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El Pasado es el Presente

En el debate acerca de qué pudo estar mal en Argentina, el análisis se ha enfocado demasiado en la política monetaria del país o en los errores que el FMI pudo haber hecho; se ha puesto demasiado poca atención a los factores sociales y políticos que contribuyeron al fallecimiento del país.

Argentina es un caso único entre las economías emergentes del mundo porque su problema no es el subdesarrollo, sino un desarrollo detenido. Hace setenta años, era uno de los países más ricos del mundo. Con el tiempo, sin embargo, la inestabilidad política y las malas políticas económicas la han dejado atrás de sus pasadas dignidades.

A pesar de eso, hasta hace poco los niveles de alfabetización eran altos para los estándares latinoamericanos y había una amplia clase media. El estado de bienestar social nunca se igualó a su contraparte europea, pero la vida en la pampa era razonablemente buena.

La democracia fue restaurada en 1983, pero las décadas de mala administración económica empezaron a alcanzar al país con una venganza. Los problemas se acumularon por la incapacidad del primer gobierno postdictatorial, encabezado por Raúl Alfonsín, para adaptarse a la naciente nueva economía global.

Poco después de asumir el cargo, el siguiente presidente, Carlos Menem, revirtió medio siglo de política económica y externa. El país se abrió al comerio exterior y se privatizaron las compañías de inversión y las paraestatales. Para azotar a la hiperinflación, el peso fue fijado uno a uno al dólar, y la que alguna vez fuera una relación de rechazo con Estados Unidos se volvió, en palabras del ministro del exterior de aquél entonces, "carnal".

Mientras el dinero fluyó y la economía estuvo en auge con una moneda estable, todo mundo disfrutó del paseo. Pero el disgusto con el "modelo" económico de Menem y con sus maneras autocráticas y manchadas de corrupción era profundo.

Cuando un nuevo gobierno de centro-izquierda tomó el puesto enmedio de una recesión en 1999, se tuvo la esperanza de que corregiría los excesos de los años de Menem. Se realizó poco esfuerzo, sin embargo, para dedicarse a la necesaria construcción de instituciones o para deshacerse de la corrupción. Conforme la recesión se profundizó y el desempleo creció la culpa se asignó cada vez más al "modelo", aunque cuestionar la sabiduría de su característica central, la fijación al dólar, era tabú. Tampoco podía nadie articular una alternativa que no sonara parecida a las políticas estadistas y proteccionistas del pasado.

La reacción del público fue, entonces, contradictoria. A pesar del creciente desencanto con el modelo, la gente estaba todavía más asustada de lo que podría reemplazarlo. El cada vez menos popular presidente De la Rúa mantuvo su programa de austeridad, mientras los argentinos dejaron de gastar y de invertir. Entones perdieron la confianza en el sistema bancario y se apresuraron a sacar su dinero. El resultado final fue la renuncia forzada de De la Rúa y el actual caos económico.

En los últimos años, el modelo de mercado libre ha perdido su encanto para muchos países en desarrollo. Pero es difícil explicar por qué Argentina, una nación que hace una generación tenía más en común con Australia que con Perú, ha sido incapaz de lograr la transición a la modernidad.

Un factor es el todavía prevaleciente mito de que Argentina es un país rico, o sería, si no fuera por la cábala de políticos corruptos, de empresarios locales avariciosos y de financieros internacionales que han robado el lugar hasta dejarlo en cero. Hay sin duda cierta verdad en eso, pero de lo que muchos argentinos no logran percatarse es que la riqueza de un país ya no se mide de acuerdo a su dotación de recursos naturales, sino en proporción a la fortaleza de sus instituciones, la calidad de sus recursos humanos y la productividad.

Inconscientes de esto, todas las principales fuerzas políticas de Argentina siguen siendo populistas, con más intención de descubrir cómo distribuir la riqueza ficticia del país que de crearla. Haciendo eco de la retórica corporatista, nacionalista, de Juan Perón, el fundador de su partido, el nuevo presidente, Eduardo Duhalde, prometió implementar un nuevo "modelo económico" basado en una alianza entre el gobierno y los manufacturadores y los productores agrícolas locales.

Ese tipo de discurso nacionalista tiene una sonora resonancia y genera un escalofrío colectivo en la columna dorsal argentina. Pero los argentinos son tan esquizofrénicos en su actitud ante el nacionalismo como lo son en su actitud con la modernidad en general. No por nada Argentina tiene, per cápita, el mayor número de psicoanalistas en el mundo. El nacionalismo está muy esparcido, pero sus raíces son poco profundas. Los sentimientos antiestadounidenses son comunes, pero la única moneda en la que la gente confía es el dólar. El desprecio del argentino por su propio país no lo rebasa ninguno en todo el mundo. Sin duda, la reacción de miles de argentinos ante la crisis fue ir a formarse a las embajadas de países norteamericanos y europeos con la esperanza de obtener una visa que les permitiría irse.

Otro factor de la incapacidad de Argentina para reformar puede rastrearse en el pasado hasta la Guerra Sucia de la última dictadura militar. La mayoría de los políticos, intelectuales y otros profesionistas con más de 40 años de edad fueron víctimas de ese desigual conflicto. Conforme el modelo económico empezó a tomar forma hace una década, ellos vieron cómo muchas de las personas que habían sido partidarios de la milicia en los años de 1970 se convertían en los mayores beneficiarios de la nueva economía.

Si Argentina se las hubiera arreglado para salir de los ideológicamente cargados años 60 y 70 relativamente ilesa, los más bien educados oponentes del "modelo" probablemente se habrían sauvizado con la edad. Como sus contrapartes en el norte, seguirían estando socialmente comprometidos, pero atentos a sus opciones accionarias, mientras aburrían a sus niños con historias del tipo de "yo estuve en Woodstock". Pero los homicidas eventos del pasado han dejado cicatrices que un breve e insostenible lapso de prosperidad fue incapaz de desvanecer. Como consecuencia, gran parte de las élites políticas nunca podrían ser convencidas de apoyar el impersonal mercado, que no distingue entre ellos y sus antiguos enemigos.

La pregunta ahora -que pocos están dispuestos a formular abiertamente- es: ¿Reabrirá la decendente espiral económica las heridas del pasado y renovará conflictos que el sólo imaginarlos resulta insoportable?

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