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La tragedia del Presidente Chen

El procurador de Taiwán ha acusado a la esposa del Presidente Chen Shui-bien por malversación de fondos públicos. Chen, como presidente en funciones, no puede ser acusado aunque el procurador diga que tiene evidencias para probar su culpabilidad. Pero el legado de Chen ya estaba hecho pedazos.

Chen puede continuar en su puesto hasta que termine su período en 2008 o podría renunciar ahora para dejar a su Vicepresidente y simpatizante del pro-independentista Partido Progresista Democrático (PPD) la reconstrucción para ganar las siguientes elecciones. Cualquiera que sea su decisión, el primer Presidente de Taiwán surgido del PPD pasará a la historia como un lamentable fracaso porque usó su administración para dividir a los ciudadanos de la isla como si sus oponentes políticos internos fueran los enemigos mortales de Taiwán.

La raíz de la muerte moral de Chen es algo que los griegos clásicos identificaron: hubris. La popularidad de Chen entre los seguidores de su partido, cuya devoción frecuentemente rayaba en el fundamentalismo, lo transformó de ser una persona con instintos democráticos profundos al caso típico de un hombre que considera el poder y sus prerrogativas como algo que le pertenece por derecho.

Chen alguna vez tuvo valor político. Estuvo en la cárcel hace años por sus actividades anti-Kuomintang (KMT) y se enfrentó, con todo en su contra, al Partido Comunista Chino que en vano trató de subyugarlo en las relaciones a través del Estrecho y en la política global.

El mundo ha abandonado en gran medida a Taiwán y a sus 23 millones de habitantes –la única democracia entre los mil 200 millones de chinos. Solamente 24 países, principalmente pequeños Estados insulares, mantienen relaciones diplomáticas mientras que todas las potencias mundiales más importantes, excepto una, y todas las instituciones internacionales importantes, incluyendo a la ONU, bailan al son que toca el continente sobre el tema.

Pero la conducta de Chen no ayudó. En efecto, incluso irritó a los Estados Unidos, el único protector militar de Taiwán, con sus frecuentes tácticas de confrontación como la de presionar por la independencia de Taiwán que va en contra de la política de “una sola China” que han adoptado los Estados Unidos desde hace tiempo.

Después de ganar la presidencia, Chen pudo haber pasado de los desplantes teatrales enfocándose en dos puntos fuertes de Taiwán: su economía y su intacta tradición cultural humanista china.

En cambio, Chen se resistió a una mayor integración a la economía global al oponerse a abrir a la participación extranjera todos los sectores económicos de Taiwán, lo que hubiera reforzado su competitividad y eficiencia. Durante años, los industriales taiwaneses enfocados en el futuro, incluyendo a muchos empresarios de la alta tecnología, instaron a Chen a que desburocratizara y despolitizara la economía cada vez más aislada de Taiwán. Al no poder persuadirlo, se fueron a China continental.

Imprudentemente, Chen se esforzó para no dejar pasar el capital chino continental y para mantener las barreras a otros inversionistas extranjeros buscando con ello proteger los negocios internos de sus aliados políticos.

En efecto, los indicadores de la libertad económica y de la competitividad que compilaron la Fundación Heritage, el Instituto Cato, el Foro Económico Mundial y otros muestran que la clasificación relativa de Taiwán se ha estancado o incluso ha caído durante la administración de Chen. Esto contrasta notablemente con el continente comunista, que se ha reinventado para convertirse en una de las economías más abiertas, competitivas y dinámicas del mundo.

Como resultado, las grandes corporaciones internacionales y los bancos de Wall Street acuden en masa a China pasando por alto a Taiwán. Lo hacen no porque Taiwán sea pequeño –véanse Hong Kong y Suiza—sino porque mantiene demasiadas restricciones en contra de las instituciones extranjeras.

La oportunidad perdida de Taiwán refleja la absoluta incompetencia, arrogancia e ignorancia de su gobierno. Chen desperdició seis años valiosos a medida que su administración se enfrascaba principalmente en debates con los partidos de oposición mientras él complacía al ala extrema del PPD y movilizaba a su gobierno para “eliminar los elementos chinos” de la cultura taiwanesa.

En efecto, Chen incluso afirmó que los taiwaneses nunca fueron chinos. Ordenó que el ministerio de educación revisara los textos escolares para promover la idea de que el pueblo taiwanés era fundamentalmente distinto, prácticamente una raza diferente a los chinos. Es evidente que el odio de Chen hacia la dictadura, ya sea la comunista o la del KMT, lo consumía y limitaba su capacidad para pensar con claridad.

De hecho, la superioridad moral de Taiwán con respecto a la China continental reside no sólo en sus instituciones democráticas, sino también en su inquebrantable apego a la antigua cultura que los comunistas chinos casi lograron aniquilar después de llegar al poder en 1949. Irónicamente, son ahora los gobernantes de China quienes se apresuran a resucitar a Confucio como el ancla moral en una cultura dominada por la búsqueda del dinero.

Chen debería haber celebrado con orgullo y mucho ruido el “carácter chino” de Taiwán, para diferenciar con ello a la isla del legado de barbarie del Partido Comunista Chino. En cambio, el fútil esfuerzo de Chen por “eliminar el carácter chino” de Taiwán creó una sociedad que pierde tiempo en divisiones y conflictos que ponen a los “continentales” contra los “locales”.

El historial de Chen sugiere que se aferrará a su presidencia fallida. Usará sus conocimientos jurídicos para luchar utilizando argumentos técnicos. Pero ante el resto del mundo, Chen ha quedado como un mentiroso mezquino por una cantidad de dinero insignificante. Él y su esposa mintieron acerca de su participación. Sus colaboradores cercanos han confesado que falsificaron documentos y rindieron declaraciones falsas para proteger a su jefe político. Qué final tan patético para un hombre que debió haberse convertido en uno de los líderes más importantes de la historia moderna de China.

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