Tuesday, September 2, 2014
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La herejía de la ONU

No hay organización más respetada que las Naciones Unidas. Quizás eso sea natural, ya que la ONU encarna los más nobles sueños de la humanidad. Pero, como lo demuestra el actual escándalo que rodea la administración por parte de la ONU del programa de petróleo por alimentos en Irak, y en momentos en que el mundo recuerda el genocidio de Ruanda que comenzó hace 10 años, el respeto hacia la ONU se debe ver como algo parecido a una superstición, con el Secretario General Kofi Annan como su falso profeta.

Desde Dag Hammarskjöld, ningún jefe de la ONU ha sido tan aclamado como Annan. Hasta cierto punto, esto es comprensible. Por lo general, Annan mantiene un porte sereno y digno. Tiene encanto y, según dicen varios, carisma. Pero un líder debería ser juzgado por sus acciones cuando hay asuntos importantes en juego. Casi invariablemente, se restó importancia a los fracasos de Annan en tales situaciones.

Entre 1993 y 1996, Annan fue Asistente del Secretario General para las Operaciones de la ONU de Mantenimiento de la Paz, y posteriormente fue Subsecretario General. Uno de los grandes desastres de los que es responsable en gran parte es el genocidio por parte de los Serbios de 7.000 personas en la ciudad bosnia de Srebrenica, quizás la peor masacre de posguerra en Europa.

En 1993, los musulmanes de Bosnia recibieron la promesa de que las fuerzas de la ONU los protegerían. Este compromiso fue una condición previa a su consentimiento para desarmarse. La ONU declaró a Srebrenica una "zona segura" que seria "protegida" por 600 soldados holandeses bajo la bandera de la ONU.

En julio de 1995, las fuerzas serbias atacaron. La ONU no cumplió lo prometido. El equipo de Annan hizo públicas declaraciones evasivas y confusas. Aparentemente inconscientes de la peligrosidad de la situación, no hicieron sonar la alarma de manera adecuada ni hicieron nada para intervenir.

Los holandeses no dispararon ni una sola bala. El poder aéreo de la OTAN podría haber detenido a los serbios, pero Annan no solicitó su intervención. Ratko Mladic, comandante serbio y criminal de guerra, deportó a las mujeres y los niños delante de las narices de la ONU, mientras capturaba y asesinaba a los hombres y adolescentes varones.

Nadie debería sorprenderse por la inacción de la ONU, porque apenas el año anterior había demostrado una enorme incompetencia al enfrentar el genocidio más rápido de la historia: la matanza de 800.000 tutsis y hutus moderados en Ruanda en tan sólo 100 días. Annan era responsable de las fuerzas de la ONU en Ruanda en 1994, antes y durante la crisis.

Annan había sido advertido cuatro meses antes de que los activistas hutus comenzaran sus asesinatos masivos, mediante un mensaje de fax de Romeo Dallaire, el general canadiense al mando de las fuerzas de la ONU en Ruanda. Dallaire describió en detalle cómo los hutus tenían planes de efectuar una "exterminación de los tutsi". Identificó a su fuente como un "hutu" e informó que las armas ya estaban listas para la inminente limpieza étnica.

Dallaire solicitó permiso para evacuar a su informante y requisar las armas. Annan rechazó ambas demandas, proponiendo en cambio que Dallaire diera a conocer la identidad del informante al Presidente de Ruanda, Habyarimana, un hutu, incluso a pesar de que el informante había mencionado explícitamente a los círculos más cercanos al Presidente como los autores del plan genocida. Annan mantuvo su actitud de extrema pasividad, incluso tras el accidente aéreo en que murió Habyarimana y que marcó el inicio del genocidio, con ayuda de la indiferencia de las grandes potencias (entre las que Estados Unidos no estuvo a la zaga).

Uno podría pensar que Annan puso en riesgo demasiadas cosas como para lograr el puesto de Secretario General, pero la ONU no funciona de esa manera. En lugar de ser obligado a renunciar después de Ruanda y Srebrenica, fue ascendido a Secretario General.

Esa es la cultura de la ONU: suponer lo mejor de los bárbaros, no hacer nada que provoque controversias entre los superiores y dejar que otros sean blanco de las críticas una vez ocurridos los hechos. Incluso las posteriores revelaciones acerca de la responsabilidad de Annan en los desastres de Ruanda y Bosnia no afectaron su prestigio. Por el contrario, fue reelecto unánimemente y se le concedió el Premio Nobel de la Paz. Es el diplomático irrompible para todo uso.

A veces los medios de comunicación tratan de crear admiración hacia Annan, remarcando que su esposa es sueca y pariente cercana de Raoul Wallenberg. Se espera que deduzcamos que, además de todos sus talentos, Annan comparte los ideales encarnados en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial por el sueco más notable de los tiempos modernos.

Pero el nombre de Wallenberg debería hacernos sentir aún mas desaliento acerca del historial de Annan. Wallenberg se negó a hacer caso omiso de la amenaza de las masacres que iban a ocurrir. En lugar de eludir la responsabilidad y seguir realizando su trabajo convencional en Suecia, se dirigió a Hungría, escenario de la última orgía homicida de Hitler contra los judíos.

En Budapest, Wallenberg hizo uso de todos los contactos disponibles, recurriendo a trucos poco ortodoxos, sobornos y otras estratagemas para salvar del Holocausto a la mayor cantidad posible de personas. Nunca se dejó engañar por los compinches de Hitler.

Quizás nadie debería ver sus logros juzgados mediante la comparación con los de Wallenberg, un prodigio de fuerza, valentía y perseverancia. El problema con Annan es que, enfrentado a peligros similares, demostró una particular carencia de las habilidades necesarias.

Annan no puede alegar que su seguridad personal corría riesgo alguno, mientras que Wallenberg estuvo en constante peligro en 1944 y 1945. Tampoco se puede excusar diciendo que no había sido advertido, o que le faltaban recursos o la posición internacional para intervenir. Annan tenía a su disposición todos los instrumentos de poder y opinión que le faltaron a Wallenberg. Sin embargo, cuando miles o cientos de miles de personas estuvieron expuestas a amenazas mortales que el tenía la autoridad y el deber de evitar, aliviar o al menos anunciar, incumplió estas obligaciones abyectamente.

Ahora, a pesar de las recientes revelaciones acerca de los sobornos en el programa de petróleo por alimentos de la ONU en Irak, el mundo está pidiendo a vivas voces que se confíe a Annan el futuro de más de 20 millones de iraquíes que sobrevivieron la depravada dictadura de Saddam Hussein Esto está pasando debido al personaje que es Annan y a lo que se ha convertido la ONU: una institución en que, por lo visto, ningún defecto se queda sin recompensa.

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