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El camino hacia el desarme nuclear

NUEVA YORK – Las armas de destrucción masiva y el desarme constituyen uno de los mayores desafíos que enfrenta el mundo. Una de mis prioridades como secretario general de las Naciones Unidas es promover los bienes públicos globales y los remedios para los desafíos que no respetan fronteras. Un mundo libre de armas nucleares es un bien público global de primer orden. 

Mi interés en este tema surge en parte de mi experiencia personal. Mi tierra natal, Corea del Sur, ha sufrido los flagelos de la guerra convencional y enfrentó amenazas de armas nucleares y otras armas de destrucción masiva. Pero, por supuesto, estas amenazas no son exclusivas de Asia.

A pesar de un tabú de larga data contra el uso de armas nucleares, el desarme sigue siendo sólo una aspiración. ¿Es suficiente, entonces, un tabú simplemente sobre el uso de este tipo de armas?

Los estados toman decisiones clave cuando hay de por medio armas nucleares. Pero las Naciones Unidas desempeñan un papel importante. Proporcionamos un foro central en el que los estados pueden acordar normas para servir a los intereses comunes. Analizamos, educamos y propugnamos la búsqueda de objetivos concertados.

La mayoría de los estados eligieron renunciar a las armas nucleares y cumplieron con sus compromisos según el Tratado de No Proliferación Nuclear. Sin embargo, algunos estados consideran que estas armas son un símbolo de status, mientras que otros consideran que ofrecen el mayor elemento de disuasión contra un ataque nuclear, lo cual explica, en gran medida, que hoy aún existan aproximadamente 26.000 armas.

Desafortunadamente, la doctrina de la disuasión nuclear es contagiosa, lo que torna más difícil la no proliferación y plantea nuevos riesgos de que se utilicen armas nucleares.

El mundo sigue preocupado por las actividades nucleares de Corea del Norte e Irán, y existe un respaldo generalizado a los esfuerzos por resolver estas cuestiones de manera pacífica.

También existe la preocupación de que esté surgiendo un “renacimiento nuclear”, donde la energía nuclear es vista como una alternativa energética limpia en un momento de esfuerzos intensificados para combatir el cambio climático. El principal temor es que esto derive en la producción y utilización de más materiales nucleares que deban protegerse contra la proliferación y las amenazas terroristas.

Los obstáculos para el desarme son imponentes. Pero los costos y riesgos de sus alternativas nunca reciben la atención que merecen. Consideremos el enorme costo de oportunidad de los gigantescos presupuestos militares. Según el Instituto Internacional de Estocolmo de Investigaciones para la Paz, los gastos militares globales el año pasado excedieron los 1,2 billones de dólares. Hace diez años, la Brookings Institution publicó un estudio que estimaba que los costos totales de las armas nucleares sólo en Estados Unidos excedían los 5,8 billones de dólares, cifra que incluía los futuros costos de limpieza total. No importa de dónde se la mire, constituye una inversión enorme que podría haber tenido muchos otros usos productivos.

Las preocupaciones por los costos y los peligros inherentes de las armas nucleares derivaron en un flujo global de ideas para insuflar nueva vida al desarme nuclear. Fuimos testigos de la Comisión sobre Armas de Destrucción Masiva liderada por Hans Blix, la Coalición de la Nueva Agenda y la Iniciativa de las Siete Naciones de Noruega. Australia y Japón lanzaron la Comisión Internacional sobre No Proliferación y Desarme Nuclear. Agrupaciones civiles y estados con armas nucleares también formularon propuestas, como el Plan Hoover, encabezado por Henry Kissinger.

Me gustaría ofrecer mi propia propuesta de cinco puntos.

Primero, insto a todas los integrantes del Tratado de No Proliferación, en particular a los estados con armas nucleares, a cumplir con su obligación según el tratado de emprender negociaciones sobre medidas efectivas que conduzcan al desarme nuclear. Podrían acordar un marco de instrumentos separados y de consolidación mutua, o considerar la negociación de una convención de armas nucleares, respaldada por un sistema de verificación sólido, como se propuso hace mucho tiempo en las Naciones Unidas. Yo hice circular entre todos los miembros de las Naciones Unidas un borrador para este tipo de convención, que ofrece un buen punto de partida.

Las potencias nucleares deberían comprometerse activamente con otros estados sobre esta cuestión en la Conferencia sobre Desarme en Ginebra, el único foro mundial de negociaciones bilaterales sobre desarme. El mundo también recibiría bien una reanudación de las negociaciones bilaterales entre Estados Unidos y Rusia, destinadas a implementar reducciones profundas y verificables de sus arsenales.

Los gobiernos también deberían invertir más en investigación y desarrollo en el campo de la verificación. La propuesta del Reino Unido de ser sede de una conferencia de estados con armas nucleares sobre verificación es un paso concreto en la dirección correcta.

Segundo, los miembros permanentes del Consejo de Seguridad deberían iniciar discusiones sobre cuestiones de seguridad en el proceso de desarme nuclear. Sin ambages, podrían asegurarles a los estados sin armas nucleares que no serán objeto del uso o la amenaza de uso de armas nucleares. El Consejo también podría convocar a una cumbre sobre desarme nuclear. Los estados no firmantes del Tratado de No Proliferación deberían congelar sus propias capacidades en armas nucleares y formular sus propios compromisos de desarme.

Tercero, la moratoria unilateral sobre pruebas nucleares y la producción de materiales fisibles tiene un alcance limitado. Necesitamos nuevos esfuerzos destinados a implementar el Tratado para la Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares, y para que la Conferencia sobre Desarme inicie negociaciones de inmediato sobre un tratado de materiales fisibles, sin precondiciones.

Respaldo la creación de zonas libres de armas nucleares en Asia central y África, y apoyo rotundamente los esfuerzos por establecer una zona de este tipo en Oriente Medio. Al mismo tiempo, insto a todos los integrantes del Tratado de No Proliferación a concluir sus acuerdos de salvaguarda con la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), y adoptar voluntariamente las salvaguardas afianzadas bajo el Protocolo Adicional.

Cuarto, los estados con armas nucleares suelen hacer circular descripciones de lo que están haciendo para cumplir estos objetivos. Pero estas descripciones rara vez llegan al público. Invito a los estados con armas nucleares a enviar este tipo de materiales a la Secretaría de las Naciones Unidas, y alentar su más amplia difusión. La falta de una estimación pertinente sobre la cantidad total de armas nucleares juega en contra de la necesidad de una mayor transparencia.

Finalmente, se necesita una cantidad de medidas complementarias. Ellas incluyen la eliminación de otros tipos de armas de destrucción masiva; nuevos esfuerzos contra el terrorismo con armas de destrucción masiva; límites a la producción y comercialización de armas convencionales, y nuevas prohibiciones de armas, entre ellas misiles y armas espaciales.

Si existe un progreso real y comprobado en materia de desarme, la capacidad de eliminar la amenaza nuclear crecerá de modo exponencial. A medida que eliminemos progresivamente las armas más letales del mundo y sus componentes, lograremos que resulte más difícil ejecutar atentados terroristas con armas de destrucción masiva.

Estas propuestas ofrecen un nuevo inicio no sólo en lo referido al desarme, sino también al fortalecimiento de nuestro sistema de paz y seguridad internacional.

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