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La revolución de terciopelo anaranjado

La “revolución anaranjada” de Ucrania alcanzará su punto culminante el 26 de diciembre, cuando el Primer Ministro Víctor Yanukovich y el antiguo Primer Ministro Viktor Yushchenko vuelvan a disputarse una segunda votación para la presidencia. Ya no parece posible que tenga éxito un fraude en masa de votos para dar la victoria a Yanukovich como el que hizo a centenares de miles de ucranianos salir a las calles de Kiev para defender sus derechos. Aun así, el futuro democrático de Ucrania no está garantizado.

Ucrania está viviendo una verdadera revolución liberal, semejante a las grandes revoluciones liberales europeas de 1848 y que recuerda a la “revolución de terciopelo” de 1989 en Praga. Después de cinco ańos de un crecimiento económico anual medio de 9 por cierto, resulta sorprendente que las reivindicaciones económicas estén ausentes de la campańa, como también todas las reivindicaciones socialistas e incluso sociales. Los ucranianos no piden más –ni menos- que democracia, libertad y Estado de derecho.

Los resultados de las elecciones impugnadas indicaban que el país está geográfica y étnicamente dividido, con una victoria abrumadora de Yushchenko en diecisiete regiones occidentales y centrales y el predominio de Yanukovich en diez regiones orientales y meridionales. Sin embargo, gran parte de las diferencias entre regiones puede explicarse por su grado de democracia y transparencia más que por la etnicidad. Por ejemplo, Yushchenko venció en varias regiones de habla rusa, en particular la capital, Kiev, mientras que Yanukovich consiguió el mayor apoyo en las autoritarias Donetsk y Luhansk, más orientales.

Yushchenko insistió, acertadamente, en su compromiso de unir el país, al utilizar el lema “ˇEste y Oeste juntos!”. Asimismo, los mineros del Este trasladados en autobuses a Kiev por sus directores partidarios de Yanukovich no tardaron en ser convencidos de la causa “naranja” por los manifestantes y fueron devueltos en seguida a casa por sus gorilas.

El papel de los empresarios es palpable en ambos bandos. Según un chiste, se trata de una rebelión de los millonarios contra los multimillonarios. La candidatura de Yanukovich contó con el apoyo de los tres clanes empresariales dominantes y bastante pocos aliados, mientras que el resto de la comunidad empresarial –incluidos algunos multimillonarios- apoyaron por mayoría abrumadora a Yushchenko. Se trata de una auténtica revolución burguesa.

Tanto la revolución ucraniana como el alto crecimiento económico son consecuencias de la costumbre del Presidente Leonid Kuchma de enfrentar a todos contra todos y no atenerse al juego limpio. Los ucranianos comunes y corrientes aspiran a la legalidad y al orden; los empresarios quieren un terreno de juego igual para ellos que para los más ricos y mejor relacionados. Yushchenko procura criticar a los “bandidos” y la corrupción, no a los oligarcas, porque los oligarcas menores lo apoyan.

Es evidente que la prudencia de Yushchenko no se transmitió a Rusia. De hecho, pocas veces ha intervenido un país con tanta torpeza en las elecciones de otro.

En la campańa de Yushchenko ha habido la acusación de que el Kremlin obligó a las empresas rusas a contribuir con 300 millones de dólares a la campańa de Yanukovich. Las radios y las televisiones de Ucrania se vieron inundadas por asesores políticos rusos que calumniaban a Yushchenko más que ningún ucraniano. El propio Presidente ruso Vladimir Putin intervino dos veces en la campańa a favor de Yanukovich en Ucrania y lo felicitó en dos ocasiones antes de que se hubieran presentado los resultados falseados.

El activismo de Rusia resulta curioso. Yanukovich, que representa un Estado en verdad oligárquico como el que Putin derrotó en su país, acusó a Yushchenko de haber vendido empresas ucranianas a corporaciones rusas.

Probablemente la mejor forma de explicar el comportamiento de Putin es atribuirlo a su preferencia por la hegemonía regional sobre la democracia. Si el Presidente de Ucrania llegara a ser un paria internacional, sólo podría recurrir a Rusia en busca de apoyo, como el Presidente Aleksandr Lukashenko en Belarús. Sin embargo, después de este espectacular fracaso ruso, la “democracia dirigida” de Putin parece anacrónica y Rusia afronta la amenaza de que la democracia real se extienda más al Este.

Por primera vez, los ucranianos han superado su complejo de hermanos menores frente a Rusia. No tienen otra opción que la de mirar a Europa y a Occidente. Las exportaciones ucranianas de acero han experimentado un auge gracias a la demanda china, pero, tarde o temprano, el apetito chino quedará saciado y harán falta nuevos mercados. Europa es la opción obvia, mientras que Rusia tiene poco que ofrecer, excepto una competencia implacable.

Si Ucrania llega a ser una democracia, indudablemente no tardará en desarrollar el estado de derecho. Ya es una economía de mercado y, desde luego, está situada en Europa. De modo que la Unión Europea no podrá por menos de ofrecerle la adhesión.

Aun así, muchos aspectos de la situación actual pueden empeorar. El riesgo más evidente es el de que no se consumen las elecciones o se deniegue el poder ejecutivo a Yushchenko. “Solidaridad” sufrió esa frustración en Polonia en 1980-81, lo que prolongó el régimen comunista durante un decenio. Por fortuna para Ucrania, su sector empresarial es privado y toda la comunidad empresarial opina que la repetición de las elecciones debe ser concluyente. De lo contrario, la desestabilización financiera amenazaría a las fortunas de los muy ricos.

Otro peligro radica en el destacado papel desempeńado por los multimillonarios en la revolución. No cabe duda de que quieren influir en el nuevo gobierno y con sus impresionantes aptitudes ejecutivas e intelectuales están distribuidos por todos los bandos. Por desgracia, si se les permite dirigir la función, Ucrania podría experimentar una redistribución de las fortunas en lugar de una reforma auténtica. Lo ideal sería que Yushchenko intentara ganarse a los nuevos profesionales que aún no se han visto obnubilados por la omnipresente corrupción del gobierno anterior.

Tampoco ha desaparecido el viejo régimen. Yushchenko ha conseguido una mayoría parlamentaria porque muchos de los partidarios del antiguo régimen cambiaron de bando. Semejante pragmatismo es comprensible –se supone que no menos de 300 de los 450 diputados al Parlamento son millonarios-, pero también indica que pueden volver a cambiar de idea. Ucrania necesita unas prontas elecciones parlamentarias, pero se trata de algo que, desde el punto de vista constitucional, resulta difícil.

Entretanto, Yushchenko se ha visto obligado a aceptar una reforma política deficientemente concebida y llena de trampas, la amenaza rusa no ha desaparecido y lo más probable es que Occidente adopte una actitud pasiva. Por fortuna, el bando de Yushchenko es consciente de que queda poco tiempo y de que debe actuar con celeridad para aprovechar la mayor oportunidad que jamás haya tenido Ucrania.

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