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Calibrar la esperanza

SEATTLE – La vida de los más pobres del mundo ha mejorado más rápidamente en los quince últimos años que nunca antes y hasta soy más optimista todavía, pues creo que en los próximos quince años conseguiremos un resultado aún mejor al respecto. Al fin y al cabo, el conocimiento humano está aumentando. Lo vemos concretamente en la creación y costos cada vez menores de nuevos medicamentos, como los del tratamiento del VIH, y de nuevas semillas que permiten a los agricultores pobres ser más productivos. Una vez que se inventan instrumentos semejantes, nunca se da marcha atrás: simplemente mejoran.

Los escépticos señalan que cada vez nos resulta más difícil brindar nuevos instrumentos a las personas que los necesitan. En eso es en lo que la innovación para calibrar los resultados de las medidas gubernamentales y filantrópicas está logrando una gran diferencia respecto del pasado. Ese proceso –fijar objetivos claros, adoptar el método adecuado y después calibrar los resultados para perfeccionar el método continuamente con la información resultante– nos ayuda a brindar instrumentos y servicios a todos cuantos puedan beneficiarse de ellos.

La innovación para reducir el cuello de botella que lo impide es decisiva. Siguiendo la vía de la máquina de vapor de hace mucho tiempo, el progreso no está “condenado a ser poco común y errático”. En realidad, podemos hacer que sea algo habitual.

Aunque soy optimista, no estoy ciego ante los problemas que afrontamos o las dificultades que debemos superar para acelerar el progreso en los quince próximos años. Las dos que más me preocupan son la posibilidad de que no consigamos reunir los fondos necesarios para sufragar los proyectos en materia de salud y desarrollo y la de que no nos unamos en torno a fines claros para ayudar a los más pobres.

Por suerte, muchos países en desarrollo tienen economías que crecen y les permiten dedicar más recursos a ayudar a los sectores más pobres de su población. La India, por ejemplo, está dejando de ser tan dependiente de la ayuda y con el tiempo no la necesitará.

Algunos países, como el Reino Unido, Noruega, Suecia, Corea del Sur y Australia, están aumentando sus presupuestos para ayuda exterior; otros, incluso donantes tradicionalmente generosos como el Japón y los Países Bajos, han reducido los suyos. La dirección de muchos países, incluidos los Estados Unidos, Francia, Alemania y el Canadá, no está clara.

Aun así, la asistencia es decisiva. Ayuda a las personas de los países más pobres a sufragar sus necesidades básicas. Financia la innovación para la creación de nuevos instrumentos y servicios y su aplicación. Lamentablemente, la fragilidad fiscal es una amenaza para los presupuestos de ayuda de casi todos los países avanzados. A no ser que los votantes se enteren de las repercusiones positivas que su generosidad está teniendo, se centrarán inevitablemente en las cuestiones más cercanas a ellos.

Con frecuencia una sola historia, cierta o no, sobre un uso incorrecto de una pequeña cantidad de ayuda puede empañar todo un sector. Imagine el lector lo que pensaría de la inversión, si todos los artículos que leyera versaran sólo sobre los valores que hayan obtenido resultados poco brillantes y no hubiese información sobre los casos de grandes éxitos.

Históricamente, al hablar de la ayuda se hacía referencia a la cantidad total de dinero invertido, pero, ahora que estamos calibrando con mayor precisión indicadores como la mortalidad infantil, el público puede ver los efectos que tiene la ayuda en términos inequívocos, es decir, la diferencia entre –pongamos por caso– que las personas con VIH tengan acceso al tratamiento o que se las deje morir. Cuando se la expresa así, hay más posibilidades de que la ayuda reciba carácter prioritario.

Pero, ¿se unirá el mundo en torno a un conjunto claro de objetivos en los quince próximos años? Las Naciones Unidas están empezando a cartografiar nuevos objetivos para los años posteriores a la expiración del plazo para la consecución de los actuales objetivos de desarrollo del Milenio. Como ha ocurrido con éstos, el próximo conjunto de objetivos podría contribuir a la coordinación de los grupos dedicados a esa tarea, recordar a los votantes los beneficios de su generosidad y permitirnos ver en qué estamos logrando avances para ofrecer soluciones a los pobres.

El éxito de los objetivos de desarrollo del Milenio significa que hay mucho interés en ampliarlos para abarcar un conjunto más amplio de asuntos, pero muchos de los posibles nuevos objetivos carecen de un apoyo unánime y añadir muchos más objetivos nuevos –u objetivos que no sean fáciles de calibrar– puede socavar el impulso.

Los objetivos de desarrollo del Milenio fueron coherentes, porque se centraron en ayudar a los más pobres del mundo. Fue fácil determinar los grupos que necesitaban trabajar en colaboración para alcanzarlos y se podía pedirles una rendición de cuentas en materia de cooperación y avances. Cuando las NN.UU. lleguen a un acuerdo sobre otros objetivos importantes como la mitigación del cambio climático, deberán considerar si un conjunto diferente de agentes y un proceso distinto podrían ser mejores para esos empeños.

Los avances que el mundo ha logrado a la hora de ayudar a los más pobres en los quince últimos años constituyen un ejemplo de historia lograda en la que se salva una sola vida cada vez, por lo que con frecuencia no resulta tan visible como un gran revés: por ejemplo, la aparición y propagación muy rápida de una nueva epidemia. De vez en cuando, debemos pararnos a celebrar los logros resultantes de haber determinado los objetivos adecuados, de haber contado con la necesaria voluntad política, una ayuda generosa y la innovación en materia de instrumentos y su aplicación. Al hacerlo, yo he sentido, desde luego, una intensificación de mi compromiso con esa labor.

Traducido del inglés por Carlos Manzano.