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El significado de Chernóbil

KIEV – Comenzó como un día gris y lluvioso de primavera, como tantos otros en mi tierra, y acabó con pavor y luto.

Naturalmente, ninguno de nosotros supo el preciso momento en el que la catástrofe azotó en Chernóbil hace 25 años. Entonces vivíamos en un sistema que denegaba a las personas corrientes derecho alguno a conocer ni siquiera hechos y acontecimientos esenciales, por lo que se nos mantuvo en la ignorancia sobre la radiación que se filtraba desde el reactor destrozado en Chernóbil y volaba arrastrada por los vientos en el norte de Europa.  

Pero lo más extraño del desastre de Chernóbil fue –como ahora sabemos– que también se mantuvo en la ignorancia sobre la magnitud del desastre a Mijail Gorbachev, Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética. De hecho puede que fuera eso precisamente lo que acabara condenando el viejo sistema al basurero de la Historia tan sólo cinco años después. Ningún régimen basado en un autoengaño ilimitado puede conservar ni una pizca de legitimidad, una vez que se revela la magnitud de su autoengaño.

Como en aquel momento sólo llegaron hasta los ucranianos corrientes fragmentos de información fiable, mis recuerdos de Chernóbil son necesariamente imprecisos. Ahora sólo recuerdo los primeros susurros espantados sobre el desastre de un amigo de la familia. Recuerdo el miedo abyecto que sentí por mi hijita. Siguió en seguida un auténtico torrente de rumores casi histéricos e historias que iban llegando poco a poco sobre el desastre.

Naturalmente, todos aquellos recuerdos siguen indelebles, pero, incluso 25 años después, me resulta difícil relacionar lo que sé de verdad del desastre con el momento en que me enteré de él.

Hoy la fusión de Chernóbil recibe un juicio severo desde los puntos de vista moral y metafísico. Proyecta una obscura sombra sobre la humanidad, que no se había visto desde los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki en 1945.

Pero, a diferencia de la crisis nuclear de Fukushima, en el Japón, la verdadera enseñanza que se desprende de lo sucedido en Chernóbil no se refiere a la seguridad de las centrales nucleares, sino a la arrogancia y la indiferencia oficiales ante el sufrimiento y un culto al secretismo que permite que sólo una pequeña minoría dominante y obsesionada con la estabilidad compartiera la información. Ahora mismo se recuerda a los ucranianos las consecuencias de esa mentalidad... y lo hace un gobierno que ha hecho recortes drásticos en las prestaciones de salud para los hombres que lucharon heroicamente a fin de contener el desastre de Chernóbil.

Entonces, ¿cuál fue la causa de la negligencia con la que se abordó la crisis de Chernóbil? ¿A qué se debió semejante despreocupación arrogante por la salud de quienes vivían cerca de la central, por aquellos hombres y mujeres heroicos que intentaron limitar el desastre (a los que los funcionarios siguen tratado como a títeres) y para los millones de personas que vivían bajo la nube radioactiva que se dispersaba?

La indiferencia gubernamental es un estado mental extraño y anormal, en el que se desdibujan las divisorias entre el crimen y el castigo, la crueldad y la compasión y el bien y el mal. Como me crié en la URSS, sé que los dirigentes soviéticos hicieron del desprecio del sufrimiento y de los pruritos morales prácticamente un fundamento de su concepción del gobierno. Los gobiernos que no rinden cuentas casi inevitablemente dejan de preocuparse por la suerte de sus ciudadanos.

¿Puede ser la indiferencia una virtud alguna vez? Naturalmente, en momentos de horror, como el Holacausto y el Holodomyr (“genocidio”) ucraniano, unas personas aisladas e impotentes pueden envolverse en la indiferencia simplemente para conservar una pizca de cordura, pero, aun en esos casos, no se puede justificarla totalmente y le sigue invariablemente la indecible y persistente culpa de la que Primo Levi escribió tan conmovedoramente.

Sin embargo, la que es en verdad imperdonable es la indiferencia oficial, tal vez porque los funcionarios indiferentes nunca sienten la culpa sobre la que escribió Levi. De hecho, para algunos dirigentes políticos, la indiferencia es seductora. Resulta mucho más fácil apartar la vista de los ciudadanos que afrontar su grave situación. Resulta mucho más fácil –y con frecuencia menos costoso– evitar las circunstancias trágicas de las personas que ajustar las políticas a sus necesidades.

Para el funcionario del Estado que da la espalda al sufrimiento, los ciudadanos de su país carecen de importancia. Sus vidas son insignificantes. Su angustia oculta o incluso visible carece de valor, es la desesperación de una cifra.

Semejante indiferencia es más peligrosa que la ira y el odio. La ira puede ser en realidad artística y políticamente creativa. Pushkin escribió algunos de sus mayores poemas imbuido de ira; Beethoven escribió sus grandes sinfonías presa de emociones intensísimas y Nelson Mandela, Václav Havel y Aung San Suu Kyi padecieron prisión porque se sintieron irritados ante la injusticia que presenciaron.

En cambio, la indiferencia nunca es creativa, porque significa que nunca habrá reacción ante la injusticia ni ayuda para los que sufren. Es el instrumento de los gobiernos que son, en realidad, enemigos de su pueblo, pues sólo beneficia al gobernante y nunca a la víctima, cuyo dolor intensifica la negligencia. No prestar atención a la difícil situación de los presos políticos, los niños hambrientos, los refugiados de Chernóbil sin hogar o los trabajadores irradiados y necesitados de ayuda médica durante toda su vida y negarse a ofrecerles una chispa de esperanza es exiliarlos a un infierno de desesperanza. Los funcionaos gubernamentales que deniegan la solidaridad humana de ese modo niegan su propia humanidad.

Desde su celda de la cárcel y en espera de su ejecución por la Gestapo de Hitler, Dietrich Bonhoeffer declaró que todos debemos “compartir el sufrimiento de Dios”. Para Bonhoeffer, la indiferencia no sólo es un pecado, sino también una forma de castigo. Tal vez sea ésa la enseñanza fundamental que se desprende de lo sucedido en Chernóbil: los gobiernos que sistemáticamente cierran los ojos ante la suerte de sus ciudadanos se condenan a sí mismos en última instancia.

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