Wednesday, July 23, 2014
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La putinización de México

CIUDAD DE MÉXICO.– Antes de la reciente elección presidencial mexicana, el desinterés público por la situación del país era palpable. Los mexicanos de todos los sectores de la sociedad parecían preocupados por la profundización de la violencia, el anémico crecimiento económico, y el mediocre gobierno del Partido Acción Nacional (PAN). Con 60 000 personas muertas por la guerra contra el narcotráfico, los mexicanos –como los rusos pasados los primeros años de caótica transición democrática con Boris Yeltsin– optaron por una regresión política, sustentada en la nostalgia por el liderazgo de una mano firme, aunque corrupta.

Con la democracia ahora asociada a la anarquía, el caos y la inseguridad, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), que dirigió México durante siete décadas hasta el año 2000, resultó beneficiado. El PRI prometió restablecer el orden y la previsibilidad, y reducir la violencia infligida por los cárteles de la droga, incluso si eso significa buscar un modus vivendi con ellos.

Los mexicanos obraron en consecuencia, castigando al PAN por su supervisión de una economía que ha crecido en promedio solo el 1,5% anual durante los últimos 12 años, así como por un nivel de inseguridad que México no vivía desde su revolución, hace 100 años. Pero tal vez lo más importante es que el PRI cosechó los beneficios de la mejor inversión que ha efectuado en los últimos años: la campaña de publicidad permanente que convirtió a su candidato, ahora presidente electo, Enrique Peña Nieto, en la figura política más popular de México.

Peña Nieto es producto de las dos redes de televisión que lo prepararon para el poder y luego lo impulsaron a la presidencia. La estrategia política del PRI fue esencialmente el modelo del «niño mimado»: bellas facciones, dinero a montones, y el apoyo de las redes de televisión y la élite prehistórica de México, que anhelaba el retorno al poder. En otras palabras, el ascenso de Peña Nieto representa una alianza de oligarcas, intereses creados monopólicos, las fuerzas del orden, y una población desilusionada con la democracia electoral.

Para muchos mexicanos, la vuelta al poder de un partido que gobernó de manera autoritaria y regresa sin necesidad de modernizarse no es causa de insomnio, ni siquiera de preocupación. Ven el regreso del PRI como un síntoma de normalidad democrática, de «echar a los vagos». Los oráculos de optimismo predicen que el PRI se verá obligado a implementar las reformas estructurales que ha bloqueado una y otra vez durante años.

Sería realmente afortunado para México si una nueva era de presidencias del PRI indicase una sana rotación en el poder, en vez de un lamentable paso atrás. Pero cualquier análisis razonable del PRI actual no permite esa predicción y revela que está basada en poco más que ilusiones.

Como ha sostenido Tom Friedman, hoy coexisten tres grupos en México: «Los narcos, los No, y los NAFTA». Estos son, respectivamente, los barones de la droga, los beneficiarios del status quo, y los mexicanos de clase media que desean prosperidad.

El PRI es, por definición, el partido del «No». Se opone a las reformas estructurales necesarias para defender las prácticas de captación de rentas de sus clientes; rechaza las candidaturas de ciudadanos en favor de inexplicables élites partidarias; retrocede para alejarse de la modernización sindical debido a las prácticas corporativistas que implementó; y se rehúsa a desmantelar los monopolios que estableció. El PRI y Peña Nieto son «centros de veto», porque constituyen la principal oposición a cualquier cambio que implique abrir, privatizar, enfrentar, o remodelar el sistema que concibieron y ahora, una vez más, controlan.

El PRI demostró en esta elección que tenía más dinero, unidad, disciplina y ansia de éxito que sus adversarios. Desafortunadamente, continúa siendo una organización clientelista, corporativista y corrupta que no cree en la participación ciudadana, la división de poderes, la competencia, la responsabilidad, ni el escrutinio de los sindicatos del sector público.

Sin embargo, el país que el PRI está a punto de gobernar nuevamente ha cambiado, en forma lenta, pero segura. Su juventud es menos conformista y más exigente, menos pasiva y más pluralista. Ahora es tarea de todos los mexicanos que marcharon, se movilizaron, y recientemente llamaron la atención a Peña Nieto en las calles, garantizar que la putinización continúe como un fenómeno exclusivamente ruso.

Traducido al español por Leopoldo Gurman

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  1. CommentedC. S.

    We need to point out that the same elections that won the presidency to Peña, did not win his party majority in the Senate, nor the Chamber of Deputies. Allegations of bought votes make no sense under this reality. This is not to say that there weren't any, but this is practiced by ALL political parties in Mexico in one form or another.

      CommentedAdrian Garcia

      In fact, PRI obtained about 38.21% of presidential votes, 41.4% for the Chamber of Deputies, and 40.62% in the Senate, so your argument is nill.

  2. CommentedA. T.

    Putin was Yeltsin's hand-picked successor. What happened in Mexico may better be likened to the Communist Party coming back to power in Russia (under Zyuganov, say). Actually, despite the apparent drawbacks of communist ideals, that might have been more healthy for Russia – the party of power being kicked out after 12 years is HEALTHY for the democratic process, as opposed to hand-picked successors. Anything else would allow even the (originally) best intentioned political groups to ossify and entrench.

    Coming back after 12 years and 2 election cycles out of power, and in a reasonably competitive race between three major political groups is no mean feat. Thus, this article seems to be more a reflection of the author's personal distaste for the politics of the winner (well-deserved though it may be), than a reasonable indictment of the democratic process. Democracy is not perfect – Hitler was once popularly elected as well ��� but it is the least bad system we have, and until we actually see Peña Nieto trying to roll back the democratic competitiveness recently achieved, claims of Putinisation are premature.

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