ESTAMBUL—Hace apenas unos años, Europa era el punto más importante en la agenda de Turquía. El gobierno recientemente electo de Recep Tayyip Erdoğan había emprendido una serie de reformas ambiciosas para cumplir los criterios de membresía de la Unión Europea. A finales de 2004, la UE decidió iniciar pláticas de adhesión.
Pero la euforia pro-europea duró poco: para todo efecto práctico, las negociaciones de adhesión están empantanadas en este momento. El euroescepticismo en Turquía está en su nivel más alto, alimentado por la retórica de ciertos líderes europeos que se oponen al ingreso del país y por el propio fracaso de la UE para disipar las dudas sobre la viabilidad de la futura membresía de Turquía. El apoyo interno a la adhesión a la UE era de 70% al empezar las negociaciones, pero ahora se acerca más al 40%.
El gobierno de Turquía también ha perdido el apetito por las reformas relacionadas con la UE, lo que no debe sorprender. Durante más de dos años, la Comisión Europea no ha encontrado muchas cosas positivas que decir en sus informes anuales sobre el progreso de la reforma política.
Sin embargo, mientras que Europa parece más distante, el Medio Oriente se ve más próximo, a medida que Turquía desvía su atención de Bruselas a Beirut y más allá. La frustración de tratar con una Europa indecisa ha llevado a los líderes turcos a enfocar sus esfuerzos en una zona donde el rendimiento previsto de su inversión es más inmediato y concreto. De hecho, mientras que Erdoğan visitó recientemente muchos países del Medio Oriente –Siria, Líbano, Egipto, Argelia, Jordania, Arabia Saudita, Irán e Iraq—hasta este mes no había viajado a Bruselas desde 2005.
Turquía había sido tradicionalmente un espectador en la política del Medio Oriente. Sus líderes pensaban que había poco que contribuir o ganar al involucrarse en los problemas de la región, y que el legado otomano de Turquía despertaría sospechas entre sus vecinos árabes.
Pero los acontecimientos de los años recientes han permitido que Turquía se convierta en una figura más activa en la región y que haya obtenido varios éxitos diplomáticos. Turquía contribuyó decisivamente a poner fin a la lucha entre las distintas facciones de Líbano, y su acercamiento con Siria –efectuado a pesar de las advertencias de Estados Unidos—ha dado buenas ganancias. Turquía logró no sólo reducir las tensiones internacionales centradas en su vecino árabe sino también forjar el principio de negociaciones directas entre Siria e Israel.
Ese activismo ha sido aun más marcado en el caso de Irán, donde los líderes turcos han multiplicado sus esfuerzos diplomáticos en meses recientes para ayudar a aliviar el estancamiento nuclear con Occidente. Turquía, más preocupada por las repercusiones regionales de un Irán nuclear que por la amenaza directa que pudiera representar, llegó al punto de ser el anfitrión de una visita del presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad en agosto.
La capacidad de Turquía para lograr avances en el Medio Oriente refleja la erosión de la legitimidad de Estados Unidos y la falta de influencia de la UE. Estados Unidos perdió su capacidad de desempeñar un papel más constructivo en la región tras su desafortunada intervención en Iraq, mientras que la “agenda de la libertad” para el mundo árabe de la administración neoconservadora de Bush también resultó contraproducente. Si bien Estados Unidos se distanció en un principio de los líderes árabes más autocráticos en un intento por apoyar las alternativas democráticas locales, cuando la única alternativa realista resultó ser el Islam político, rápidamente volvió a su política tradicional de apoyar el status quo .
A diferencia de Estados Unidos, las dificultades de la UE no son resultado de una percepción de falta de legitimidad o de intentos burdos de promoción de la democracia, sino de una verdadera falta de unidad y, por lo tanto, de influencia. La ausencia de un denominador común entre las posiciones de los gobiernos de la UE difícilmente ha sido conducente al surgimiento de la política convincente y confiable que se necesita para abordar los profundos problemas del Medio Oriente.
En esas circunstancias, Turquía ha logrado utilizar tanto sus vínculos regionales como su reputación en la comunidad trasatlántica para desempeñar un papel más decisivo en relación con sus vecinos del Sur.
Hay dos factores adicionales que fortalecen la potencial influencia regional de Turquía. En primer lugar, el surgimiento de una clase política árabe que está más influida por la religión que por el nacionalismo secular ha erosionado la principal barrera estructural a la participación de Turquía. El legado otomano de una estructura estatal funcional, tolerante de la religión, ha comenzado a ser visto con mejores ojos, y el modelo turco contemporáneo, con su capacidad de nutrir a un Islam favorable a la democracia, súbitamente es deseable.
En segundo lugar, Turquía está más preparada que nunca para aprovechar estos cambios fundamentales. El partido gobernante, el Partido de la Justicia y el Desarrollo de Erdoğan, tiene sus raíces en el Islam político y muchas de las redes sociales de sus líderes están en países islámicos –en marcado contraste con el estilo secular de los líderes anteriores del país, que mostraban con orgullo su identidad occidental. Como resultado, ha sido más fácil crear los vínculos formales e informales entre la nueva élite política turca y el mundo árabe.
No cabe duda de que el creciente activismo en cuestiones de política exterior, sobre todo en relación con el Medio Oriente, ha comenzado a fortalecer el papel y la influencia de Turquía en su propia región. En efecto, Turquía ahora tiene bases firmes para convertirse en una potencia regional, y su reciente elección al Consejo de Seguridad de la ONU es un testimonio más de su habilidad diplomática.
Pero, ¿se dará el cambio de enfoque de Turquía hacia el Sur y hacia la condición de potencia regional a costa de sus ambiciones de pertenencia a la UE?
Para los optimistas, la creciente influencia regional del país lo hace más valioso para la UE. Pero eso supone que Europa tiene la disposición y la capacidad de beneficiarse de lo que Turquía ofrece. En otras palabras, esta estrategia sólo es compatible con la adhesión a la UE si ésta fortalece su propia capacidad de emprender acciones concertadas de política exterior. En ese caso, la membresía de Turquía no conduciría a una Europa más débil como sostienen los federalistas europeos. Al contrario, haría que Europa fuera una potencia mundial más influyente y capaz.


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