La atención del mundo se ha centrado en la guerra de Irak. Pero otra guerra, esta sí respaldada por la ONU, ha estado ocurriendo al mismo tiempo: la guerra contra las drogas. Desde mi punto de vista, toda persona con sensibilidad debe desear que esta guerra, en su mayor parte ignorada, llegue a su fin también. Mientras la ONU debería jugar un papel en conducir a Irak hacia una sociedad libre y democrática, también debe cambiar radicalmente su propio rumbo en la guerra contra las drogas y conducir al mundo hacia una política más sana.
En 1998, para celebrar el 10º aniversario de la adopción de la tercera Convención sobre Narcóticos y Sustancias Sicotrópicas, las Organización de las Naciones Unidas celebró una sesión especial de la Asamblea General para analizar el tema de las drogas ilícitas. Al término de dicho evento, los estados miembros de la ONU adoptaron una declaración política que dio al Programa de Control de Drogas de las Naciones Unidas (UNDCP) el mandato de "desarrollar estrategias con vista a eliminar o reducir significativamente el cultivo ilícito del matorral de coca, la planta de la cannabis y la flor del opio para el año 2008".
Los días 16 y 17 de abril la comunidad internacional se volverá a reunir en Viena para evaluar los resultados de las políticas seguidas por la ONU. Pero a cinco años de iniciado el programa, una cosa es clara: los resultados son magros. Según un informe de la UNDCP, publicado en 2002 y titulado Tendencias de las Drogas Ilícitas , la apertura de nuevos mercados para los narcóticos se produce a un ritmo más rápido que el cierre de los antiguos. Los traficantes de drogas, como los buenos hombres de negocios de cualquier lugar de mundo, han salido a encontrar nuevos mercados, y los han encontrado. Los países del este (el mundo poscomunista europeo y los países más ricos de Asia) están consumiendo cada vez más drogas, debido que los viejos mercados de Europa Occidental y América del Norte están saturados.
En todo el mundo, el tráfico de narcóticos está en aumento, no sólo porque están surgiendo nuevos mercados, sino también porque hay nuevos países produciéndolos. Más aún, se están inventando nuevas sustancias sintéticas y químicas, que son más potentes y a menudo menos costosas que las "clásicas".
Es el momento de reconocer que la "guerra contra las drogas" se ha perdido (de hecho, ha sido un fracaso monumental) y que las hostilidades deben terminar.
Cada aspecto de la estrategia bélica ha fallado. Las drásticas leyes locales de muchos países no sólo han fracasado en el control de la diseminación de las drogas por todo el mundo, sino que han producido una nueva fuente de intrusión del estado en las vidas de millones de personas. La prohibición creó un pretexto para que los regímenes autoritarios se resistieran a la abolición de la pena de muerte y, no obstante, incluso los estados que ejecutan a personas por crímenes relacionados con las drogas no han sido capaces de manejar esta marea. Para evadir el duro régimen legal hoy vigente, las mafias de las drogas han creado alianzas incluso más estrechas con las redes terroristas.
¿Puede el mundo permitirse el seguir subsidiando este fracaso? ¿Puede nuestro dinero seguir siendo dilapidado en la fumigación de los valles colombianos o el arresto de personas por delitos no violentos relacionados con drogas? ¿Podemos, incluidos quienes somos autoridades electas, fingir que las prohibiciones de las drogas ilícitas serán eficaces algún día? La respuesta a todas estas preguntas, por supuesto, es: "No, no podemos".
En lugar de eso, debemos reconocer que la prohibición, más que limitar el uso, estimula la criminalidad, ya que hace del comercio de drogas ilícitas un negocio lucrativo. Mientras los políticos de todos los signos son reacios a ser vistos como "blandos" en lo relativo a las drogas, es necesario hacer algo para llamar la atención sobre este tremendo fracaso. Una acción iniciada por algunos miembros de mi Partido Radical Trasnacional en Francia, Bélgica, el Reino Unido e Italia ha sido el "denunciarse a sí mismos" a sus autoridades nacionales y luego desobedecer las leyes prohibicionistas, distribuyendo drogas a los transeúntes durante manifestaciones políticas. Al invitar abiertamente a que la policía los encarcele, estos activistas, que por lo demás son respetados miembros de sus comunidades, esperan demostrar lo absurdo de las duras leyes antidrogas.
Estas gandhianas acciones de desobediencia civil no violenta han tenido sus efectos. Recientemente, 109 miembros del Parlamento Europeo han presentado una recomendación que pide la reforma de las Convenciones de la ONU sobre las drogas. Se encuentra funcionando una "Liga Antiprohibicionista Internacional", que busca el rechazo o la modificación de los tratados de la ONU, con el fin de permitir experimentar la legalización en naciones específicas.
En la próxima reunión de la Comisión sobre Narcóticos, que se realizará en abril, los estados miembros de la ONU tendrán una oportunidad para reevaluar la eficacia del Plan de Acción de 1998. No obstante, es lamentable que lo obvio del fracaso en lograr siquiera parte de sus objetivos declarados no haya hecho que los gobiernos nacionales cambien sus posturas: ningún país ha manifestado su oposición a las estrategias actuales.
Hacer vista ciega al fracaso sólo aumenta sus costos. En tanto los mandatos antidrogas de la ONU sigan en vigencia, seguirá siendo imposible la legalización de tratamientos, curas y drogas que hoy son ilícitas (y recordemos que únicamente el fin de la prohibición pudo terminar con el reinado de gángsteres como Al Capone en los años 20).
La reunión de Viena es una oportunidad única para cambiar de rumbo. En vez de insistir en repetir nuestros fracasos, el mundo necesita adoptar nuevos enfoques que traten la enfermedad del uso de drogas, en lugar de criminalizarla. De lo contrario, todos seguiremos siendo adictos a una guerra que ha fracasado.


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