WASHINGTON, DC – La reciente gira europea del senador Barack Obama sugiere que el senador de Illinois es el favorito de Europa para ser el próximo presidente de Estados Unidos. Pero los europeos no deberían esperar demasiado. Si bien Obama probablemente le devolvería la civilidad y la cortesía al discurso transatlántico, las fuentes de fricción son más profundas. Los intereses geopolíticos de Europa y Estados Unidos se han estado distanciando, y pueden seguir haciéndolo, no importa quién sea el presidente.
Interrumpir este alejamiento progresivo demandará cambios importantes en la perspectiva y la política a ambos lados del Atlántico. Estados Unidos tendrá que dejar de definir sus intereses transatlánticos en términos de su mentalidad hegemónica, y Europa deberá asumir un control más pleno de su propia región.
Hablar de intereses “geopolíticos” subraya la influencia de la geografía a la hora de darle forma a esos intereses. Como alguna vez coincidieron Charles de Gaulle y Winston Churchill: “Cuando se dijo y se hizo todo, Gran Bretaña es una isla; Francia, la capa de un continente; Estados Unidos, otro mundo”. Ambos entendían que, durante siglos, el Canal de la Mancha había sido una monumental barrera geopolítica para que Gran Bretaña y Francia pudieran compartir sus intereses de manera duradera. Si el Canal ha sido una barrera semejante, los lazos duraderos a lo ancho del Atlántico parecen improbables.
En otras palabras, desde esta perspectiva, los dos espacios económicos más ricos y más poderosos del mundo, la Unión Europea y Estados Unidos, están destinados a ser rivales, incluso cuando son aliados.
Un enemigo en común apuntaló la alianza de Estados Unidos con partes de Europa durante gran parte del siglo XX. Ese enemigo, sin embargo, también fue europeo –primero Alemania, luego Rusia-. En efecto, el interés geopolítico compartido a uno y otro lado del Atlántico fue entre Estados Unidos y una parte de Europa contra otra.
Con el colapso de la Unión Soviética en 1991, la alianza transatlántica enfrentó nuevas realidades. Los intereses tanto de la UE como de Estados Unidos fueron redefinidos extensamente. Sin ningún ejército soviético masivo en el medio de Alemania, Europa ya no estaba firmemente dividida en el hemisferio occidental y el hemisferio oriental. La Mitteleuropa revivió y Alemania se reunificó. Europa occidental evolucionó de una “Comunidad” a una “Unión”, y sus estados se volvieron menos sujetos a una protección norteamericana.
La desaparición soviética alentó a las elites políticas norteamericanas a construir una visión “unipolar” de la posición y los intereses globales de Estados Unidos. Esta tendencia se aceleró cuando la actual administración Bush intentó construir una hegemonía global unilateral fuera de la “Guerra contra el Terrorismo”, lo que provocó un creciente desasosiego en la “Vieja Europa”.
Si bien, en general, se consideró que la invasión norteamericana de Afganistán estaba justificada, la invasión algo-norteamericana de Irak produjo una fractura abierta entre Estados Unidos y sus dos principales aliados continentales, Francia y Alemania, respaldados por Rusia y China. De repente surgió un gran bloque eurasiático opuesto a las pretensiones globales hegemónicas de Estados Unidos, augurando una nueva fluidez en las relaciones geopolíticas, si no un giro tectónico en los alineamientos.
La efectividad de la resistencia franco-alemana a la hegemonía norteamericana se vio limitada, sin embargo, por las reacciones de otros estados europeos. El primer ministro del Reino Unido Tony Blair hizo lo mejor de sí por resucitar la relación especial de Churchill, y a Gran Bretaña se sumaron Italia y España, junto con casi todos los estados de la Nueva Europa. La pareja franco-alemana ya no podía decir que hablaba en nombre de toda la UE. Los planes europeos para una Política Exterior y de Seguridad Común y para una cooperación más estrecha en el sector de defensa parecían haber caído brutalmente en el descrédito.
No obstante, poco a poco, Europa pareció volverse más cohesiva en su oposición a las políticas y pretensiones unipolares norteamericanas. Y, después de su reelección en 2004, Bush se volvió más conciliador. La partida de Blair dejó a Bush cada vez más aislado diplomáticamente, con cambios de gobierno en Berlín y París que implicaron mejoras sólo superficiales. Las deterioradas condiciones económicas fronteras adentro implicaron límites más estrictos a la intervención norteamericana en el exterior.
Es difícil saber adónde conducirá esta incómoda distensión transatlántica de 2008. Ahora resulta claro que los intereses geopolíticos europeos y norteamericanos no están automáticamente en armonía. Los europeos no aceptan la visión estratégica de la administración Bush, y Estados Unidos es incapaz de perseguir esa visión sin el respaldo europeo.
Las razones para la defección de Europa son esencialmente geopolíticas. Al este de Europa está Rusia; al sur, el mundo musulmán. Europa necesita buenas relaciones con ambos para penetrar en mercados crecientes, explorar fuentes de materias primas y energía y asegurar su propia estabilidad interna, mientras que muchos europeos creen que las políticas norteamericanas alienan a estas regiones. En estas circunstancias, la alianza transatlántica no sobrevive tanto por los intereses genuinamente compartidos como por inercia.
¿Acaso algo puede restablecer la vieja armonía transatlántica? Un reavivamiento vigoroso del imperialismo ruso o una guerra de civilizaciones con el mundo musulmán podrían plantear una amenaza dominante que haría que una Europa atemorizada reanudase una dependencia de Estados Unidos característica de la Guerra Fría. Pero Europa no estará ansiosa por abrazar un futuro semejante. Puede ser prudente para no alienar a Estados Unidos, pero luchará para construir una relación de cooperación con sus vecinos regionales.
Por supuesto, las definiciones de Estados Unidos de su papel en el mundo pueden cambiar. Las expectativas unipolares de Estados Unidos no se han visto ratificadas por los acontecimientos. De hecho, hoy existe una considerable oposición a esa visión dentro de Estados Unidos.
Sin embargo, hoy hay demasiado poder aglomerado en Washington como para ser contenido exitosamente dentro de una estructura constitucional puramente nacional. El equilibrio de poderes en casa requiere de un equilibrio de poder correlativo en el exterior. Construir un sistema estatal equilibrado para sí misma a nivel regional ha sido un gran logo de la Europa de posguerra.
La implementación de ese sistema dependió marcadamente del apoyo de Estados Unidos. Tal vez sea hora de que Europa devuelva el favor. El equilibrio, al parecer, es siempre necesario, incluso entre amigos. Y entre amigos también es más probable que el equilibrio resulte exitoso. Que Europa pueda encontrar la voluntad, los medios y la confianza para desempeñar ese papel no es algo que pueda darse por sentado. Lo que sí parece claro es que una Europa cohesiva y fuerte en buenos términos con sus vecinos no encajará fácilmente en una alianza transatlántica cerrada mientras Estados Unidos persiga activamente una hegemonía global.


Comments (0)
You need to login in order to leave a comment. If you do not yet have an account, please register.
The two commenting options explained
Watch a 1 minute video
to discover how you can comment on the entire article or a specific paragraph. The two images below also explain the two ways of commenting.
1) Entire article comment
Once logged in, simply click inside the comment box where it says "Enter text here." Enter and post your comment.
2) Paragraph comment
Please log in first. Then click to the left of the desired paragraph. Your cursor will automatically move to the comments box. Enter and post your comment.