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La política de los Estados Unidos, propia del Tercer Mundo

CAMBRIDGE – Una vez concluida la elección presidencial, los Estados Unidos pueden por fin tener un respiro después de tanta política de campaña, al menos por algún tiempo, pero queda pendiente una pregunta incómoda: ¿cómo es posible que el país más poderoso del mundo y su democracia ininterrumpida más antigua exhiba unas formulaciones políticas que recuerdan más a un Estado africano fallido?

Tal vez sea una evaluación demasiado severa de las nacientes democracias de África. Si cree el lector que exagero, no habrá prestado bastante atención. El halago a los grupos extremistas, el rechazo de la ciencia, las mentiras y distorsiones descaradas y la desatención a las cuestiones reales que han caracterizado el ciclo electoral más reciente representa un nuevo nivel mínimo para la política democrática.

No cabe duda de que los peores culpables son los republicanos de los Estados Unidos, cuyos dirigentes han quedado en cierto modo embelesados por ideas que resultan intolerables en otros países avanzados. De los doce candidatos presidenciales de ese partido, sólo dos (Mitt Romney y Jon Hunstsman) se negaron a rechazar las pruebas científicas relativas al calentamiento planetario y sus causas humanas, pero, cuando  lo apremiaron al respecto, Romney se sintió lo bastante incómodo sobre su posición como para titubear.

Tampoco la teoría darwiniana de la evolución ha estado bien vista entre los republicanos. Rick Perry, gobernador de Texas y anterior favorito en las primarias republicanas, la llamó una simple “teoría que corre por ahí”, mientras que el propio Romney ha tenido que sostener que no es incompatible con el creacionismo, la idea de que una fuerza inteligente concibió el universo y lo creó.

Asimismo, si hay una idea arcaica en economía, es la de que los Estados Unidos deben volver al patrón oro. Sin embargo, también esa idea cuenta con gran apoyo dentro del Partido Republicano, encabezado por Ron Paul, otro aspirante al nombramiento de candidato presidencial del partido. A nadie extrañó que la plataforma del partido hiciera mención positiva del patrón oro en su convención, celebrada en agosto.

La mayoría de los no americanos considerarían demencial que ni Romney ni Barack Obama apoyaran una legislación más estricta para el control de las armas (si bien Obama hizo una excepción sólo en el caso de las armas de asalto, como las AK-47), en un país en el que a veces resulta más fácil comprar armas que votar. La mayoría de los europeos no pueden entender que en un país civilizado los dos candidatos sean partidarios de la pena de muerte y ni siquiera voy a abordar el debate sobre el aborto.

El candidato Romney estaba tan intimidado por la obsesión de su partido con los impuestos bajos, que en ningún momento presentó un presupuesto que cuadrara. Correspondió a sus asesores en materia de relaciones públicas explicar, como dijo The Economist, que se trataba de “bobadas necesarias, preparadas para convencer a los fanáticos que votan en las primarias republicanas”.

Por su parte, Obama halagó a los nacionalistas económicos atacando a Romney como “adelantado de la externalización” y llamándolo “externalizador en jefe”, como si la externalización fuera un mal, como si se pudiese detener o el propio Obama hubiera hecho gran cosa para desalentarla.

Tan desenfrenadas fueron las ambigüedades, las falsedades y las absolutas mentiras en los dos bandos, que muchos medios de comunicación y grupos no partidistas confeccionaron listas de tergiversaciones factuales. Los autores de una de las más conocidas, FactCheck.org, iniciativa del Annenberg Public Policy Center de la Universidad de Pennsilvania, confesaron que esta campaña les había dado muchísimo trabajo.

Algunos de los ejemplos más atroces fueron las afirmaciones de Obama de que Romney estaba preparando una subida de impuestos de 2.000 dólares a los contribuyentes de ingresos medios o la reducción de los impuestos en cinco billones de dólares o las dos cosas a la vez y que Romney respaldaba una ley que prohibiría “todos los abortos, incluidos los casos de violación e incesto”. Romney llegó incluso más lejos, al afirmar que Obama se proponía aumentar los impuestos en 4.000 dólares a los contribuyentes de ingresos medios, que Obama se proponía “destripar la reforma de la asistencia social eliminando los requisitos laborales” y que Chrysler, rescatada por el gobierno de Obama, iba a trasladar toda la producción de sus Jeep a China.

Ninguna de dichas afirmaciones era cierta.

“Ha sido esa clase de campaña”, escribieron los analistas de FactCheck.org, “colmada desde el principio hasta el final de ataques y contraataques engañosos y afirmaciones dudosas”.

Entretanto, durante tres debates televisados y un debate entre el Vicepresidente y el aspirante a ese cargo ni una sola vez se mencionó el cambio climático, la  cuestión que caracteriza nuestra época y el problema más grave que afronta nuestro planeta.

Podemos sacar dos posibles conclusiones de la elección en los Estados Unidos. Una es la de que la escasa calidad de las formulaciones democráticas de los EE.UU. serán su perdición y de que esto es simplemente el comienzo de una decadencia inevitable. Los síntomas están ahí, aun cuando la enfermedad no haya infectado aún todo el cuerpo.

La otra posibilidad es la de que lo que se diga y se haga durante unas elecciones influye poco en la salud del sistema político. Las campañas son siempre un momento para el populismo barato y la postración ante los fundamentalistas obsesionados con una sola cuestión. Tal vez lo que de verdad importe sea lo que ocurre después de que un candidato ocupa el cargo: la calidad de los controles institucionales a los que debe atenerse su actuación, los recomendaciones recibidas, las decisiones adoptadas y, en última instancia, las políticas aplicadas.

Pero, si las elecciones americanas no son otra cosa que un espectáculo, ¿por qué se gasta tanto dinero en ellas y por qué interesan y preocupan a tantas personas? ¿Habrá que responder que, de lo contrario, el resultado podría ser incluso peor?

Parafraseando a Winston Churchill, las elecciones son la forma peor de seleccionar a un dirigente político, exceptuados todos los demás métodos que se han probado… y en ninguna parte es así hasta tal punto como en los Estados Unidos.