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Las mujeres del sueño de Europa

LAUSANA – Nací en 1945. Mi abuelo era judío-alemán. Por suerte, nadie de mi familia inmediata pereció en el Holocausto. Sin embargo, su sombra me siguió a lo largo de mis años de formación. En mi adolescencia, cuando empecé a conocer a mis contemporáneos alemanes, había una reserva e incomodidad iniciales. Pero hablamos, hablamos y hablamos. No se trató de ocultar el pasado, pero había un gran deseo de construir un futuro diferente. Sucedió que me convertí en un ferviente europeísta.

Hace dos décadas, masas jubilosas hicieron pedazos el Muro de Berlín. Hoy, diez países ex comunistas son miembros de pleno derecho de la Unión Europea. Si mi padre reapareciera repentinamente y yo le dijera que Lituania es un Estado miembro, me miraría con escepticismo y se preguntaría qué estaba yo fumando.

La noticia triste es que, a medida que se ha establecido la estructura de la Unión (por ejemplo, el mercado y la moneda únicos), el espíritu de unidad ha muerto. El “proyecto” europeo se ha convertido en un ejercicio de cinismo puro. El ejemplo más triste de ello ha sido la manera en que se ha manejado el asunto de la “Constitución Europea” y el Tratado de Lisboa, así como la forma indecorosa en que se está eligiendo al presidente europeo, un actor esencial de ese Tratado.

La buena noticia es que parece haber quedado descartada la candidatura de Tony Blair. Las razones que lo hacen inadecuado para el cargo son demasiadas para enumerarlas –sólo mencionar la palabra ampquot;Irakampquot; debería ser suficiente. Elegirlo habría sido un acto de cinismo absoluto y de hipocresía, incluso para los estándares europeos.

La mala noticia es que los otros candidatos que presuntamente se están considerando –todos son o han sido jefes de gobierno- resultan muy poco atractivos. Las implicaciones de lo que actualmente estamos presenciando podrían ser enormes. Por impresionante que haya sido la historia de Europa desde que en el Tratado de Roma se estableció la Comunidad Económica Europea en 1957, por ningún motivo debería darse por hecho que la UE se ha vuelto permanente.

En efecto, en el 50 aniversario del Tratado de Roma, una de las figuras más importantes de Europa, Jacques Delors, expresó el temor de que la UE podría “desarticularse”; el ex ministro de asuntos exteriores de Alemania, Joschka Fischer, expresó sentimientos similares en una entrevista concedida a la BBC a principios de 2009.

Si bien ese resultado puede ser improbable, sería un acto de locura autocomplaciente descartar la posibilidad. Ninguna institución, sociedad o civilización puede sobrevivir en piloto automático. Después de todo, la historia está plagada de episodios de “auge y caída.ampquot;

Por consiguiente, importa mucho quién será el presidente de la UE. Se necesita alguien con una integridad impecable y con la capacidad de inspirar -y en especial que se comprometa con la juventud europea.

Creo que sólo hay dos candidatas que podrían tener estas cualidades: la ex presidenta de Irlanda, Mary Robinson, y la ministro de finanzas francesa, Christine Lagarde. No excluí a priori a los hombres de esta lista, pero no se me ocurrió ninguno, y en cualquier caso, entre las clases dirigentes de la UE ya hay muchos hombres blancos de edad madura.

Aunque las diferencias entre Robinson y Lagarde son muchas, ambas serían una excelente elección. Robinson puede ser la candidata más inspiradora en vista de los proyectos en los que ha participado desde que acabo su mandato: presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, presidenta honoraria de Oxfam Internacional, presidenta del Instituto Internacional de Medio Ambiente y Desarrollo, presidenta del Consejo de Mujeres Líderes del  Mundo y fundadora de la Ethical Globalization Initiative .

Lagarde tiene otros puntos fuertes. Es una profesionista exitosa que fue presidenta de uno de los bufetes de abogados más grandes del mundo y a la que Forbes clasificó en 2008 como la 14a  mujer más poderosa del mundo. Así pues, ha tenido dos carreras brillantes –en los negocios y en la política—y tiene un enorme carisma.

Por lo tanto, ambas mujeres representan opciones muy distintas como líderes y posibles modelos de conducta. Además, Robinson, quien nació en 1944, es una persona del siglo XX. La presidencia de la UE representaría el ocaso de su carrera. Lagarde, de 53 años de edad, es considerablemente más joven.

No obstante, resucitar el sueño europeo exige no sólo la elección de un individuo. Debe haber una causa. Y en este punto hay una cuestión clave que se cierne sobre Lagarde. ¿Qué opina de la membresía de Turquía en la Unión? Su jefe, Nicolas Sarkozy, se opone con vehemencia, pero difícilmente se puede describir a Sarkozy (quien no habla inglés y no sabe usar computadoras) como modelo de conducta para el siglo XXI. En contraste, Lagarde parece ser una mujer del Renacimiento, pero sus opiniones en lo referente a  la membresía de Turquía en la UE podrían desmentir esa imagen.

Tal vez el mayor desafío para Europa en el siglo XXI sea derribar los muros entre sus comunidades musulmanas y no musulmanas. Esto se aplica no sólo a los ciudadanos musulmanes de la UE, sino también a los de los Balcanes –en especial los de Bosnia, Kosovo y Albania– , los de la ex Unión Soviética y particularmente los de Turquía.

Esto no puede lograrse de la noche a la mañana, pero el proceso que se había iniciado se ha estancado. Incorporar a Turquía a la UE –y con el tiempo a otros países europeos con mayorías musulmanas—es el sueño europeo del siglo XXI. Elegir al presidente adecuado en 2010 sería un paso importante en ese sentido. Robinson o Lagarde podrían ser las líderes que le dieran a la UE la inspiración necesaria para hacer realidad este sueño.   

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