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Demasiado ahorro, muy poca inversión

Se habla mucho de un exceso de ahorro global. De hecho, la economía mundial padece no de un exceso de ahorro sino de falta de inversión. Para remediarlo necesitamos dos tipos de transiciones. De lo bien que el mundo las haga dependerá que el fuerte crecimiento global de los años recientes sea sostenible. Ese es el mensaje central del World Economic Outlook que se dará a conocer esta semana [editores: el miércoles 21 de septiembre de 2005] en vísperas de la Reunión Anual de 2005 del Fondo.

Primero, el consumo debe dar paso de manera ordenada a la inversión, a medida que se elimina el exceso de capacidad y que las políticas expansivas de los países industriales se normalizan. Segundo, para reducir los desequilibrios actuales en cuenta corriente que se han generado, la demanda se tiene que desplazar de los países con déficits a los países con superávits. Dentro de esta segunda transición, los elevados precios del petróleo significan que el consumo de los productores de hidrocarburos debe aumentar mientras que el de los consumidores debe disminuir.

La situación actual tiene sus raíces en una serie de crisis provocadas a lo largo de la década pasada por una inversión excesiva, particularmente el estallido de la burbuja de los activos japoneses, las crisis en economías emergentes de Asia y América Latina y el estallido de la burbuja de la tecnología de la información en los países industriales. Desde entonces, la inversión ha caído abruptamente y apenas ha experimentado una recuperación muy cautelosa.

La respuesta de política a la desaceleración en la inversión ha sido distinta según el país. En las naciones industriales, los presupuestos expansivos junto con tasas de interés bajas y precios elevados de los activos han llevado al crecimiento alimentado por el consumo o el crédito, sobre todo en los países anglosajones. Los ahorros de los gobiernos han caído, particularmente en Estados Unidos y Japón, y el ahorro doméstico prácticamente ha desaparecido en algunos países que han experimentado un boom de la vivienda.

En contraste, las crisis fueron una llamada de atención en muchos países con mercados emergentes. Históricamente, las políticas relajadas se han vuelto mucho menos adaptables. Algunos países tienen superávits fiscales primarios por primera vez, y la mayoría de los mercados emergentes han reducido la inflación mediante una estricta política monetaria. Ante la precaución de las corporaciones al invertir y la prudencia de los gobiernos para gastar --sobre todo dadas las grandes inversiones del pasado-- las exportaciones han encabezado el crecimiento. Muchos mercados emergentes tienen superávits en cuenta corriente por primera vez.

Debemos celebrar la coordinación implícita de política global que permitió al mundo soportar las crisis de los años recientes. Sin embargo, el hecho de que los países ricos estén consumiendo más y que los mercados emergentes los estén abasteciendo y financiando no es un nuevo orden mundial; es una respuesta temporal y efectiva ante las crisis. Ahora hay que revertirlo.

En efecto, es engañoso llamar a esta situación un "exceso de ahorro", porque ello implicaría que los países con superávits en cuenta corriente deberían reducir los incentivos internos para ahorrar. Pero si el problema es la inversión escasa, entonces una reducción de esos incentivos conducirá a tasas de interés real excesivamente altas cuando se disipen los factores que están deteniendo la inversión. Más bien, las políticas deberían orientarse a retirar los estímulos excesivos al consumo y relajar las restricciones que están deteniendo la inversión.

Hay razones para preocuparse de que las transiciones necesarias se den, en efecto, de manera ordenada. Primero, con los precios de los activos como la vivienda alimentados por la liquidez global, los precios de las mercancías que se mantienen inactivos debido al exceso de capacidad y el comercio global y las tasas de interés que se mantienen bajas por la escasa inversión, ha sido fácil financiar los desequilibrios internos y externos. Las señales tradicionales que dan las expectativas de inflación, las tasas de interés a largo plazo y los tipos de cambio no se han encendido.

Los cuellos de botella se están formando en otros sectores, como el petróleo. Bien puede ser que el financiamiento fácil le haya dado a las economías más capacidad de acción. La preocupación es, entonces, que cuando las señales cambien --como tienen que hacerlo-- lo harán de manera abrupta, con las correspondientes consecuencias severas para el crecimiento. De manera alternativa, precios como los del petróleo tendrán que moverse más a fin de efectuar las transiciones más urgentes, creando desequilibrios nuevos. Los encargados del diseño de políticas no deben considerar a los precios elevados del petróleo como una aberración que se debe eliminar, sino concentrarse en las causas subyacentes.

Segundo, se necesitan más inversiones, sobre todo en los países de bajos ingresos, los mercados emergentes y los productores de petróleo (aunque menos en China, la excepción que confirma la regla). Pero la respuesta no es un arranque de inversiones de baja calidad encabezadas por el gobierno o alimentadas con créditos fáciles; ya conocemos las consecuencias de eso. Más bien, el mercado de productos, el laboral y el financiero deben reformarse de manera que surjan inversiones de alta calidad del sector privado.

Aquí es donde lo bueno puede haber sido enemigo de lo perfecto. Las exportaciones robustas y las políticas gubernamentales aceptables han permitido a algunos países generar crecimiento sin las reformas que pueden crear los incentivos adecuados para la inversión. Esos países dependen demasiado de la demanda en otros lugares, que a su vez es insostenible.

Con las reformas adecuadas, adoptadas de común acuerdo, el mundo puede hacer las transiciones necesarias. Pero uno de los riesgos que acompañan a los grandes desequilibrios en cuenta corriente a que nos enfrentamos ahora es que los políticos pueden decidir culpar a un país u otro y adoptar políticas proteccionistas. Eso podría precipitar la desaceleración económica global misma que todos deseamos evitar.

Si, por el contrario, los países ven las transiciones como una responsabilidad compartida, los encargados del diseño de políticas de cada nación tal vez puedan desviar el debate interno del proteccionismo que de otra manera podría darse de manera natural. Cada país debe concentrarse en lo que tiene que hacer para lograr un crecimiento sostenido a largo plazo. En esa posibilidad yace el bienestar de todos nosotros.

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