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El intelectual desaparecido

En esta primavera se cumple el centenario del nacimiento de dos intelectuales polifacéticos, encarnaciones ideológicas de la época de la guerra fría: Raymond Aron y Jean-Paul Sartre. Aron nació el 14 de marzo de 1905 y Sartre el 21 de junio.

Sartre y Aron iniciaron su relación, que se prolongó durante 50 años, con una educación francesa minoritaria compartida, de la que formó parte un período de formación en Alemania justo antes del ascenso del nazismo. Cada uno de ellos desplegó a su inimitable modo el espíritu de contradicción a un tiempo apreciado y detestado en los intelectuales: Aron fue partidario del liberalismo angloamericano antes de que se pusiera de moda, mientras que Sartre siguió siendo comunista después de que esa moda hubiese pasado.

Aron escribía una prosa fría y pulcra sobre los conflictos geopolíticos más candentes, mientras que Sartre podía convertir cualquier trivialidad en una crisis existencial. Y, sin embargo, con frecuencia adoptaron posturas comunes contra la clase política dirigente francesa. Los dos se unieron a la Resistencia, cuando Francia era un Estado títere nazi y los dos pidieron la independencia de Argelia después de que Francia recuperara su soberanía.

Por desgracia, Sartre y Aron están unidos también en la muerte: los dos han sido desautorizados, preteridos o subestimados por todas las disciplinas académicas –filosofía, literatura, sociología, política- a las que sus voluminosas obras –sería lógico pensar- contribuyeron. Silenciados por la muerte, Sartre y Aron son recordados más por las actitudes que adoptaron ante los asuntos, fueran cuales fuesen, sobre los que escribían que por lo que dijeron en realidad.

El suyo es un destino perennemente padecido por los intelectuales. Grandes intelectuales, como Abelardo, Erasmo, Galileo, Voltaire, Zola y Russell impugnaron las devociones de su época y ahora consideramos positivo su éxito, pero la mayoría de nosotros retrocederíamos ante los métodos que utilizaron en su obra como intelectuales: caricatura, engaño e incluso mentira. Pensemos en estos tres ejemplos.

Abelardo está reconocido como el introductor de la teología como disciplina crítica en el cristianismo y, sin embargo, lo hizo yuxtaponiendo citas contradictorias y sacadas de contexto en las que mostraba que ni la Biblia ni los padres de la Iglesia hablaban con una sola voz, por lo que los lectores debían sacar sus propias conclusiones.

Asimismo, Galileo es conocido ahora por haber cometido lo que en nuestra época llamamos “un fraude de investigación” en sus famosos experimentos físicos. Suponiendo que los llevara a cabo de verdad, es muy probable que no produjeran los resultados impecables que utilizó para atacar a sus oponentes.

En cuanto a Zola, que defendió al capitán Alfred Dreyfus de acusaciones de traición avivadas por el antisemitismo, resultó fácil condenarlo judicialmente por libelo, porque se limitó a poner en entredicho los motivos de los testigos sin ofrecer nuevas pruebas.

Los tres fueron vindicados posteriormente: en algunos casos durante su vida, en otros no. Lo que compartieron fue una ética paradójica común a todos los intelectuales: la causa final de la verdad justifica cualesquiera medios de que se pueda disponer. Se debe a que toda la verdad raras veces es lo que pasa por ser verdad en cualquier momento.

Semejante ética resulta detestable en el mundo actual, en el que el conocimiento está parcelado en disciplinas académicas como parcelas inmobiliarias. A un intelectual un académico puede parecerle alguien que confunde los medios de la investigación con su fin, pero a los académicos los intelectuales les parecen excursionistas que se toman la libertad de allanar las propiedades de otras personas, coger frutos en ellas y arruinar el terreno.

Los intelectuales difieren de los académicos corrientes en que sostienen que la forma de acercarse a la verdad no es mediante la producción de nuevos conocimientos, sino mediante la destrucción de las creencias antiguas. Cuando los filósofos de la Ilustración renovaron el antiguo lema cristiano: “La verdad os hará libres”, imaginaron un proceso de apertura de puertas, no de construcción de barricadas.

En una palabra, los intelectuales quieren que sus auditorios piensen por sí mismos y no se limiten a cambiar de alianzas pasando de un experto a otro. La ética de los intelectuales es a un tiempo estimulante y áspera, pues atribuye la responsabilidad del pensamiento directamente al pensador. Así, pues, cualquier acto de deferencia se convierte en una abdicación de la autoridad intelectual propia.

El lema “El conocimiento es poder” puede resultar familiar, pero sólo el intelectual ve sus consecuencias. Evidentemente, un mayor conocimiento aumenta nuestra capacidad para actuar. Lo que resulta menos evidente es que para ello haya que destruir el conocimiento socialmente reconocido. Sólo entonces se abre un espacio de la sociedad para la adopción de decisiones, lo que permite a sus miembros avanzar en muchas más direcciones de las que antes se consideraban posibles.

Aron y Sartre desarrollaron estilos opuestos, pero igualmente polémicos, para destruir las creencias establecidas. Aron prefería demonizar a sus colegas intelectuales como alarmistas antes que reconocer que la guerra fría podía acabar en un holocausto nuclear. Sartre fustigó a quienes no oponían resistencia a la opresión cuando podían hacerlo, al tiempo que excusaba a quienes aplicaban la opresión, en cuanto tenían oportunidad de hacerlo.

Aron exageró el poder de la razón, mientras que Sartre hizo lo propio con el poder de la acción. Los dos querían encaminar a la sociedad francesa por direcciones radicalmente diferentes, pero ninguno de los dos dejó de adoptar una actitud crítica con el status quo. Al final, parece que los dos pensaron dentro y fuera de su época. Si bien con ello resultaban candidatos inapropiados para cualquier disciplina académica, pues ésa es la ambivalencia del legado de cualquier intelectual.

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