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El Nuevo Problema Alemán

Ahora que Alemania se prepara para elegir un nuevo canciller, los dos candidatos principales, Gerhard Schroeder y Edmund Stoiber, han mostrado estar de acuerdo en una cosa: debe reducirse el desempleo. Durante las últimas dos décadas el alto desempleo ha transformado a Europa en general y a Alemania en particular en una bomba sociológica de tiempo. ¿Qué harán los desempleados -sobre todo los que llevan largo tiempo sin trabajo y tienen sólo vagas memorias de lo que significa estar integrado al mundo del empleo- con su tiempo y consigo mismos? ¿Qué sucederá con la confianza que se le tiene a los gobiernos que no pueden resolver el problema?

Es fácil olvidar que hace apenas un poco más de 50 años Europa era el continente más violento del mundo. Los europeos se la pasaron los cuarenta años previos matándose unos a otros en una escala que no tenía precedente en la historia del ser humano. Contrario a tal retraso, después de 1950 Europa Occidental fue notablemente pacífica y estable, incluso tomando en consideración la caída de la Cuarta República Francesa y las transiciones de dictadura a democracia acontecidas en Portugal, España y Grecia.

La transformación más sobresaliente de todas fue la de la República Federal de Alemania. Cualquiera familiarizado con la historia alemana a partir de 1800 se encuentra todavía sorprendido ante el entusiasmo con el que la nación que emergió de una derrota total en 1945 adoptó lo que muchas personas de las generaciones previas habrían llamado "inadecuados" modelos políticos y económicos anglo-franceses. Sin la paz y estabilidad que eso le aseguró a Alemania, la nación lingüística más grande al oeste de Rusia, resulta difícil imaginar la paz y estabilidad que reinan en la actualidad en toda Europa.

En parte, Alemania le debe su transformación a la combinación de tres factores: una acumulación de oportunidades tecnológicas que no habían sido explotadas y que podían utilizarse para alimentar un rápido crecimiento del ingreso, un empleo de casi el cien por ciento y un Estado que compartía ampliamente los beneficios del crecimiento a través de programas públicos (más que servir a una clase o a un grupo de intereses como arma para concentrar la riqueza y el poder). Hubo otros factores, como el recuerdo de la catástrofe nazi, la vida al este de la Cortina de Hierro o la amenaza potencial planteada por Stalin y sus herederos, que claramente tuvieron un papel importante. Pero el hecho de que el sistema funcionase para casi todos fue el contrafuerte que a final de cuentas mantuvo a la catedral en pie.

Para el alivio de todos, la democracia política y la mezcla de economías de mercado probaron ser muy resistentes ante las caídas de los precios del petróleo de la década de 1970. El ingreso se estancó, pero el orden institucional sobrevivió. Y también sobrevivió el subsecuente surgimiento y permanencia del alto desempleo. Al interior de la República Federal, en la que el desempleo sigue estando cerca del máximo nivel que tuvo a inicios de los años ochenta, la incapacidad para enfrentar el problema fue contrarrestada por otros triunfos. Los primeros años de la década de 1990 testificaron la reunificación de Alemania y la eliminación de los riesgos de inflación, incluso los moderados. En la segunda mitad de los años noventa se profundizó la integración europea, lo que culminó con la Unión Monetaria Europea.

En pocas palabras, la falta de progreso en cuanto a la reducción del desempleo podía ser disculpada en el pasado: Europa se enfrentaba a problemas y oportunidades más urgentes. Pero ¿qué problema más urgente u oportunidad más atractiva existen hoy en día? La inflación ya no representa una amenaza para los ahorros de nadie. Alemania está unificada. La unión monetaria es ya un hecho. Quienquiera que esté a la cabeza del próximo gobierno alemán tendrá que enfrentar el desempleo, tanto para ayudar a quienes son más vulnerables económicamente como para asegurarse de que se siga confiando en el sistema actual.

Por desgracia, cualquiera que gane las elecciones, Schroeder o Stoiber, será incapaz de enfrentar el problema en el mediano plazo. La Comisión Laboral de Alemania ha llamado a realizar veloces reformas en el mercado laboral y en el sistema de bienestar social, pero será muy difícil que cualquier gobierno las implemente. Sin una mayor demanda en el sector privado, eliminar las restricciones del lado de la demanda que en el pasado alimentaron el alto desempleo "clásico" de la actualidad resultará sólo en un alto desempleo "keynesiano" en el futuro.

La integración europea suponía hacerse cargo de eso a través de varias décadas de rápido crecimiento económico generadas por el hecho de que las compañías absorberían las economías de escala de nivel continental. Entonces, ¿dónde está ese crecimiento originado en la demanda? El Banco Central Europeo (BCE) parece estar más interesado en mantener las tasas de interés lo suficientemente altas como para forzar a las compañías insolventes a la bancarrota, que en promover un mayor nivel de empleo.

Puesto que la demanda del sector privado está estancada, la Comisión de Empleo quiere que el gobierno funcione como fuente de trabajo de último recurso. Pero el Pacto de Estabilidad y Crecimiento del Tratado de Maastricht limita los déficits fiscales a un máximo de 3% del PIB, un techo que Alemania ya casi alcanzó. A menos de que el futuro gobierno sea tan audaz como para violar el pacto sin darle mucha importancia al asunto, su única alternativa será incrementar los impuestos, lo que sólo lograría prolongar la misma decadencia de la demanda del sector privado que ha mantenido al desempleo en altos niveles.

Si no fuera por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, un programa de gasto al estilo keynesiano podría proveer la demanda necesaria para reducir el desempleo. El problema podría ser resuelto de una vez por todas si el BCE estuviese dispuesto a arriesgar un trato con los gobiernos: si ustedes liberalizan los mercados de bienes y hacen flexibles los mercados laborales, nosotros reduciremos las tasas de interés y permitiremos un mayor gasto para así alcanzar la promesa de un desempleo casi nulo. Pero dado que el BCE y el Pacto de Estabilidad y Crecimiento son lo que son, ambos partidos alemanes seguirán siendo lo que son: un escultor que prometió esculpir una estatua en mármol de un día para otro, pero que perdió su cincel.

Quizá haya poca razón para preocuparse de inmediato. O quizá la bomba sociológica de tiempo podría sólo seguir andando. O como lo dijo Adam Smith: "Es mucha la ruina en una nación". Sea como sea, aunque el orden institucional de la Europa Occidental de la postguerra ha funcionado casi milagrosamente bien en términos históricos, el electorado suele tener visiones menos amplias y enfocarse en cuestiones más privadas, de forma que es más probable que juzgue a un partido, a un régimen o a un orden institucional preguntando: "¿Qué has hecho por mí últimamente?" Puesto que las enormes tareas de la reunificación del país y de la integración con Europa han quedado atrás, el futuro gobierno alemán se verá cada vez más forzado a responder diciendo: "no gran cosa".

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