Es temporada de elecciones en Alemania, Francia e Italia, así es que se acabó el tiempo para las reformas estructurales.
Paradójicamente, estas podrían ser buenas noticias para quienes piensan que Europa debería contribuir al crecimiento mundial, aumentando su demanda interna. De hecho, se dice en estos días que lo que explica el hecho de que Francia haya crecido últimamente el doble de rápido que Alemania es que los consumidores franceses han dejado de preocuparse por las reformas sociales.
En cuanto el Ministro de Finanzas, Nicolas Sarkozy, decidió dejar el gobierno y comenzar a hacer campaña para la presidencia, el Presidente actual, Jacques Chirac, dejó de lado todos los planes de reformas que pudieran quitarle votantes. De modo que la reforma a la salud o incluso una reforma parcial a las pensiones tendrán que esperar unos cuantos años.
Al mismo tiempo, un "libro blanco" producido recientemente por un grupo encabezado por el ex jefe del FMI, Michel Camdessus, y al que se le encargara proponer el tipo de reformas estructurales necesarias para lograr el crecimiento de la economía, fue recibido con el usual grito en el cielo por los sindicatos. La mayor parte de sus razonables propuestas se convertirá pronto en otro ejemplo de buenas intenciones olvidadas. Vuelta a lo habitual en Francia.
Por otra parte, según una reciente encuesta publicada en el influyente periódico Die Welt , los hogares alemanes están de un ánimo más sobrio: la mayoría tiene intenciones de recortar los viajes de vacaciones (lo que, obviamente, no significa que trabajarán más; sólo pasarán en casa algunas de sus muchas semanas de vacaciones pagas) y posponer las compras que requieran mucho dinero. ¿Por qué? Están preocupados por el debate sobre la reforma de las pensiones, los cambios en el sistema de salud y las nuevas reglas para obtener beneficios de desempleo.
Pronto su ánimo podrá iluminarse un poco: el Canciller Schröder también se está preparando para la reelección. Incluso puede tener una oportunidad, ya que su partido, el SPD, está reviviendo en las encuestas. Por consiguiente, han desaparecido de sus discursos las referencias a la necesidad de impulsar las reformas. Como resultado, tal vez ocurra la largamente esperada reactivación del consumo alemán (que ha estado desinflado durante casi una década).
En Italia, el Primer Ministro Berlusconi esperó tres años y medio antes de decidirse a cumplir su promesa electoral de hacer un recorte de impuestos. Pero los recortes de impuestos reales también significan cortes en el gasto y, como las elecciones se efectuarán en apenas un año más, ya es demasiado tarde. Preocupado de la pérdida de votos que significaría recortar el gasto, Berlusconi está proponiendo un recorte de impuestos de menos del 0,3% del PGB y que se financiará en parte con otros gravámenes. Si los alemanes están deprimidos, los italianos están en coma.
De estas experiencias se puede recoger una lección. En realidad, los europeos no quieren reformas y los políticos están muy conscientes de eso. O, para ponerlo de manera diferente, los intereses especiales son tan fuertes y están tan enraizados que cualquier intento por realizar reformas genera poderosas presiones en su contra.
Así es que los políticos en campaña prometen lo imposible: reformas que producirán una prosperidad inmediata y sin costo para nadie. Cuando (¡oh, sorpresa!) esto demuestra ser imposible, renuncian del todo a las reformas. Mientras tanto, provocan un grave daño, ya que los europeos están tan preocupados por la perspectiva de que se impulsen reformas que la mera posibilidad de que se lleven realmente a la práctica los hace temblar.
De hecho, hay dos problemas con toda esta cháchara y su poca o nula acción real acerca de las reformas estructurales. Primero, causa ansiedad en los consumidores y deprime la demanda. Segundo, da tiempo para que los grupos de presión contrarios a ellas se organicen e impidan todo avance hacia la concreción de las iniciativas reformistas.
Un plan políticamente más exitoso sería adoptar en enfoque del "big bang": implementar rápidamente un amplio conjunto de reformas que quiebren la oposición de los intereses especiales y dejen suficiente tiempo antes de la siguiente elección como para que los votantes puedan sentir sus beneficios. Cuando los consumidores vean los beneficios de la desregulación del mercado, por ejemplo, tal vez se sientan compensados por tener que trabajar más tiempo para su jubilación. Pero no hay político europeo a la vista que parezca proclive a adoptar esta visión.
¿Significa esto que Europa, al menos Europa Occidental continental, está condenada? No necesariamente. Alemania, Francia e Italia son países ricos. Incluso sin reformas, serán capaces de permitirse una forma de vida civilizada por muchos años más. No hay duda que, de tarde o temprano, terminarán siendo más pobres en relación con otras economías que crezcan más rápido. Pero, después de todo, Argentina necesitó casi un siglo de mala administración para pasar de estar casi en la cima de los ingresos per cápita a su relativa pobreza actual.


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