BRUSELAS – Mientras los encargados de la formulación de políticas se rascan la cabeza y se preguntan cuál es la forma mejor de absorber culturas y religiones diferentes en las muy diferenciadas sociedades nacionales de Europa, no estaría mal que examinaran algunas ideas nuevas que se están aplicando en Suiza. ¿Suiza, el país que recientemente votó a favor de la prohibición de minaretes en las mezquitas? En efecto.
Ya es hora de que Europa ajuste su forma de concebir la nacionalidad, las raíces culturales, y su actitud con los inmigrantes. En un mundo de movilidad cada vez mayor, una Europa envejecida necesitará vitalmente a los inmigrantes a los que tanto teme... y debe darles pronto voz y voto en la política local (al cabo de un año, pongamos por caso) después de que lleguen.
Al fin y al cabo, para los contribuyentes es más importante participar en la política local que permanecer sentados al margen a esperar que les concedan los derechos de ciudadanos nativos. La participación democrática es la forma mejor de integrar a las personas en la sociedad y hacerles sentir que su opinión cuenta, independientemente de si tienen la ciudadanía oficial y, por tanto, el derecho al voto.
Aquí debo declarar un interés personal: durante un tiempo después de nacer en Ginebra, fui apátrida. Mi padre era americano, pero aún no llevaba el tiempo suficiente naturalizado para poder transmitirme la ciudadanía de los Estados Unidos. Nací en tierra suiza, pero eso no me daba derecho a disponer de un pasaporte suizo. Al final, los irlandeses me aceptaron, porque ésa era la nacionalidad de mi madre. Tengo una copia enmarcada del Acta del Parlamento (del Dail Eireann) que fue necesaria.
He vivido en Europa toda mi vida, la mayor parte de ella en Bélgica, pero nunca en Irlanda y nunca he votado, pese a que el Tratado de Maastricht me da derecho a votar en las elecciones europeas y en las elecciones locales de Bélgica. Supongo que pertenezco a una generación de expatriados que no ha sido educada para considerar que el de votar es un derecho esencial, si no un deber, y lo lamento, pero en Bélgica el voto es obligatorio, por lo que, una vez que has empezado, no puedes saltar del barco sin una multa o una buena excusa.
Es evidente que la participación de los votantes extranjeros ha de funcionar mejor en el nivel local, en el que las cuestiones planteadas son más concretas. En eso es en lo que Suiza demuestra que la de conceder voz y voto a los extranjeros es una política correcta y que, además, significa enseñar a los ciudadanos a entender los beneficios de la democracia abierta. El cantón de Neuchatel (uno de los 26 miniestados que componen la Confederación Helvética) se encuentra junto a la frontera con Francia. Su lengua oficial es el francés, tiene su propia Constitución y ha creado un Servicio de Cohesión Multicultural muy eficiente.
El Consejo de Europa, que durante sesenta años ha fomentado la integración europea mediante los derechos humanos y la cultura, incluye a Neuchatel entre las diez ciudades “interculturalesampquot; que está estudiando por sus políticas y gestión de los asuntos públicos de las sociedades multiculturales con “procedimientos óptimos”. En el caso de Neuchatel, incluye el cantón y la pintoresca ciudad a las orillas de un lago. El desempleo es relativamente escaso, pese a que son tiempos difíciles para su industria más importante –la relojera– y los extranjeros representan la cuarta parte de sus 170.000 residentes.
Gran parte de la actitud progresista de Neuchatel para con los residentes extranjeros es atribuible a un hombre, Thomas Facchinetti, que inició un servicio de cohesión multicultural hace veinte años y ha ido desarrollándolo constantemente. Entre sus logros figura una Carta del Ciudadano, que se entrega a todos los nuevos residentes para explicar la democracia participativa suiza y exponer sus normas. Sus funcionarios tienen también un servicio antirracismo, ofrecen un acceso bien publicitado a clases de francés baratas y distribuye folletos sobre asuntos como, por ejemplo, los matrimonios forzosos y los velos femeninos.
El hecho de que Facchinetti sea la encarnación misma de las opiniones con amplitud de miras del cantón puede considerarse una debilidad, pero también es un punto fuerte. La tolerancia tiene una cara: la pulcra y sonriente figura de ese hijo de inmigrantes italianos, que está fácilmente accesible para los ciudadanos del cantón. En parte gracias a sus gestiones, Neuchatel fue uno de los cuatro cantones de Suiza que votaron contra la prohibición de nuevos minaretes.
Para que las personas se sientan comprometidas con el lugar en el que viven, se les debe permitir influir en la adopción de decisiones y esa influencia no debe depender de la nacionalidad. En Neuchatel, muchos ciudadanos naturalizados, incluidos consejeros locales elegidos democráticamente, conservan sus pasaportes extranjeros por varias razones: entre los titulares de pasaportes de la Unión Europea, permite a sus hijos estudiar en la UE o trabajar en ella ellos mismos. A los que no son ciudadanos de la UE les permite establecerse de nuevo en el país de sus padres o de sus abuelos, si lo desean.
No hay dos ciudades, regiones o ciudades iguales. La geografía, los presupuestos, los sistemas políticos y el número y la naturaleza de sus inmigrantes difieren, pero en lo que Neuchatel podría servir de modelo es en su actitud práctica para ayudar a los extranjeros a adaptarse facilitándoles el aprendizaje de la lengua local, poniendo las urnas a disposición de todos y alentando a los extranjeros a que representen a las comunidades de su país.


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