En Polonia, un país supuestamente católico, hay un programa de radio y un diario que son propiedad de "Radio María", y ambos son la voz de un cura carismático, xenófobo y fundamentalista que detesta nuestra sociedad liberal. Sus valores, ideas, propósitos (todo lo que defiende) constituyen un ataque en contra de lo que significa el liberalismo. El destruiría nuestra democracia sin dudarlo un instante.
¿Qué debemos hacer los polacos ante este enemigo interno? ¿Qué pueden hacer los liberales en todas partes para enfrentarse a sus enemigos, internos y externos?
A los liberales, siendo gente de buena voluntad, les resulta difícil concebir que hay enemigos implacables. Pero las acciones de Osama bin Laden nos recuerdan que hay enemigos a los que no se puede apaciguar. Entonces, ¿cómo podemos distinguir entre los enemigos implacables y los adversarios comunes y corrientes, y cómo debemos enfrentarnos a ellos?
Los filósofos de tendencia liberal son sólo parcialmente útiles en esto. Michael Walzer, por ejemplo, habla de lo que él llama las lealtades "suave y dura". Es fácil para los liberales estar de acuerdo en el nivel de solidaridad "suave". Por ejemplo, entendemos a la gente que lucha por su libertad, y podemos estar de acuerdo con su definición de libertad. Lo que es más difícil, sostiene Walzer, es encontrar solidaridad al nivel "duro", esos momentos donde debemos tomar en cuenta valores encontrados. Es mejor, dice Waltzer, esperar sólo lealtad y solidaridad "suaves".
Richard Bellamy sugiere que eso se haga mediante arreglos institucionales duraderos. Afirma que éstos se pueden alcanzar en campos donde reina el pluralismo, tales como la educación multicultural. Ya después Bellamy lleva demasiado lejos el liberalismo, al decir que una "paz" similar se puede lograr incluso en los debates sobre temas extremadamente polémicos, como el aborto.
Imposible. Aquí, los grupos opositores están divididos por un abismo de valores. En su obra Las dos caras del liberalismo , John Gray sugiere que lo más que se puede lograr es un modus vivendi .
Estos tres autores reconocen implícitamente que las debilidades del liberalismo se manifiestan en aquéllos momentos donde incluso la lealtad "suave" es imposible, cuando no hay cabida para un arreglo institucional y cuando no se puede sostener un modus vivendi . Pero, ¿qué hacer entonces cuando nos enfrentamos a enemigos tan implacables que no se detienen ante nada para impones sus valores?
Si la ayuda de los filósofos liberales es limitada para guiarnos en contra de nuestros enemigos, tal vez sea útil uno de los pensadores menos liberales del siglo XX. Carl Schmitt creía que conocer al enemigo era el elemento esencial de la política. En efecto, Schmitt pensaba que un mundo sin enemigos sería un mundo sin política.
En su famoso libro El concepto de lo político , Schmitt sostenía que la República de Weimar en Alemania había fracasado porque sus líderes se rehusaron a enfrentarse a sus enemigos declarados. Al no defender la constitución en contra de los enemigos internos, los liberales de Weimar demostraron que tenían más miedo de tomar una decisión que de atacar a sus enemigos. Sin embargo, las decisiones soberanas (de vida o muerte para las sociedades) son inevitables, incluso en las sociedades basadas en principios liberales. O nos enfrentamos y derrotamos a nuestros enemigos, o morimos.
El liberalismo, por supuesto, se ha enfrentado a varios enemigos con anterioridad (Schmitt entre ellos, ya que en su calidad de "jurista real" de Hitler estaba entre quienes se presentaban como enemigos irreconciliables del liberalismo de Weimar). Es claro que no se debe convertir a enemigos menores en enemigos mortales. Los enemigos del liberalismo son reales. No es necesario imaginarlos.
Así, ¿cómo identificamos a nuestros enemigos? El método es sencillo: debemos tomarles la palabra. Escuchemos a quienes declaran que nosostros somos sus enemigos. Qué grupo, sociedad, nación o religión habla de nosostros como sus enemigos. Aquéllos que lo hacen son nuestros enemigos.
Una vez identificados, no debemos tratar a nuestros enemigos como niños e intentar explicarles que en realidad no quieren decir lo que dicen, o que los queremos mucho y que no deben usar palabras tan feas. A quien diga que es nuestro enemigo hay que tratarlo como tal. Por supuesto, es noble dudar antes de declarar que alguien es nuestro enemigo, pero cuando alguien habla y actúa como enemigo, la duda debe desaparecer. Es tiempo de movilizarse.
Después de todo, la democracia liberal está bien preparada para luchar en contra de sus enemigos internos a través del derecho. Es necesario aplicar las leyes en contra de los actos que incitan a la violencia, se debe enjuiciar a los conspiradores y descubrir a los traidores. En efecto, como lo demuestran las experiencias del siglo XX, frente a los enemigos verdaderos las sociedades liberales deben aplicar el derecho incluso si las consecuencias parecen duras o "poco liberales".
Lo que se aplica a los enemigos internos es válido también para los externos. Los Estados liberales no deben hacer proselitismo sobre su forma de vida en todo el mundo y deben respetar (o al menos tolerar) el hecho de que otros pueblos viven según normas con las que no estamos de acuerdo. Pero los Estados liberales no deben dudar en aplicar el derecho internacional para enfrentarse a Estados "delincuentes" y a aquéllos que amenazan un orden global basado en la tolerancia mutua.
Si creemos en los valores liberales, debemos estar dispuestos a defenderlos, en palabras de Malcolm X, "por los medios que sean necesarios". Las herramientas utilizadas pueden violentar en ocasiones nuestro temperamento liberal. Que así sea. ¿El liberalismo en guerra? Esa puede ser la única opción si queremos que el liberalismo sobreviva.


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