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Atrapados en "Eurolandia"

TOKIO – A veces los estadounidenses y (y algunos asiáticos) llaman "Euroland" a la eurozona. Si se piensa en los ecos con "Disneyland", una tierra de fantasía, resulta un apelativo más bien irónico que útil.

Desde que el euro se propusiera por primera vez, los escépticos (principalmente estadounidenses) y los defensores (en su mayoría europeos) de la moneda única han discutido acaloradamente acerca de sus precondiciones, los beneficios para sus miembros y su factibilidad política. Los economistas asiáticos que promueven la integración regional en Asia han observado el debate con asombro, dado que la línea divisoria no se basa en temas de filosofía económica, como "keynesianos versus neoclásicos" o "liberales versus conservadores", sino en una brecha geográfica transatlántica.

Los economistas estadounidenses, con Martin Feldstein a la cabeza, han argumentado que las economías de la eurozona son demasiado diversas, con demasiadas diferencias institucionales y rigideces del mercado laboral, para formar un área monetaria óptima. Más aún, una política monetaria común combinada con una política fiscal independiente está condenada al fracaso: la primera aumenta el paro en las economías más débiles, porque el tipo de interés refleja los indicadores promedio de la eurozona (en los que Alemania y Francia tienen un gran peso), pero mantiene el coste de endeudarse lo suficientemente bajo como para que los gobiernos de las economías débiles puedan financiar el derroche fiscal.

Los partidarios europeos insisten en que la moneda única tiene firmes cimientos en la voluntad política de asegurar una paz eterna en Europa. Incluso si la eurozona no satisficiera las precondiciones económicas necesarias desde el comienzo, las variables económicas terminarían por converger más adelante. Los países de ingresos medios y precios y salarios bajos crecerían más rápido con una tasa de inflación más alta. El Pacto de Crecimiento y Estabilidad garantizaría la disciplina fiscal.

Durante la próspera primera década de la eurozona, los partidarios del euro parecían haber ganado el debate. Los países de la eurozona crecieron a un ritmo razonablemente alto, el ingreso per cápita y los precios convergieron, y los diferenciales de tipos de interés se redujeron, con perturbaciones sólo ocasionales y menores en los mercados. Algunos países se unieron satisfactoriamente a la eurozona después de implementar reformas fiscales y monetarias. Hay varios más a la espera. El euro se ha convertido en la segunda divisa clave de las finanzas internacionales.

Los asiáticos han observado la crisis griega del antes triunfante euro con una silenciosa sensación de vindicación. En 1997, muchos de ellos pensaban que los ataques especulativos que sufrieron en ese entonces las monedas asiáticas eran injustificados, con el Primer Ministro de Malasia Mohamad Mahatir a la cabeza de la denuncia contra los especuladores.

En respuesta a la crisis, los asiáticos intentaron crear un Fondo Monetario Asiático, que ayudaría a cualquier país golpeado por la crisis, proporcionándole ayuda en la forma de liquidez masiva. Se esperaba que el solo anuncio de la creación del Fondo disuadiera a los especuladores, pero el Fondo Monetario Internacional y los Estados Unidos rechazaron la idea. Ahora los europeos están creando un Fondo Monetario Europeo -nombre al que tal vez se opongan- en colaboración con el FMI.

Sin embargo, el anuncio de un programa del FMI (con ayuda bilateral regional) no fue lo que calmó a los mercados en Corea del Sur e Indonesia en 1997. Finalmente, se pudo salvar a Corea del Sur mediante refinanciamientos coordinados y forzosos de préstamos de bancos extranjeros (¿por qué no intentar eso en Grecia?) e Indonesia sufrió el descalabro financiero porque no pudo cumplir la mayor parte de las condiciones del FMI. (Un nuevo y más amable FMI se ha abstenido de esos estrictos requisitos en el caso de Grecia.)

Destacan dos diferencias entre la crisis asiática de 1997 y la crisis griega de hoy. Una tiene relación con quién tomó los préstamos. En Grecia, el problema son los déficits públicos (gran parte de ellos, ocultos por largo tiempo), mientras en Asia fue la deuda del sector privado, que creció sin demasiados controles.

La segunda diferencia es el régimen cambiario. Estados Unidos, el FMI y otros habían recomendado a los países asiáticos que aumentaran la flexibilidad de los tipos de cambio. La depreciación ocurrida tras la crisis ayudó a acelerar la recuperación al impulsar las exportaciones.

De hecho, dado que la depreciación es una herramienta clave para diseñar una recuperación económica rápida, ¿por qué no invitar a Grecia a abandonar la eurozona? Después de todo, dentro del euro sería imposible una recuperación rápida impulsada por las exportaciones. La única otra manera de depreciar en términos reales es a través de una deflación masiva de los precios internos, junto con una severa recesión.

Más aún, todos los problemas estructurales de Grecia (débil base tributaria, gran cantidad de empleados públicos que reciben bonificaciones, y pensiones generosas) no se pueden sostener dentro de la eurozona. Sin embargo, solucionar cualquiera de ellos será extremadamente difícil, y si no se solucionan en Grecia y otros miembros de la eurozona en problemas, estos otros países seguirán el mismo camino. Hasta el FMI puede no ser suficiente para salvar la situación, porque los que ahora están en el equipo de rescate pueden llegar a ser los que necesiten ayuda mañana.

Toda crisis financiera parece una crisis de liquidez para quienes están en medio de ella, o en sus cercanías. La misma crisis luce como una crisis de solvencia para quienes están geográficamente distantes.  Y las crisis se repiten en diferentes regiones, detonadas por mecanismos financieros y económicos notablemente similares, aunque los detalles difieran, por supuesto. Como escribieran Carmen Reinhardt y Ken Rogoff, todo aquél que se encuentra cerca de una crisis financiera piensa que "esta vez es diferente".

No obstante, la evolución de la crisis griega sí es diferente a la de la crisis asiática. Ahora los europeos tienen un fondo monetario regional que los asiáticos quisieron pero no pudieron tener. La voluntad política para proteger al euro es fuerte, quizás lo suficiente como pasar por sobre inquietudes relacionadas con el riesgo moral. Mantener la eurozona intacta, más allá del coste, se convirtió en la única opción viable de Europa una vez que se adoptó la moneda única.

Así, mientras "Eurolandia" corre el peligro de quebrarse debido a la crisis griega, los economistas con gustos musicales recuerdan la críptica línea final de la canción "Hotel California" de los Eagles, escrita allá por 1970: "Puedes dejar libre la habitación cuando quieras, pero nunca podrás abandonar el lugar".

Son palabras que resuenan mientras Alemania y Grecia contemplan su destino en común. Sus padecimientos son una buena lección para quienes en Asia siguen pensando en profundizar la integración económica a través de una moneda única.

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