Londres – Medio Oriente sigue teniendo la concentración más alta de dictaduras en el mundo. No obstante, parece que 2009 ha sido el año en que la democracia se ha arraigado en la región –aunque el futuro se percibe tan sombrío como siempre.
En los territorios palestinos, el gobierno electo democráticamente de Hamas en Gaza y el presidente de la Autoridad Palestina, también electo democráticamente, están enfrascados en lo que parece un duelo a muerte, que ha conducido a Gaza a un hoyo negro económico y a la parálisis, ya que también ha abierto espacios a la intransigencia israelí. Mientras todo esto sucede, el supuesto salvador político, Marwan Barghouti, permanece en una prisión israelí con una sentencia de cadena perpetua.
Mientras tanto, los resultados de las elecciones presidenciales de Irán fueron manipulados efectivamente, lo que a su vez fracturó a la élite gobernante y dejó a los dirigentes más aislados y suspicaces que nunca desde la guerra entre Irán e Irak de los años ochenta. Del otro lado de la frontera, el presidente de Afganistán igualmente decidió no dejar a la suerte –o al pueblo afgano–su reelección.
Estas no son sino las señales más recientes de que los últimos experimentos democráticos en Medio Oriente muy a menudo sólo han aumentado la inestabilidad. Algunas veces, la fuente de esa inestabilidad es intrínseca: problemas de sucesión, fraude electoral, corrupción, la ausencia del Estado de derecho, violaciones a los derechos humanos o discriminación étnica oficial. Cualquiera que sea el caso, está creciendo la agitación en las poblaciones de la región, y la brecha entre los dirigentes y los gobernados se está ensanchando.
Los Estados del Medio Oriente pueden describirse con varias palabras: fallidos, congelados, flexibles, florecientes o aterradores. Por ejemplo, Yemen es ahora un Estado fallido. Sus instituciones políticas han dejado de funcionar, lo que ha conducido a una guerra civil en el norte y al separatismo en el sur del país. Mientras tanto, Al Qaeda ha encontrado un refugio seguro en Yemen, a medida que el Estado se desintegra.
Los Estados congelados incluyen a Arabia Saudita, donde la “democracia” se omite en el discurso oficial, las elecciones, incluso las limitadas, se han suspendido y la sucesión real sigue siendo un secreto que no se divulga a la población. Los Estados congelados se ven más estables en el corto plazo, puesto que los ingresos derivados del petróleo todavía logran la subordinación y sumisión de la mayoría de sus súbditos, pero la estabilidad coincide con la posibilidad de un aumento de la violencia y el descontento debido a las quejas generalizadas contra el gobierno sectario.
A los Estados flexibles de la región les atemoriza la guerra. Muchos la han experimentado recientemente y ansían la estabilidad y el desarrollo económico. A pesar de las luchas sectarias, especialmente en Iraq y Líbano, algunos Estados flexibles esperan reconstruir su estabilidad celebrando elecciones. Como vimos en Líbano e Iraq en 2009, otros quizá no podrían.
Los pequeños emiratos del Consejo de Cooperación del Golfo –con la excepción de Dubai que actualmente se tambalea—son Estados florecientes que se han unido a la economía global mediante reformas políticas y económicas. El manejo de la inclusión social y política no es difícil en Estados que tienen la suerte de contar con una posición favorable en una de las rutas comerciales más importantes del mundo, con tradiciones cosmopolitas y comerciales, con una enorme riqueza petrolera y con poblaciones pequeñas.
El Estado aterrador de la región es Estados Unidos, al que después de los ataques terroristas de septiembre de 2001 le urgía lograr cambios democráticos de los regímenes –una política fallida que parece haber dejado al país sin posibilidades de retirarse. Otras dos potencias extranjeras, Rusia y China, han establecido una presencia estratégica en la región, pero la búsqueda de sus intereses, que son principalmente económicos, no es desestabilizadora y no tiene nada que ver con la promoción de la democracia.
El cambio de administración en Washington sustituyó el énfasis estadounidense en democratizar el Medio Oriente con un enfoque más realista en 2009. Sin embargo, Barack Obama ha aumentado las expectativas de una transformación de las relaciones de su país con la región. ¿Puede eso suceder sin la democratización?
El petróleo no es un elemento disuasivo confiable para la democracia a largo plazo, debido a la volatilidad de los precios y el desarrollo de fuentes de energía alternativas. Además, los experimentos democráticos en países como Qatar, el único Estado de la península arábiga, además de Arabia Saudita, que aplica la austera versión wahabita del Islam, nos ofrecen un revelador contraste. Si los wahabitas sauditas aceptan los procedimientos democráticos, el wahabismo tendrá que cambiar sus actitudes y principios rectores.
En Kuwait, otro Estado floreciente, la participación wahabita en el parlamento sólo se dio después de que el Gran Mufti de Arabia Saudita, el Sheik Abdul Aziz Bin Baz, y su sucesor, el Sheik Abdul Aziz Al Sheikh, dieran su permiso. Aparentemente, las clases dirigentes wahabitas de Arabia Saudita únicamente se oponen a las reformas democráticas en casa, donde el poder del régimen se debilitaría.
Tras la turbulencia y la violencia de las elecciones presidenciales de Irán en junio, la cuestión de la democracia ha pasado a un primer plano para los Estados y la población de la región. En Irán, un movimiento local está presionando a favor de las reformas, y el tipo de Islam que se aplica en el país, que a primera vista parece el más implacable, podría hacerse más moderado y democrático, debido en parte a la tradición chiíta del ijtihad , el debate o la innovación religiosos.
Pero la presión por la democratización no está vinculada solamente con el petróleo, el Islam o las políticas estadounidenses. Las fuerzas demográficas y las tecnologías de la globalización también están generando presiones por un cambio. Una población joven en su inmensa mayoría está teniendo contacto con el mundo exterior y comunicándose con otros jóvenes de la región –mediante viajes, la televisión por satélite, o Internet—como nunca antes. Esto ha creado exigencias de derechos sociales y políticos y de mayores oportunidades económicas, lo que genera tensiones crecientes para los gobiernos autoritarios.
En efecto, el cambio político en Medio Oriente será cada vez más una cuestión interna a partir de 2010. Si bien algunos experimentos democráticos han creado mayor inestabilidad, los países más pobres no tienen más opciones que seguir por esa senda. En cuanto a los que dependen exclusivamente del petróleo para garantizar una estabilidad continua, aplazar la democratización conducirá a la violencia a largo plazo. A menos que las políticas sectarias se sustituyan por la inclusión, los Estados de la región seguirán en condiciones de turbulencia prolongada.


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