SINGAPUR – Ha sido un decenio muy difícil para la industria farmacéutica. Con la expiración de gran número de patentes, la sequía de nuevos productos y la intensificación de la competencia que les hacen los genéricos, las compañías farmacéuticas han padecido una hemorragia de valor.
Al mismo tiempo, los mercados tradicionales están empezando a quedar saturados. Fenómenos duros en los países industrializados –como, por ejemplo, las repercusiones de las poblaciones de edad en los modelos de asistencia de salud financiados por los empleadores y basados en los impuestos– están moviendo a los gobiernos a adoptar regímenes reguladores que exigen una fijación de precios más económica, basada en el valor y transparente.
En esas circunstancias, los mercados en ascenso representan una nueva frontera. Los países en desarrollo, originalmente atractivos para ofrecer una producción poco costosa,amp#160; representan ahora un mercado viable para las empresas multinacionales. La industria farmacéutica lleva un tiempo observando esa tendencia. Un estudio reciente predice que las ventas en 17 países con mercados farmacéuticos en ascenso –entre otros, la India, Indonesia, el Pakistán, Tailandia y Vietnam– “aumentaránamp#160; en conjunto en 90.000 millones de dólares durante el período 2009-2013”.
Pero en muchas economías en ascenso, una gran proporción de la población es pobre y los que no lo son siguen siendo vulnerables ante la posibilidad de caer en la pobreza en épocas de crisis. La financiación de la atención de salud corre en gran medida a cargo de los bolsillos de los particulares –hasta el 60 por ciento en Asia– y muchos países soportan una “triple carga de morbilidad” de enfermedades “antiguas”, como la tuberculosis y el paludismo, nuevas enfermedades infecciosas, como la gripe A (H1N1), y una “pandemia silenciosa” en forma de enfermedades no transmisibles, como, por ejemplo, la diabetes y el cáncer. Las dificultades para el acceso a los medicamentos siguen siendo enormes y, de hecho, pertinentes para el modelo empresarial del sector.
Los planteamientos filantrópicos del problema han logrado pocos cambios sistémicos. Las donaciones de medicamentos por las compañías farmacéuticas han sido criticadas por ser en su mayoría insostenibles. Con frecuencia, se trata de medicamentos que no son adecuados para los pacientes, son desconocidos para los facultativos locales, no cuadran con las directrices clínicas nacionales o están a punto de expirar.
Como los suministros de medicamentos donados pueden ser imprevisibles, pueden crear un caos en el mercado al impedir un cálculo preciso de las necesidades y, por tanto, afectar a la planificación. Además, los suministros donados tienen el efecto negativo general de socavar la competencia en el mercado: ni siquiera los genéricos pueden competir con los medicamentos gratuitos. Los descuentos de precios han sido más eficaces, si bien su efecto queda limitado porque se centran en determinadas enfermedades muy destacadas y en los países menos adelantados.
Los partidarios de un mejor acceso a los medicamentos han expuesto tres peticiones de la industria farmacéutica:
- planes de fijación de precios transparentes que aborden sistemáticamente el problema de la asequibilidad;
- inversión en investigación e innovación pertinentes para las enfermedades que afectan a los países en desarrollo y en medicamentos idóneos para situaciones de pocos recursos (por ejemplo, fórmulas estables con el calor o combinaciones fijas de medicamentos);
amp#160;amp#160;amp#160;amp#160;amp#160;amp#160;amp#160;amp#160;amp#160;amp#160;amp#160; y
- un planteamiento flexible de los derechos de propiedad intelectual, como reconocimiento del papel que desempeñan los genéricos en la enorme reducción de los precios de los medicamentos.
Las compañías principales están empezando a entender que la integración de esas preocupaciones en los usos comerciales básicos puede ser la clave para una rentabilidad sostenible a largo plazo en los mercados en ascenso. La dependencia del modelo tradicional del “pelotazo”, destinado a las minorías acomodadas, está demostrando ser inviable y corto de miras.
Para empezar, limita el tamaño de la base de consumidores y –lo que es más importante– la dependencia por parte de ese modelo de una defensa encarnizada de las patentes y de márgenes de beneficio elevados, para obtener los importantísimos 1.000 millones de dólares al año, impide a las compañías prestar servicio con eficacia a los mercados específicos mediante el suministro de productos pertinentes, asequibles y accesibles. Muchos sostienen que los perversos incentivos creados por el modelo del “pelotazo” disuaden la innovación.
Por último, los gobiernos de los países en desarrollo están empezando a conceder prioridad a la atención de salud y están procurando obtener resultados eficaces en función de los costos, además de los medios para luchar contra las cargas de morbilidad. En esos países, la incorporación del acceso a los medicamentos en los modelos comerciales básicos de las compañías ha llegado a ser decisiva con vistas a la consecución de una licencia para ejercer su actividad.
Al final de 2008, una compañía intentó abrir una nueva vía. El director gerente de GlaxoSmithKline (GSK) hizo público un plan de cuatro puntos, entre ellos el compromiso de poner un límite del 25 por ciento del precio vigente en el mundo desarrollado a los precios de las medicinas patentadas en los países menos adelantados.amp#160; En los países de renta mediana, los precios reflejarían con mayor precisión la capacidad de un país para pagar (por ejemplo, GSK redujo el precio de su vacuna contra el cáncer de cuello de útero, Cervarix, en un 60 por ciento en las Filipinas y obtuvo la multiplicación por catorce de su volumen de ventas). Además, propuso la creación de un consorcio de patentes de los países menos adelantados para las enfermedades tropicales desatendidas y le donó 13.500 compuestos para las vacunas contra el paludismo.
Poco a poco, otras compañías están siguiendo su ejemplo. Sanofi-Aventis anunció recientemente que reduciría a la mitad el precio de su medicamento antidiabético, Lantus, y el tratamiento contra el cáncer, Taxotere, en Indonesia y en las Filipinas. La empresa japonesa Eisai redujo el precio de Aricept, tratamiento para el Alzhéimer, en seis países asiáticos.
Otras compañías están experimentando con modelos piramidales encaminados a aumentar las ventas. El modelo Arogya Parivar de Novartis vende medicamentos en envases más pequeños y asequibles. Aún no está claro si esos nuevos planteamientos contribuyen a un cambio sistémico y si las compañías están adoptando una estrategia comercial de “servicio” y no de “captación”, pero ya no se ve al menos la cuestión del acceso a los medicamentos como algo lejano.
Hay que hacer algo más en relación con la cuestión de los derechos de propiedad intelectual: la vaca sagrada de la industria farmacéutica. Los gobiernos de los países en desarrollo siguen enfrentados con las grandes compañías farmacéuticas en batallas por la licencia obligatoria y la legislación sobre patentes. Se está poniendo en duda que los derechos de propiedad intelectual sean de verdad un incentivo eficaz para la creación de medicamentos, en particular los pertinentes para enfermedades de los países en desarrollo, dada la actual escasez de investigación e innovación relativas a dichas enfermedades.
Se están ensayando nuevos modelos. El consorcio de patentes de UNITAID para los medicamentos contra el sida, por ejemplo, permite a los productores de genéricos hacer versiones más baratas de medicamentos patentados al brindar a los titulares de patentes la posibilidad de conceder licencias para la utilización de su tecnología a cambio de regalías. En última instancia, los genéricos siguen siendo los que van a la cabeza actualmente en cuanto al suministro de medicamentos asequibles. La formulación de políticas que permitan la competencia de los genéricos con las marcas de la industria farmacéutica requerirá medidas creativas que hagan hincapié en el imperativo de conceder prioridad a la salud pública.


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