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El talón de Aquiles del crecimiento de China

El explosivo crecimiento económico de China depende del resto del mundo, cambiando radicalmente la cadena de producción global y desafiando el sistema de comercio mundial. Si China mantiene el impulso de su crecimiento durante las próximas dos décadas, el sistema mundial enfrentará enormes retos. De hecho, la pregunta no es tanto si el sistema global soportará los desequilibrios generados por China, sino cuán graves éstos terminarán siendo.

Gran parte de las preocupaciones de los últimos años se han centrado en los inmensos déficits fiscal y de cuenta corriente de EE.UU., y sus esfuerzos por hacer que China deje flotar el yuan más libremente con respecto al dólar. En contraste, China considera que su crecimiento está ligado a una moneda estable, y puede no querer introducir un régimen cambiario más flexible, incluso después de la revalorización de 2,1% en julio, mientras no se vayan solucionando problemas estructurales para los cuales es extremadamente difícil establecer un cronograma.

De hecho, aunque la economía china ha experimentado un auge en la última década, se ha reducido el ritmo del ajuste estructural de sus sectores internos, principalmente debido a limitaciones políticas. El sistema bancario sigue siendo frágil y enfermizo; los mercados de capitales están en agonía.

El crecimiento del sector privado se encuentra limitado por su incapacidad de invertir en sectores económicos que el gobierno todavía monopoliza. Las crecientes disparidades regionales, así como la ampliación de la brecha entre el campo y la ciudad, ponen obstáculos al crecimiento del consumo interno, aumentando la dependencia de la economía en las importaciones y la inversión extranjera.

Según la visión de los optimistas, por años China ha sido el taller de montaje de bajo costo del mundo para zapatos, ropas y hornos microondas. Ahora está sentando las bases para convertirse en una potencia mundial en industrias más sofisticadas y que hacen mayor uso de la tecnología. Miles de millones de dólares están fluyendo a las plantas automotrices, siderúrgicas, químicas y de productos electrónicos de alta tecnología, preparando el escenario para que China se convierta en un importante exportador de productos de alto nivel.

Mientras este argumento sugiere que el sistema de comercio global debe hacer más espacio para una China (e India) en ascenso, descuida la necesidad de abordar los enormes problemas estructurales de los sectores internos chinos para que el crecimiento impulsado por las exportaciones sea sustentable. Para estos sectores, el rápido crecimiento de la última década, impulsado por la inversión, ha producido una inmensa capacidad ociosa que se refleja en el estancamiento de los precios y el rápido aumento de los préstamos impagos en el sector bancario, mientras las guerras de precios hacen casi desaparecer la rentabilidad y estimulan la especulación en bienes inmuebles.

Postergar las reformas estructurales termina limitando el desempeño de una economía, como lo vimos en el Japón de los años 80 y 90. China tiene problemas similares, en que el nexo entre inversión y crecimiento amenaza la estabilidad macroeconómica... no hay más que recordar el sobrecalentamiento ocurrido en 2003 y 2004.

De hecho, China enfrenta tremendos retos para mantener su estabilidad macroeconómica al mismo tiempo que sostiene un crecimiento impulsado por las exportaciones, con gigantescas repercusiones para el resto del mundo. Considerando el tamaño de China y su creciente participación en el mercado global, una inestabilidad macroeconómica allí generará volatilidad en los precios globales de mercancías básicas y materias primas.

Sin embargo, la realidad política es que el gobierno de China favorece un crecimiento rápido en el corto plazo, por sobre las reformas estructurales necesarias para sustentar un buen desempeño económico de largo plazo. Después de todo, la consolidación fiscal y el abrupto cierre y reestructuración de los bancos y empresas estatales ineficientes constituiría un potente freno al crecimiento de corto plazo, lo que amenazaría la paz social y la estabilidad política.

Esto puede explicar los crecientes esfuerzos de las empresas chinas en los últimos años por globalizarse por si mismas. Cada vez más, se ve a la globalización como una alternativa a la complejidad estructural interna.

Esta estrategia se cobrará un alto precio, tal como lo hizo en Japón hace veinte años. La principal lección del enfoque japonés es que lanzar una enérgica acometida compradora en el exterior meramente altera los equilibrios de intereses internacionales ya existentes, generando mayores tensiones con el resto del mundo, al tiempo que oculta la gravedad de los problemas estructurales que hay en el país.

China tiene mucho que ganar si evita una estrategia de este tipo. Enfrentar de lleno las reformas estructurales calmaría algunos de los temores que el ascenso de China ha inspirado en el resto del mundo y generaría el aprecio de la comunidad de negocios internacional. En lugar de asustar a las corporaciones y sus estados de origen, China conservaría un fuerte apoyo político en el exterior, y el financiamiento que necesita para proseguir con su desarrollo.

En términos económicos, China no tiene opción: debe eliminar los obstáculos estructurales que se interponen en el camino de un rápido crecimiento en los próximos diez o veinte años. Sobre todo, un desarrollo económico realmente seguro y sostenible exige la creación de una gran base de consumidores a nivel interno.

Por supuesto, puede tomar más tiempo ajustar los desequilibrios globales relacionados con el ascenso económico de China que lo que demoraría en un escenario distinto, simplemente porque Estados Unidos considera que la actual situación es funcional a sus intereses. Sin embargo, el interés de largo plazo de China, y el del mundo, exige enfrentar con seriedad la reforma estructural interna.

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