Los debates y las protestas sobre la globalización han enmudecido desde los ataques terroristas de septiembre. No obstante, ese silencio no significa que se hayan acabado. De hecho, es probable que las protestas sobre la globalización regresen al normalizarse los tiempos. Cuando lo hagan, nuestra comprensión del proceso será mejor si echamos una ojeada a la historia.
Entre los historiadores, la globalización genera una fuerte sensación de déjà vu : así estábamos hace un siglo. En esa época hubo grandes logros (progreso material, tecnologías novedosas como el automóvil, el teléfono, la máquina de escribir), pero también protestas en contra de un mundo que parecía estar fuera del control de las instituciones políticas tradicionales.
Entonces, como ahora, las reacciones provenían principalmente de los países industriales ricos, más que de las naciones periféricas pobres, a las que frecuentemente se consideraba como víctimas de la explotación capitalista. Fueron los países avanzados los que impusieron tarifas en contra de la competencia ``desleal'' del exterior. Se establecieron bancos centrales que tenían la responsabilidad de manejar los flujos desordenados de capital. Las políticas migratorias se hicieron más restrictivas, a medida que algunos de los grandes receptores de migración comenzarón a discutir sobre la selectividad en su selección de migrantes.
El proceso de integración se revirtió después de la Primera Guerra Mundial y se destruyó durante la Gran Depresión, en medio de una serie de duros shocks: protección arancelaria, un contagio de pánicos financieros que se extendieron desde la periferia hasta el corazón del sistema financiero mundial, y una vuelta al nacionalismo económico y la autarquía. Lo que antes de 1914 habían sido salvaguardas en contra de la globalización excesiva, después de la Primera Guerra Mundial se convirtieron en trampas gigantescas que estrangularon a la economía mundial.
La característica más notoria de las reacciones contra la globalización es la forma en la que crean una extraña alianza entre derecha e izquierda. A finales del siglo XIX, la aristocracia europea basada en la tierra se vio debilitada por la competencia de granos baratos y otros alimentos que llegaban del otro lado del océano. A medida que los precios y las rentas en el campo cayeron, la aristocracia se enfentaba a un deterioro. Por ello, movilizó a los pequeños productores, campesinos y artesanos que compartían la creencia de la élite terrateniente de que la competencia sin restricciones era dañina. Para estos grupos, la globalización era equivalente a la redistribución.
En la izquierda, las crecientes clases trabajadoras buscaron utilizar el poder político para cambiar las relaciones económicas (establecer políticas impositivas más progresivas, o detener el uso de los aranceles para proteger al viejo régimen). Los progresistas también denunciaban al capitalismo internacional por socavar las condiciones de los trabajadores. El sociólogo alemán Max Weber construyó su reputación con sus advertencias sobre las terribles consecuencias que tendría una mayor migración polaca hacia Alemania. ''Existe'', escribió en un tono que recuerda a los debates actuales sobre la globalización, ''cierta situación de economías capitalistas desorganizadas, en las que la cultura superior no resulta victoriosa, sino que pierde en la lucha existencial con las culturas inferiores''.
En el centro (asediado por las reaciones antiglobales de izquierda y derecha), una élite comercial liberal consideraba como completamente benéficos los efectos de la apertura económica y la globalización. Así, en vez de una división en dos campos entre derecha e izquierda, había una en tres, entre los conservadores antiglobalización, los liberales pro globalización y los izquierdistas pro redistribución.
Cuando los extremos del espectro político se radicalizaron, como sucedió en el periodo entre guerras (los anti-internacionalización se desplazaron hacia el fascismo, y los izquierdistas hacia el comunismo) las políticas democráticas se paralizaron.
Durante gran parte del periodo posterior a 1945, esas divisiones desaparecieron, mientras la derecha y la izquierda luchaban por la redistribución dentro de las economías nacionales. La vieja triple polarización sólo regresó con la nueva ola de la globalización. De nuevo, existe una derecha anti-internacionalización que ha llegado a desempeñar algún papel en todos los países industriales más importantes, y que trata de defender la prosperidad y los derechos de propiedad existentes de los caprichos de los mercados internacionales.
Los ímpetus proteccionistas antiglobalizadores de la izquierda son menos visibles en los partidos políticos que en los movimientos obreros, pero pueden influenciar los programas políticos. Para los sindicatos, la nueva derecha significa un reto competitivo por el apoyo. Para sus miembros, la competencia internacional es una amenaza mayúscula, puesto que las importaciones o los inmigrantes pueden recortar los ingresos de los trabajadores menos calificados. En consecuencia, transmiten demandas para excluir los productos de la ''competencia desleal'' a los partidos de centro-izquierda, como los socialistas franceses o los demócratas en Estados Unidos. El temor a los salarios más bajos es el factor común de una coalición más amplia basada en los resentimientos antiglobalización dirigidos en contra de las corporaciones multinacionales y las instituciones financieras internacionales.
En el centro moderno hay algo similar al orden liberal amenazado de la Europa de fines del siglo XIX: el movimiento político de una élite que adopta la globalización porque se beneficia de ella. Este es el grupo al que los cínicos han bautizado como ''el hombre de Davos''.
Es muy poco probable que un programa así (presentado en esos términos) pueda alguna vez lograr una popularidad electoral masiva. Los costos de la globalización, y los resentimientos que genera, son demasiado obvios. Este tipo de partidos, comprometidos con la simple liberalización y la apertura, rara vez rebasan el rango del 5 al 10% de la votación que obtiene el partido demócrata libre, de corte liberal, en Alemania. Cuando el partido Unión por la Libertad de Leszek Balcerowicz obtuvo el 13% de los sufragios en una elección parlamentaria en Polonia en 1997, eso representó un gran éxito. Sin embargo, en las elecciones del año pasado en Polonia, ese partido recibió menos del 5% de los votos (lo que se acerca mucho más al nivel de apoyo ''normal'' para un movimiento político liberal).
Esta nueva política genera amplios sentimientos de malestar e impotencia. Los viejos movimientos del siglo 20 están prácticamente agotados: el conservadurismo clásico, porque el mundo cambia demásiado rápido como para que esa filosofía estática sea coherente o atractiva; el socialismo clásico, porque la rapidez de los cambios erosiona las posiciones obreras tradicionales exactamente del mismo modo.
La bancarrota de esas dos posturas respetables pero ya obsoletas abre la puerta para un nuevo populismo basado en una ola de sentimientos antiglobalización. Las nuevas-viejas políticas ven hacia adentro y les gusta la idea del renacimiento de la nación como baluarte defensivo contra los bienes extranjeros, la propiedad en manos de extranjeros y los migrantes. También son peligrosas y destructivas, y fueron responsables en gran medida de las terribles políticas en Europa durante la primera mitad del siglo XX.


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