo camino por delante antes de que ese objetivo se cumpla plenamente.

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