Los resultados de las elecciones en el Medio Oriente señalan una nueva tendencia: los partidos políticos islamistas –los que basan sus programas en la ley islámica– son muy populares. Allí donde se celebran elecciones, los islamistas obtienen buenos resultados: Hamás entre los palestinos de la Ribera Occidental y Gaza; la coalición de orientación religiosa chií en el Iraq; una facción parlamentaria en Marruecos y –lo más importante- el gobernante Partido de la Justicia y del Desarrollo (AKP) en Turquía.
Los movimientos democráticos en el Líbano, Egipto y otros países de la región deben afrontar el imperativo de incorporar a los partidos islamistas a los sistemas democráticos, pero, ¿se puede confiar en los islamistas? Si consiguen el poder, ¿respetarán los derechos de las minorías y de las mujeres y cederán el poder, cuando pierdan las elecciones? ¿Tolerarán el disenso? ¿O estarán esas elecciones basadas en el principio de “un hombre, un voto, una vez”?
Como sociólogo, llevo 30 años estudiando esas cuestiones. Cuando estuve interno en una cárcel egipcia, las examiné con los demás presos, muchos de los cuales estaban en la cárcel por apoyar el movimiento islámico de Egipto. ¿Mi conclusión? Los partidos islámicos están cambiando.
Esos partidos entienden las transformaciones que están en marcha en el Oriente Medio y que van encaminadas a la consecución de la democracia y quieren participar. En mi opinión, podemos estar presenciando la aparición de partidos musulmanes democráticos, de forma muy semejante al surgimiento de los partidos cristianodemócratas en Europa en los años posteriores a la segunda guerra mundial.
La popularidad de los islamistas no es difícil de entender. Como los regímenes autocráticos del Oriente Medio dejaban poco margen para la libertad de expresión, la mezquita cobró el carácter de único lugar en el que la gente podía congregarse libremente. Los grupos religiosos reaccionaron ante esa oportunidad y aparecieron en primer lugar como organismos de asistencia social y después pasaron a ser el equivalente de los políticos locales. En el proceso, consiguieron credibilidad como abogados dignos de confianza del pueblo: distinción real respecto de los gobiernos represivos y corruptos.
En principio, sería hipócrita abogar por la democracia y al mismo tiempo por la exclusión de los islamistas de la participación política pacífica. Pero la práctica de la política electoral nos brinda también razones para el optimismo. Según mis cálculos, unas dos terceras partes de los 1.400 millones de musulmanes del mundo viven ahora con gobiernos democráticamente elegidos en cuyos procesos electorales intervienen los partidos islamistas.
Cuando se deniega a los grupos islamistas el acceso a la política electoral, su causa adquiere un aura mítica. Sus principios siguen siendo ideales no puestos a prueba, nunca obligados a afrontar las realidades prácticas del gobierno. El difunto rey Husein aceptó ese desafío en 1989, después de los disturbios provocados por el aumento del precio del pan en la ciudad de Ma’an, en la Jordania meridional. El Rey reunió a todas las fuerzas políticas con vistas a redactar una carta nacional para la participación política. Los islamistas la subscribieron y prometieron respetar las reglas del juego.
Desde entonces, los islamistas han participado en cuatro elecciones jordanas. La primera vez, consiguieron una pluralidad para gobernar, pusieron en práctica sus lemas y no consiguieron conservar el apoyo popular. En los cuatro ministerios que regentaron los islamistas, impusieron restricciones en el número de miembros femeninos, con lo que desencadenaron protestas generalizadas que acabaron obligando a los cuatros ministros a dimitir. El porcentaje de votos que obtuvieron en elecciones posteriores disminuyó marcadamente.
En cambio, constituye un error creer que se pueden eliminar los movimientos islámicos por la fuerza. Al contrario, la reforma política debe incluirlos... con las siguientes condiciones:
- respeto de la constitución nacional, el Estado de derecho y la independencia del poder judicial;
- aceptación de la alternancia en el poder, basada en elecciones libres y justas y con observadores internacionales;
- garantía de igualdad de derechos y participación política plena para las minorías no musulmanas;
- participación plena y en plan de igualdad de las mujeres en la vida pública.
El papel de los agentes exteriores en el fomento de la democracia en el Oriente Medio es también decisivo. Se ha hablado mucho de la “cruzada” encabezada por el Presidente George W. Bush para implantar la democracia en el mundo musulmán. De las guerras en el Afganistán y en el Iraq se dijo, al menos en parte, que habían de difundir la democracia; asimismo, se supone que con la Iniciativa de Cooperación con el Oriente Medio la democracia será el eje de la asistencia americana en esa región.
Sin embargo, es importante recordar que la democracia estaba en la agenda internacional antes de que los Estados Unidos fueran atacados en septiembre de 2001. Conforme al Acuerdo de Barcelona de 1995, la Unión Europea ofreció ayuda y comercio a varios países árabes, a cambio de avances en la reforma democrática. Ya se han hecho las mejoras en el comercio, pero se ha hecho poco en la reforma interna de los países árabes. En el decenio de 1970, el Acuerdo de Helsinki contribuyó al hundimiento del imperio soviético. Necesitamos una fórmula equiparable para el Oriente Medio.
Independientemente de lo que se opine sobre la intervención militar americana, hay que reconocer que ha alterado la dinámica de la región. Las fuerzas de oposición interna, si bien se distancian de los EE.UU., han ganado en audacia en el Líbano, Egipto, Arabia Saudí y otros países. Todos estamos observando para ver si aparecen señales de apertura entre nuestros vecinos.
Ya sé que los movimientos democráticos han sido aplastados en ocasiones anteriores: en Budapest en 1956, en Praga en 1968 y en la plaza de Tiananmen en 1989. Y, sin embargo, en los últimos meses hay una sensación nueva e irreversible. Demasiadas personas en demasiados lugares están desafiando a sus opresores y corriendo riesgos en pro de la libertad. Para un activista de antiguo, el clima actual parece una primavera.


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