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Enhebrar la aguja fiscal

PALO ALTO – Las elecciones suelen poner de relieve el estado de la economía, especialmente en tiempos difíciles. Cuando el crecimiento y el empleo están en baja, los votantes expulsan a los dirigentes -llámense izquierdistas españoles, derechistas franceses o centristas holandeses-. Estados Unidos no es una excepción. Tres años después de iniciada la Gran Depresión, Herbert Hoover fue derrotado por Franklin Delano Roosevelt. En 1980, tras un pico grave de estanflación, Ronald Reagan se impuso a Jimmy Carter.

Al mismo tiempo, el desempeño económico depende en gran medida de la política económica. La Gran Depresión se vio agravada por una mala política monetaria, aumentos impositivos y políticas comerciales proteccionistas. De la misma manera, una política monetaria relajada en Estados Unidos a mediados de la década pasada ayudó a preparar el escenario para la Gran Recesión, al contribuir significativamente a una explosión de apalancamiento, y al alimentar la burbuja inmobiliaria que estalló en 2007-2008.

El resultado de dos batallas relacionadas en materia de políticas será clave para la perspectiva económica y política tanto en Estados Unidos como en Europa. La primera es entre "austeridad" y "crecimiento" -es decir, reducción del déficit a corto plazo y más estímulo fiscal-. Muchos en la izquierda, a ambos lados del Atlántico, sostienen que más gasto gubernamental, no menos, es lo que se necesita para sacar a sus economías de la recesión. En la derecha creen que la principal prioridad de los gobiernos debería ser la consolidación fiscal.

En Europa, los grandes déficits y la explosión de los ratios deuda-PBI alarmaron a los acreedores y provocaron una tensión política. En particular, Alemania exige más ajuste fiscal a los países altamente endeudados del sur de Europa, cuyos sindicatos (y votantes) rechazan una mayor austeridad. Mientras que Estados Unidos hasta ahora eludió la ira del mercado de bonos, los líderes políticos norteamericanos enfrentan el mismo problema de deuda y sustentabilidad fiscal.

La segunda batalla implica cuestiones estructurales a largo plazo: desacelerar el crecimiento del gasto del gobierno, reformar los impuestos y aumentar la flexibilidad del mercado laboral. En Europa, por ejemplo, si se eleva la edad jubilatoria para las pensiones públicas y se achica el empleo gubernamental, se restringen los excesos del estado benefactor.

En Estados Unidos, la victoria de Reagan en 1980 parecía señalar que Estados Unidos iba a poner coto al modelo de bienestar social europeo. Pero el presidente Barack Obama y sus aliados en el Congreso rechazaron el consenso de que el gobierno sólo debe ser un último recurso para la gente necesitada, y favorecieron una mayor dependencia, tanto en el caso de los individuos como de las empresas, de programas de ayuda social y otros gastos públicos, exenciones impositivas específicas, regulaciones y préstamos.

Separar los efectos del presupuesto en la economía de los efectos de la economía en el presupuesto es tramposo. Existen varios casos -Irlanda y Dinamarca en los años 1980, por ejemplo- en los que la consolidación fiscal ayudó a expandir la economía en el corto plazo, conforme tasas de interés y tipos de cambio más bajos alentaron lo suficiente la confianza como para estimular la demanda.

Por supuesto, si muchas de las economías del mundo intentan llevar a cabo una consolidación simultáneamente, cuando las tasas de interés ya son bajas y de las más grandes en una unión monetaria, un resultado así de favorable es menos probable. Pero la evidencia sobre si un gasto adicional financiado por el déficit reavivaría rápidamente el crecimiento económico es confusa.

En una encuesta reciente, “Fiscal Policy for Economic Growth” (Política fiscal para el crecimiento económico), llegué a la conclusión de que los multiplicadores a corto plazo -el cambio total de la actividad económica que resulta de un mayor gasto gubernamental- en teoría podrían llegar a ser dos cuando el banco central redujo su tasa de interés meta a cero. En otras palabras, un dólar gastado por el gobierno podría hacer subir el PBI dos dólares en el muy corto plazo.

La trampa es que el multiplicador se vuelve negativo al segundo año: el gasto adicional del gobierno contrae, en lugar de expandir, el crecimiento económico a mediano y largo plazo. Es más, el efecto a corto plazo es inferior en los países altamente endeudados, y puede hasta ser negativo durante las expansiones económicas si los hogares y las empresas, que esperan que los impuestos más elevados paguen el gasto futuro, ahorran, en lugar de gastar, el efectivo.

Posponer la consolidación fiscal puede implicar que nunca se concrete, pero una consolidación demasiado agresiva puede dificultar temporariamente el crecimiento. Pero quienes hoy exigen un mayor estímulo financiado por el déficit deben enfrentar una evidencia considerable de que un excedente de deuda pública impide el crecimiento por mucho tiempo. En un trabajo reciente, posterior a su libro This Time is Different, los economistas Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff llegaron a la conclusión de que ratios deuda-PBI superiores al 90% tienden a estar asociados a una desaceleración del crecimiento anual de un punto porcentual durante 23 años. En consecuencia, un excedente de deuda termina costando más en ingresos perdidos que una recesión profunda.

Una política inteligente considera al mismo tiempo los efectos a corto, mediano y largo plazo. Tanto Europa como Estados Unidos necesitan desesperadamente reformas a largo plazo, por ejemplo, de las pensiones públicas y la atención sanitaria. Europa requiere una reforma estructural del mercado laboral y debe resolver su excedente de deuda soberana, sus crisis bancarias y el futuro del euro. Estados Unidos debe reformar su código tributario para generar ingresos en un espectro más amplio de personas y de actividad económica (la mitad de la población de Estados Unidos no paga impuesto federal a las ganancias y el código impositivo excluye o trata favorablemente a muchas fuentes de ingresos).

En los próximos años -el mediano plazo-, todos los países deberían implementar una consolidación fiscal difícil de revertir, que persuada al sector privado de que un ajuste gradual o demorado, principalmente en lo que concierne al factor gasto en el presupuesto, ocurrirá. Una consolidación exitosa normalmente depende de recortes del gasto más que de aumentos de impuestos -de hecho, en una relación de cinco o seis a uno-. Estados Unidos en los años 1980 y 1990 redujo el gasto un 5 % del PBI y equilibró su presupuesto a la vez que creció de manera sólida. Canadá, en las últimas dos décadas, redujo el gasto un 8% del PBI y también prosperó.

En el corto plazo, la flexibilidad del gasto es apropiada sólo si se implementan medidas a mediano y largo plazo. Ese acuerdo -entre Alemania y el sur de Europa, y entre los republicanos y los demócratas en Estados Unidos- debería ser económica y políticamente posible.

En un momento en que muchos ciudadanos hoy atraviesan dificultades, los líderes políticos enfrentan una tarea desalentadora: adoptar reformas creíbles a mediano y largo plazo sin hacer descarrilar la economía en el corto plazo. Tienen escaso margen de error en lo económico -y quizás incluso menos en lo político.