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El comercio y el Tercer Mundo

La hipocresía y las negociaciones comerciales van de la mano, como lo demuestra la decisión de Estados Unidos de imponer tarifas a las importaciones de acero. Aunque se espera que la Organización Mundial del Comercio (OMC) declare que esa acción es ilegal, los países en desarrollo se mantienen recelosos. Históricamente esos países (la India notablemente) han afirmado que la OMC es una herramienta de los países ricos y por ello se han resistido a lo que busca hacer. En efecto, antes de la reunión ministerial de la OMC que se celebró hace unos meses en Doha, la línea seguida por la India fue oponerse al lanzamiento de una nueva ronda comercial, a una mayor liberalización en bienes industriales y al uso de sanciones comerciales para castigar a los páises que no lograran cumplir con condiciones laborales mínimas.

La percepción de que la OMC es en gran medida un instrumento de las naciones poderosas industrializadas es correcta en un sentido amplio. Sin embargo, oponerse a ella en todos los frentes es un error. Se necesita un enfoque más sofisticado hacia la OMC (y hacia el Norte en general).

La OMC sostiene que es una organización democrática basada en el principio de un país, un voto. Cualquiera que esté pendiente de la OMC sabe que los países ricos le dan la vuelta a esta "molesta" formalidad democrática cabildeando tras bambalinas para arreglar la agenda con anticipación.

A pesar de ello, la oposición constante a la OMC es contraproducente. Como lo demuestra la disputa sobre las nuevas tarifas norteamericanas al acero, en el mundo globalizado de hoy es vital un ombudsman centralizado para cuestiones comerciales. Eliminar a la OMC sería como tratar de manejar una sociedad moderna sin tribunales de derecho. Aunque esos tribunales son generalmente más indulgentes hacia los ricos y poderosos, sigue siendo mejor tenerlos que no tenerlos.

La oposición crónica también revela una falta de confianza en uno mismo como la que se da cuando no podemos decidir qué es bueno para nosotros pero exigimos lo contrario de lo que quieren nuestros socios comerciales con la creencia de que lo que es bueno para ellos tiene que ser malo para nosotros. Esto implica una visión de suma cero acerca de la economía global que es falsa. En las transacciones comerciales hay muchas instancias en las que todos ganan o todos pierden.

Consideremos las tres demandas de la India bajo esta luz. Es correcto que la India se haya resistido a introducir estándares laborales internacionales a la agenda de la OMC, pero no lo es que se haya opuesto con tanta firmeza a una nueva ronda comercial.

La tasa tarifaria promedio en la India es de alrededor del 30%. Aunque es mucho más baja que antes, es más alta que la de la mayoría de las naciones industrializadas. Sin embargo, la India decidió independientemente reducir sus tarifas a lo largo de los próximos tres años. Un programa global para reducir tarifas significa que a la India sólo se le pediría que hiciera lo que ya tenía planeado hacer de cualquier manera. Como los demás tendrían que disminuir sus tarifas, el acceso de la India a otros mercados aumentaría.

Actualmente, la política económica es tan compleja que no siempre resulta claro qué es bueno para una nación y qué no lo es. En diciembre pasado, hubo enojo en la India cuando un panel de solución de controversias de la OMC falló en contra de las prácticas indias de (1) obligar a los fabricantes de automóviles en India a comprar cierta proporción de sus insumos de productores locales, y (2) exigir que aquéllos fabricantes de automóviles que necesitan piezas importadas exporten bienes por el mismo valor.

Si pensamos en estas condiciones, no es del todo claro que esas políticas sean buenas para la India. Crear un mercado indio de autopartes a la fuerza alivia la presión sobre los fabricantes para mejorar la calidad. Hacer obligatorio el uso de esas partes en los autos indios les impide alcanzar calidad internacional.

De la misma manera, obligar a las compañías a igualar sus intercambios con el extranjero destruye una característica esencial de la producción especializada. Por ello, la decisión de la OMC, al menos en este caso, puede ser una bendición. A veces es útil que a uno se le obligue a hacer lo que no habría hecho por propia voluntad.

India y otras economías emergentes deben involucrarse con la OMC, manteniendo la presión para que los países en desarrollo tengan más voces. Por ejemplo, hay 18 países africanos que no tienen representación alguna en las oficinas de la OMC en Ginebra. ¿Qué beneficios pueden esperar de la OMC?

Cuando hay enfrentamientos legales en la OMC y los países grandes contratan a abogados caros para que presenten sus casos, ¿qué esperanzas pueden tener los países pobres? Como país democrático con amplia experiencia en economía y derecho, la India debería luchar por una mejor representación en toda la OMC. Una vez que se logre eso, será más fácil confiarle a la organización tareas que actualmente resultan polémicas, como garantizar estándares laborales mínimos. No obstante, una regla que hay que recordar es que, aun si eso no se consigue, la India y otros países como ella ganarán más siendo participantes activos en las deliberaciones de la OMC que retirándose o siendo opositores empedernidos.

Post scriptum: Afortunadamente, no todos los encuentros entre el Norte y el Sur tienen carga política. Hace algunos años salí de Delhi para dar una conferencia en una ciudad del mundo en desarrollo. Le dije a mi anfitrión que pensaba explorar su ciudad a pie. Con la hospitalidad tan espontánea en los "tercermundistas", dijo que no podía permitirlo, tocó un timbre en su escritorio y le pidió a su asistente que averiguara si el "vehículo de la fertilidad " estaba disponible. Me quedé intrigado y, mientras el asistente salía a cumplir el encargo, a través de un hábil interrogatorio pude discernir la etimología del "vehículo de la fertilidad". Aparentemente, el instituto había recibido dinero de una nación del Norte para un proyecto sobre fertilidad, y parte de los fondos se utilizaron para comprar un vehículo, que fue bautizado consecuentemente.

Al poco tiempo regresó el asistente, jadeando, para informar que el vehículo de la fertilidad no estaba disponible, pero lo dijo con evidente orgullo en su ingenio: dado que yo era huésped del instituto, continuó, fue a otro departamento y consiguió el "vehículo de la pobreza" para mí. Al día siguiente, con un ligero sentimiento de ambivalencia, exploré esa hermosa ciudad en la "Pobreza", y nunca supe qué habría opinado el donador del Norte sobre esta excursión.

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