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¿Dulce o travesura?

OXFORD - Una nueva manera de pensar sobre la elección individual se ha apoderado del paisaje político por asalto. El nuevo presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el líder de los conservadores británicos, David Cameron (sólo parar mencionar un par de nombres), han demostrado interés en ella. Su linaje intelectual y académico es impecable. Se dice que es efectiva, basada en evidencia y de implementación económica. Principalmente, se adjudica un grado de coherencia filosófica con el que las diversas ampquot;terceras víasampquot; de la última década sólo podrían soñar.

La idea novedosa, elucidada en el libro Un pequeño empujón ( Nudge ) de Cass Sunstein y Richard Thaler, es que el hecho de controlar con destreza la manera en que nos presentan las alternativas puede estimularnos a hacer las elecciones que haría nuestro ampquot;mejor yoampquot;. ampquot;Paternalistas libertariosampquot; como Sunstein y Thaler sostienen que tenemos dos maneras diferentes de tomar decisiones: una ampquot;visceralampquot; (llamada Sistema I) y la otra más deliberada y mucho más efectiva (llamada Sistema II).

Pero, si bien las elecciones del Sistema II pueden ser más efectivas que las decisiones del Sistema I, son mucho más ampquot;costosasampquot;: uno necesita datos, análisis y concentración. Recién cuando la importancia de la tarea garantiza el esfuerzo cambiamos de marcha y desplegamos la artillería pesada del Sistema II. Esta división del trabajo entre los mecanismos del Sistema I y del Sistema II funcionaría bien si no fuera por el hecho de que nuestra modalidad perezosa y barata de tomar decisiones tiende a preponderar en situaciones que deberían exigir nuestra plena atención: elegir un plan de pensión o de salud, por ejemplo. Como es de imaginarse, los resultados de este golpe de estado del Sistema I no son agradables.

Los paternalistas anticuados siempre fueron muy conscientes de esto. En estas situaciones, los paternalistas liberales no tienen escrúpulos a la hora de asumir el control e imponernos elecciones (ampquot;Use cinturón de seguridad e inscríbase en el plan de pensión, y al final me lo agradeceráampquot;). Las críticas de esta actitud se reducen a una simple pregunta: ampquot;¿Quién está mejor equipado que yo para hacer elecciones sobre mi bienestar?ampquot;

Los paternalistas libertarios son diferentes. Al llevarnos a elegir lo que es bueno para nosotros, evitan multas, compulsión y prohibición a favor de ampquot;pequeños empujonesampquot; -acuerdos institucionales que, en principio, podríamos pasar por alto fácilmente, pero que, dada nuestra tendencia a confiar en el Sistema I, terminamos aceptando-. Con un claro cambio de lógica, se sacuden nuestras imperfecciones cognitivas y se las pone a trabajar en función de las elecciones del sistema II. Y, de hecho, pequeños empujones bien elegidos demostraron ser extremadamente efectivos a la hora de alterar elecciones que marcan una diferencia sustantiva para la vida de muchos (digamos, la inscripción en planes de pensión).

Pero aquí reside el truco: si la arquitectura de la elección es verdaderamente tan importante a la hora de determinar resultados, ¿importa realmente si se utiliza la manipulación en lugar de la coerción para hacernos elegir lo que otro ha decidido que, al final de cuentas, es bueno para nosotros? ¿Qué se gana engañando en lugar de obligando a la gente a hacer elecciones que no habría hecho? ¿No es el poder del manipulador más insidioso, y tal vez más temible, que el del policía? En resumen, ¿qué hay tan de libertario en dar ampquot;pequeños empujonesampquot;?

Los paternalistas libertarios ofrecen una respuesta novedosa a estos interrogantes. Siempre que la ingeniería de la elección nos engañe y nos lleve a hacer elecciones que haría nuestro propio yo más deliberado , dicen, se justifica la manipulación. Los pequeños empujones deberían elegirse de manera tal de impulsarnos a esas elecciones que nosotros mismos haríamos, si tan sólo nos sentáramos a pensar detenidamente en el asunto en cuestión.

Desafortunadamente, esta solución aparentemente elegante tiene algunos problemas lógicos. ¿Es siempre realmente tan razonable y efectivo escuchar las preferencias del Sistema II? De acuerdo con los economistas neo-clásicos, la respuesta es un ampquot;síampquot; contundente y, en muchos casos, apelan a evidencia sustancial que valida su argumento. 

Sin embargo, por desgracia, la híper-racionalidad no siempre produce resultados atractivos cuando están en juego elecciones sociales y no individuales . De hecho, a veces lleva a resultados que son ineficientes, ampquot;desagradablesampquot; o ambas cosas. Los beneficios de la evasión impositiva pueden pesar mucho más que el riesgo de ser atrapado, pero imaginemos si todos decidiéramos evadir impuestos al mismo tiempo. En estas situaciones, quien toma decisiones del Sistema II no tiene herramientas a las cales recurrir para escapar de la sub-optimidad (y la indecencia social) de la decisión racional.

La cosa se pone peor. Consideremos el siguiente ejemplo. Yo soy un donante de órganos. Thaler y Sunstein también creen que donar órganos es algo bueno. Por lo tanto, uno de los ampquot;pequeños empujonesampquot; que recomiendan es donar órganos como la opción por omisión en el caso de un accidente fatal. Pero no hay nada irracional en tener una preferencia muy fuerte por no querer que utilicen partes sueltas de nuestro cuerpo después de la muerte. No podemos usar el Sistema II para reprochar esta preferencia. ¿Cómo nos sentiríamos si utilizáramos la pereza decisional del Sistema I respecto de cambiar elecciones por omisión para ampquot;engañarampquot; a alguien hacia un curso de acción al que se habría objetado violentamente, tal vez con argumentos religiosos?

En definitiva, existe un déficit de responsabilidad fundamental e irresuelto en la manera en que los paternalistas libertarios nos empujan a hacer cosas. La idea iluminada de que nuestra racionalidad del Sistema II siempre puede marcarnos una elección óptima que todo individuo razonable aceptaría se choca con la idea moderna ampliamente aceptada de que existe una pluralidad de elecciones razonables .

Si éste es el caso, ¿quién ha de decidir en qué áreas los individuos pueden recibir pequeños empujones de parte de ingenieros sociales? ¿Qué elecciones y de quién se supone que los estimuladores deben alentar? ¿Y quién les dará pequeños empujones a los estimuladores?

Estos interrogantes, me temo, todavía aguardan una respuesta convincente.

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