Pese a haber estado exiliado durante dos años, el ex Presidente de Liberia Charles Taylor sigue ocupando un lugar preponderante en las primeras elecciones del país desde el fin de su brutal guerra civil, pero, pese al advenimiento de unas verdaderas elecciones democráticas, Liberia y toda el África occidental quedarán atrapadas en un inacabable ciclo de violencia, a no ser que Taylor sea condenado por crímenes de guerra.
Las elecciones presidenciales que se celebrarán el 11 de octubre podrían contribuir a que Liberia siguiera un nuevo rumbo, pero la larga y dura mano de Taylor ha intervenido en la campaña, por lo que su impunidad constituye una burla de la justicia internacional.
Nigeria, que ha concedido refugio a Taylor, está obligada a entregarlo al Tribunal Especial para Sierra Leona, creado por las Naciones Unidas en 2003, para juzgar a los responsables del derramamiento de sangre habido en el África occidental en el decenio de 1990. De hecho, de Nigeria depende ahora la clave para la paz en la región.
Pero el Presidente Olosugun Obasanjo de Nigeria ha hecho oídos sordos hasta ahora a los llamamientos para que entregue a Taylor. En cambio, Taylor está alojado en una quinta en las arenosas playas de Calabar en la costa sudoriental de Nigeria, mientras que protagonistas decisivos del escenario político internacional –incluidos Francia, el Reino Unido y Sudáfrica- guardan silencio.
La lista de crímenes de Taylor es larga y las pruebas contra él son abrumadoras. Como dirigente rebelde, mantuvo un alzamiento armado durante ocho años contra Samuel Doe en Liberia, conflicto que dejó 300.000 muertos y desplazó a más de un millón de personas de una población de tan sólo 3,3 millones. Como presidente, lanzó una rebelión en 1991 contra el Gobierno de Sierra Leona con las fuerzas de Foday Sankor, que usaban machetes para mutilar a mujeres y niños.
En 2000, Taylor recurrió a los mismos matones para atacar a Guinea, en un asalto que dejó centenares de muertos y destruyó la ciudad de Guekedou. En 2003, mientras Taylor había de afrontar ataques de los rebeldes, organizó y apoyó una incursión en Côte d’Ivoire. El belicismo de Taylor también allanó el camino para los golpes militares en Sierra Leona y Gambia.
Las mujeres y niños cuyas extremidades Taylor ordenó arrancar a tajos constituyen un testimonio de su brutalidad y los países sumidos en el caos son una clara prueba de que no puede haber una paz duradera en el África occidental, a no ser que se ponga coto al hombre que desencadenó esos conflictos. Aunque hubiera una paz instantánea, la región pagará el precio de la sed de sangre de Taylor durante decenios y el mundo también.
De hecho, Taylor sigue incitando a la creación de conflictos. Sus actividades para socavar la estabilidad regional abarcan desde un intento de asesinato contra el Presidente guineano Lansana Conte este año, con el que se lo ha relacionado, hasta la utilización de su fortuna para influir en las elecciones de Liberia y crear el marco para que ganen sus aliados. No es de extrañar que sus seguidores se aferren a su promesa, cuando partió, de regresar a Liberia.
Eso sería un auténtico desastre. Taylor ha socavado una serie de intervenciones de mantenimiento de la paz en la región. En Liberia, por ejemplo, firmó 13 acuerdos y los violó todos. Mantuvo como rehenes a 500 miembros de la fuerza regional de mantenimiento de la paz de la ECOWAS. Antes de que fueran liberados los rehenes, Taylor mató a seis soldados y robó sus armas y vehículos.
La mejor estrategia de contención consiste en poner a Taylor bajo custodia del Tribunal Especial, que lo acusó en 2003 de crímenes de guerra y crímenes contra la Humanidad por su papel en la guerra en Sierra Leona. Aun así, Obasanjo ha dicho que sólo lo entregaría a un gobierno de Liberia elegido y muchos creen que Taylor está esperando hasta que sus aliados estén en condiciones de dejarlo regresar sin amenaza de procesamiento.
El papel de Nigeria al brindar un refugio seguro a Taylor es peculiar. En vista de las considerables gestiones hechas por ese país para mediar y acabar con los conflictos regionales, brindar un refugio al principal desestabilizador del África occidental es contrario a su interés nacional y la oposición popular a su protección está aumentando en Nigeria. Cientos de grupos defensores de los derechos humanos y la justicia internacional de África y otros lugares se han unido para protestar.
Las intensas presiones americanas y europeas lograron que el ex Presidente serbio Slobodan Milosevic y muchos de sus aliados fueran entregados al Tribunal Internacional de Crímenes de Guerra para la antigua Yugoslavia, de las Naciones Unidas, en La Haya. Hay que ejercer presiones similares para obligar a Nigeria a entregar a Taylor al Tribunal Especial en Sierra Leona. Ya es hora de que Obasanjo haga honor a la ejecutoria de Nigeria como país con iniciativa en materia de mantenimiento de la paz y la seguridad en el continente africano.


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