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El Reino y el caos afgano

LONDRES – Como parte de sus esfuerzos por estabilizar su país, el presidente de Afganistán, Hamid Karzai, llegó la semana pasada, vestido con una túnica blanca, a la Meca en lo que sólo puede describirse como una peregrinación diplomática. Aunque Karzai indudablemente dedicó un tiempo para rezar en el sitio más sagrado del Islam, el objetivo de su misión era demostrar más que su devoción.

¿Qué beneficio diplomático o financiero buscaba Karzai? ¿Por qué viajar a Arabia Saudita justo en el momento en que comienza el aumento de las operaciones militares del presidente estadounidense Barack Obama? ¿Puede Arabia Saudita desempeñar un papel serio para resolver el conflicto cada vez más sangriento en Afganistán?

Un elemento que pueden utilizar los sauditas es su estricta ideología islámica, que los talibanes comparten. En efecto, los sauditas, apoyados por los servicios de inteligencia militar pakistaníes, apoyaron a las madrazas donde se educaron los talibanes antes de ir a buscar el poder en la década de los noventa. En teoría, los sauditas también tienen la influencia económica tanto para atraer a los talibanes como para contenerlos. Puesto que estuvieron presentes en la creación de los talibanes, los sauditas saben cómo dirigirse a sus líderes.

Además, Arabia Saudita ha estado cada vez más dispuesta a utilizar la Meca como foro para intentar resolver disputas políticas regionales. Al parecer, el régimen saudita descubrió hace poco el gran poder blando que le otorga su custodia de la Meca y Medina –los sitios más sagrados del Islam. En efecto, la Meca se ha convertido en un lugar importante para realizar cumbres políticas y en un instrumento de mediación, si no es que de manipulación de los medios.

Por ejemplo, en octubre de 2006, la Meca se utilizó para llevar a cabo negociaciones entre las facciones sectarias de Iraq. En febrero, el gobierno palestino de unidad nacional, que no duró mucho tiempo, fue el resultado de una cumbre que ahí tuvo lugar. En diciembre de 2007, el presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, celebró la Hajj por invitación personal del Rey Abdullah, ello marcaba la primera vez que un jefe de Estado de la República Islámica pudo hacerlo.

En octubre de 2008, se sostuvieron en el Reino pláticas de mediación entre los talibanes y el gobierno afgano después de una solicitud de Karzai al Rey Abdullah, a quien llama "el líder del mundo musulmán." Los talibanes no podían despreciar una invitación a negociar en la Meca.

Actualmente, el régimen saudita utiliza el estatus de la Meca entre los musulmanes de una forma calculada que pretende reafirmar la condición suprema del Reino como el “Estado líder” del mundo islámico. Mediante el uso estratégico de la Meca, se espera que los radicales de la región –los chiítas de Iraq, Hamas, Hezbolá, los talibanes y los iraníes- experimenten una suerte de “cura” a medida que obtengan acceso a los sitios sagrados del Islam. Al mismo tiempo, se les recuerda a los potenciales rivales árabes sunitas, como la Jordania hachemita y Egipto, que Arabia Saudita sigue siendo el centro ideológico del Islam.

Pero el poder blando saudita va más allá de la custodia de la Meca y Medina, puesto que su diplomacia también tiene el respaldo de las mayores reservas de petróleo del mundo. Esto podría ayudar a que los talibanes aceptaran las negociaciones – e incluso a que renunciaran a la violencia–   si el dinero saudita se utiliza para ayudar a que los guerreros talibanes construyan una nueva vida.

La misión diplomática de Arabia Saudita en Afganistán es un paso esencial en sus esfuerzos por limpiar su imagen y restablecer su reputación en Occidente, particularmente en los Estados Unidos, que no han olvidado que la mayoría de los secuestradores del 11 de septiembre de 2001 era ciudadanos sauditas y que el gobierno no pudo controlar a los talibanes durante los años previos a esos ataques. La posterior caída de los talibanes en Afganistán como consecuencia de la invasión encabezada por los Estados Unidos puso al régimen saudita en una situación embarazosa, porque había reconocido al gobierno talibán en 1997 y lo había apoyado ideológica y financieramente. En efecto, Arabia Saudita fue uno de los tres únicos países, junto con Pakistán y los Emiratos Árabes Unidos, que estableció relaciones diplomáticas con el gobierno talibán.

Si bien las tensiones bilaterales comenzaron a aumentar a partir de 1998 debido a la negativa de los talibanes de entregar a Osama bin Laden a Arabia Saudita (su patria), el Reino esperaba que la diplomacia del petrodólar podría resolver este problema. Los sauditas incluso invitaron a funcionarios talibanes –incluyendo al mulá Omar –a que celebraran la Hajj . Mohammed Rabbani, el primer ministro talibán, lo hizo ese año y sin embargo su gobierno no entregó a bin Laden.

Para los sauditas, un esfuerzo para rehabilitar a los talibanes, a pesar del daño que han causado a la postura diplomática del Reino en Occidente, tiene un objetivo estratégico. El Reino ha resultado afectado por el ascenso de los chiítas del otro lado de la frontera en Iraq y está empeñado en mantener la supremacía sunita en las tierras islámicas más al Este. No obstante, se dan cuenta de que con Karzai la influencia saudita ha disminuido en Afganistán desde 2001, mientras que la de los iraníes se ha fortalecido.

Los iraníes se oponen firmemente a que los talibanes vuelvan a controlar el gobierno afgano. Cultural, étnica y lingüísticamente, los afganos están más cerca de los iraníes que de los árabes. Los sauditas, al margen de compartir su ideología con los talibanes y de haber reconocido al gobierno talibán, no entienden la diversidad y fluidez de la sociedad afgana.

La ambivalencia saudita en cuanto a Karzai, a pesar de ser un musulmán sunita, quedó abiertamente de manifiesto durante su visita al Reino. En efecto, el Rey Abdullah envió a un príncipe menor a que lo acompañara a la Meca, una afrenta diplomática calculada.

Así pues, la pregunta que se plantea ahora a los sauditas es cómo lograr traer a los talibanes a la mesa de negociación. Su mayor esperanza está en Pakistán, que considera a Afganistán en términos estratégicos muy similares a los de Arabia Saudita, pero con la India, en lugar de Irán, como rival en la búsqueda de influencia. Dada la idea de la administración Obama de que Pakistán es esencial para cualquier solución en Afganistán, los sauditas tal vez hayan hecho una buena apuesta al elegir un socio diplomático para determinar el final del proceso afgano.

Puesto que únicamente quedan 18 meses antes del retiro de las fuerzas estadounidenses según lo prometido por Obama, la estrategia occidental está claramente dirigida a separar los talibanes “buenos” de la “malvada” Al Qaeda. Pero, ante el historial de Arabia Saudita de apoyar el radicalismo en Afganistán, es muy poco probable que el Reino pueda ayudar a lograr ese objetivo.

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