Exit from comment view mode. Click to hide this space
Email | Print

Las dos caras de la globalización

¿Por qué chocan las percepciones popular y de las elites acerca de la globalización? La gente del mundo desarrollado piensa que la globalización se parece a una implacable fuerza maligna que les arrebata los trabajos bien pagados y se los lleva a lugares remotos; la gente de los países en desarrollo piensa que gatilla una conducta consumista obsesionada consigo misma, al ritmo de una privatización corrupta y la destrucción del medio ambiente. Las elites descalifican a sus oponentes como populistas sin ideas y, a su vez, se las acusa de estar alejadas de las preocupaciones de la gente común y corriente.

La globalización siempre se ha parecido al dios Jano bifronte, mostrando a algunos la cara de un progreso y riqueza ilimitados, mientras que otros ven a un gigante sin alma que juega con sus vidas. Consideremos la anterior ola de la globalización: el periodo entre mediados del siglo XIX y el estallido de la Primera Guerra Mundial. Los costos del transporte cayeron a pique con el surgimiento del barco a vapor y el ferrocarril. Las nuevas telecomunicaciones permitieron que la información llegara instantáneamente a todo el mundo. El capital fluyó a sitios remotos como Argentina, Rusia, Malasia y Sudáfrica. Un habitante de Londres, como Keynes lo hizo notar, podía enviar a su sirviente a obtener cualquier monto de una moneda extranjera e invertir sus libras en donde lo deseara.

Pero estos también eran los días del auge del imperialismo, el colonialismo, la conquista violenta y la esclavitud. Se cree que tan sólo bajo el malgobierno del Rey Leopoldo en el Congo murieron varios millones de personas, en lo que fue quizás el peor crimen imperial, pero de ninguna manera el único. El tráfico de esclavos continuó hasta la década de 1850 en la mayor parte del mundo y en algunos lugares hasta fines del siglo XIX.

La diplomacia imperial dejaba poco espacio para sutilezas. Un sultán o jefe tribal desobediente se daría cuenta de sus errores con unos cuantos cañoneros estacionados frente a sus costas. Las potencias occidentales a menudo reclamaron derechos extraterritoriales. Los barcos de Occidente hicieron uso intensivo de las vías fluviales internas de China. Inglaterra, Francia, Holanda y otras potencias imperiales controlaban el comercio y los recursos en todo el sudeste asiático. Utilizaron las amenazas constantes y la aplicación rutinaria de la fuerza y la violencia para imponer la esclavitud, bajas tarifas aduaneras e inmunidad para sus colonos.

Los economistas tienden a no abundar en detalles al respecto. De hecho, un artículo reciente acerca de la globalización en el siglo XIX, escrito por dos conocidos historiadores de la economía, Jeff Williamson y Peter Lindert, nunca usa las palabras imperialismo, colonialismo o esclavitud.

No es que todos los economistas sean unos insensibles a los que les desagradan los países en desarrollo. El problema es que, como rama del saber, la economía tradicional supone que las transacciones son voluntarias. Las herramientas y métodos de la disciplina no son adecuados para abordar sistemáticamente la coerción como modo de adquirir y aumentar la riqueza.

La diplomacia basada en cañoneros está oficialmente pasada de moda, tal como los administradores extranjeros, la extraterritorialidad, los dictados económicos coloniales y la esclavitud. Pero, ¿tienen los bombardeos y las sanciones de la ONU mucha más consideración hacia la vida humana que las conquistas del siglo XIX?

Para la mayoría de la gente común y corriente de los lugares considerados no aptos para gobernarse a sí mismos (Bosnia, Kosovo, Afganistán, Cambodia, pronto Irak), los administradores extranjeros no parecen muy diferentes al Virrey británico de la India. Disfrutan de autonomía, completa inmunidad y, a ojos de los gobernados, salarios obscenamente altos. Las intenciones de la ONU pueden ser más nobles, pero los administradores europeos del siglo XIX también creían que estaban mejorando las condiciones de la masa indígena, haciéndola "apta" para el autogobierno.

Las instituciones financieras multilaterales influyen en gran parte de la política macroeconómica de varios países. Los países pobres apenas han tenido alguna voz en estas instituciones, ya que el derecho a voto es proporcional a la riqueza de los países, algo no muy diferente a la práctica ya ida de condicionar los derechos civiles a la posesión de propiedades. La esclavitud también está de vuelta, en la forma del tráfico global de mujeres con contratos de cumplimiento forzoso y trabajadores no calificados de Europa del Este, África y Asia.

Por supuesto, la pobreza abyecta, las malas condiciones sanitarias, los lugares de trabajo peligrosos y el trabajo infantil existían desde mucho antes de la actual ola globalizadora. Puede que incluso hayan estado más generalizados. Pero como objeto de la ira popular, la globalización es una opción tan lógica ahora como lo fue en la era del imperialismo.

Para muchas personas, incluida la mayoría de los economistas, la globalización implica mayores oportunidades, un aumento del comercio, viajes más rápidos, una mayor conectividad e ingresos superiores. Es verdad que no todos se pueden beneficiar en el corto plazo, pero lo que los críticos consideran una injusticia es algo necesario y, por tanto, inevitable. Un recolector de café de Guatemala puede recibir solo una ínfima parte de lo que Starbucks cobra por un capuccino, pero sin Starbucks, tendría que buscar trabajo en algún otro lado.

Pero, tal como en la era del imperialismo, la ola actual de globalización está generando su propia resistencia. Después de todo, la globalización obliga a la gente a reconocer lo similares que son los seres humanos en los aspectos más fundamentales y, sin embargo, cuán vastas son sus diferencias en estatus, influencia y riqueza.

Los ricos tienden a dar por descontado su derecho a la riqueza y el poder, porque parece merecido y natural. Pero para los pobres, las disparidades globales de las condiciones de vida, puestas contra el telón de fondo de la similaridad humana, generan rabia y oposición. Los economistas y gurús pueden predicar por toda la eternidad acerca de las muchas maneras en que las compañías internacionales hacen más felices a sus recolectores de café en Guatemala. Pero, a fin de cuentas, es la opinión del recolector de café la que importa. No debe sorprender entonces que la globalización siga haciendo que la gente levante la voz por conceptos pasados de moda y no económicos como son la dignidad, la justicia, los precios justos y los salarios decentes.

Reprinting material from this Web site without written consent from Project Syndicate is a violation of international copyright law. To secure permission, please contact us.

Exit from comment view mode. Click to hide this space

Comments (0)

You need to login in order to leave a comment. If you do not yet have an account, please register.

Show comments of
close

The two commenting options explained

Watch a 1 minute video
to discover how you can comment on the entire article or a specific paragraph. The two images below also explain the two ways of commenting.

1) Entire article comment
Once logged in, simply click inside the comment box where it says "Enter text here." Enter and post your comment.

2) Paragraph comment
Please log in first. Then click to the left of the desired paragraph. Your cursor will automatically move to the comments box. Enter and post your comment.

Top Project Syndicate commentaries

Email this article

Your name is required.

Your email is required.


Your friend's name is required.

Your friend's email is required.


A message is required.