MOSCÚ – Acabo de regresar a la Ciudad de las Estrellas (el centro de entrenamiento para vuelos espaciales de Rusia) después de un largo fin de semana en Moscú y me llamó la atención cuánto –o cuán poco—ha cambiado desde que vine aquí por primera vez hace 20 años, en la primavera de 1989.
Al pasar frente a un anuncio que promovía la venta de espacios publicitarios en el metro de Moscú, recordé una ocasión en la que bajaba por esas mismas escaleras eléctricas, largas y rápidas en compañía de un pionero de la publicidad. “¡Mira todos esos muros vacíos!ampquot;, se maravillaba. “Algún día podrían estar llenos de anuncios”. Hoy, en efecto, se ha cumplido su sueño y los muros están repletos de anuncios. Hace unos años me habría emocionado ver que en alguno de esos carteles se mencionara un sitio Web. Actualmente, los URL son muy comunes.
De hecho, hace un par de años, la empresa rusa Yandex, un motor de búsqueda (yo formo parte de su consejo directivo) hizo un anuncio en el que se burlaba ligeramente de la opacidad del viejo régimen ruso. Al pie de todas las escaleras eléctricas del metro de Moscú hay una cabina de cristal para el vigilante –generalmente una mujer malencarada cuya única función es apagar las escaleras en caso de alguna emergencia. Hay un letrero en la cabina que dice: ampquot;El vigilante de las escaleras no contesta preguntasampquot;, en una redacción al estilo soviético que es similar a ampquot;El vigilante no da consultas”.
Yandex puso anuncios en aproximadamente la mitad de los vagones del metro que decían ampquot;El operador no da consultas...así que por favor dirija sus preguntas a Yandexampquot;. Todo el mundo entendió la referencia inmediatamente. Los anuncios de Yandex ya no están, pero desafortunadamente los letreros siguen existiendo, no sólo en el metro sino en muchos otros lugares donde los servidores públicos no quieren hablar con el público - estaciones de policía, oficinas de boletos y edificios públicos de muchos tipos.
La información ha sido tan escasa en Rusia que sitios Web como tutu.ru (horarios de trenes y aviones) y banki.ru (información sobre bancos para los consumidores) parecen milagros. Pero mientras que los gobiernos pueden no dar respuestas, en todas partes las empresas motivadas por el comercio están respondiendo a las reacciones de los usuarios.
En otros lugares del mundo, las mismas tendencias ya están más desarrolladas. Tanto la legislación como las fuerzas de la competencia y la demanda de los consumidores están impulsando a las empresas a que revelen más información sobre sus productos y a que respondan a las preguntas de los clientes. Hace diez años, uno podía considerarse afortunado si encontraba el número telefónico y la dirección del fabricante en un tubo de pasta de dientes. Hoy en día, generalmente se puede encontrar un sitio Web que permite averiguar más y hacer preguntas.
Pero eso es desde el punto de vista del fabricante. Hay sitios y servicios aun más interesantes como Twitter y Viewpoints (yo soy asesora) y muchos otros blogs y servicios de calificación que ofrecen puntos de vista independientes.
Y está también la Wikipedia de los códigos de barras ( http://www.sicamp.org/?page_id=21 ), un proyecto brillante que todavía no ha despegado. La idea es que se pueda escanear el código de barras de cualquier producto y obtener información de terceros – dónde se fabricó, qué se utilizó para hacerlo (ingredientes, componentes, mano de obra), cuánto CO2 se produjo, etc. Por supuesto habrá polémicas sobre la información, de la misma forma en que hay controversias sobre la exactitud de Wikipedia. Pero contar con un lugar central para discutir sobre hechos, al que se pueda acceder fácilmente a partir de cualquier producto, sería un paso enorme para la transparencia práctica.
Mientras tanto, los consumidores están aplicando esa misma curiosidad a sus gobiernos. Si sabemos cómo se hacen las salchichas, ¿no deberíamos poder también saber cómo se hacen y aplican las leyes y qué hacen los funcionarios públicos cuyos salarios pagamos?
Eso también está empezando a suceder. Soy miembro del consejo directivo de la Fundación Sunlight, una organización sin fines de lucro dedicada a la transparencia del gobierno en Estados Unidos. Nuestra primera iniciativa fue hacer que los miembros del Congreso estadounidense publicaran sus agendas. Es aceptable que un legislador declare que una hora es privada. Las personas merecen su privacidad. Pero si esa hora fue en realidad un almuerzo para cabildear, entonces el legislador (y sus asistentes) tendrían que mentir para ocultarlo.
Por supuesto, no hay forma de hacer que las revelaciones sean totales, pero con la creación de procesos y expectativas explícitos, esperamos reajustar las normas. Si un funcionario se reúne para cabildear y ello no le avergüenza, puede simplemente declararlo. Los electores pueden hacer sus propios juicios. Y si un funcionario organiza principalmente reuniones para cabildear a expensas de otros tipos de juntas, los electores también pueden juzgarlo.
Sunlight no está sola. Está financiando y colaborando con varias empresas incipientes que se dedican a recopilar, organizar y visualizar datos procedentes de registros oficiales de todo tipo y de otras fuentes. Cualquier persona, en cualquier país, puede utilizar sus herramientas – siempre y cuando pueda obtener los datos. Con suerte, las herramientas promoverán la demanda de información.
Queremos que la gente se acostumbre a ver esa información, de la misma forma en que ahora espera la información sobre un alimento o una prenda.
Si la gente común y corriente hubiera hecho más preguntas y hubiera esperado entender las respuestas que recibiera, tal vez no habríamos caído en la actual crisis financiera. Si las personas hubieran entendido realmente lo que estaba sucediendo, tal vez habrían tenido la prudencia para dejar de pedir préstamos y de comprar cosas que no podían pagar.
Pero esta crisis puede tener un resultado positivo: La gente estará menos dispuesta a escuchar a las autoridades y tendrá más interés en averiguar por sí misma qué es lo que está sucediendo.


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