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La identidad islámica

Actualmente, a donde sea que volteemos, se utiliza al Islam (y se abusa de él) como fuerza política. Algunos musulmanes lo emplean como llamado a actuar; muchos en el Occidente (y en otros lugares) lo perciben como un "otro" al que hay que contener y excluir. Como turca, yo experimento directamente ambos lados de ese debate.

La razón por la que el Islam parece a ojos de los occidentales una religión de lo "otro" es que en Occidente se ha dado una desinstitucionalización sistemática de la religión. Por supuesto, no es la religión lo que ha desaparecido de la vida moderna occidental, sino lo que pueden hacer las instituciones religiosas sobre el comportamiento individual. La religión en el mundo moderno es una experiencia mucho más personal y espiritual que nunca.

Sin embargo, también en el Islam se está dando un proceso de desinstitucionalización de la experiencia religiosa. La politización del Islam está sustituyendo la autoridad de la clase religiosa, la ulema . Al igual que en Occidente, la experiencia religiosa islámica se está volviendo más personal. Uno de los resultados es la interpretación de los textos religiosos a título personal que están haciendo los musulmanes, incluyendo a militantes políticos, intelectuales y mujeres. Otro, es la vulgarización del conocimiento religioso, que abusa de las enseñanzas del Corán y las saca de contexto para apoyar fines políticos.

¿Quién decide ahora qué es legítimo y qué es ilícito en el Islam? ¿Quién tiene la autoridad para interpretar los textos religiosos? ¿Quién puede emitir una "fatwa" o declarar la "jihad"? Hoy en día, el activismo y el terrorismo ofrecen, o más bien imponen, una nueva fuente de legitimidad. Así, son legos quienes deciden qué significa y qué no el Islam, sin la autoridad de las escuelas religiosas y de una formación especializada.

En efecto, al Islam se le interpreta actualmente a través de actores políticos y movimientos culturales y no de instituciones religiosas. La desinstitucionalización ha permitido que el Islam pase de ser un lazo social local y nacional a forjar vínculos imaginarios entre todos los musulmanes que se sienten oprimidos o desplazados en todas partes. De esa manera, el Islam puede unir a seguidores que antes estaban profundamente divididos: los musulmanes espirituales sufíes y los canonizados de la Shariat; los musulmanes chiítas y los sunnitas; la conservadora Arabia Saudita y el revolucionario Irán.

Al mismo tiempo, el Islam se está desplazando, con los creyentes que están saliendo de las zonas rurales para ir a las ciudades, incluyendo las de Occidente. Muchos ven este movimiento como algo negativo, y subrayan el hecho de que esas personas están desarraigadas socialmente, lo que lleva a la enajenación y, a algunos, al terrorismo. Pero la movilidad social también es una precondición para crear una visión moderna.

Por supuesto, a través de la migración, los musulmanes experimentan una sensación de distanciamiento, si no es que de rompimiento total, de sus orígenes sociales. Así, su experiencia religiosa es de un tipo nuevo, privada de instituciones teológicas, comunitarias o de Estado. La experiencia religiosa se convierte en una forma de imaginación social, dentro de la cual reconstruyen una sensación de pertenencia al Islam en entornos nuevos y extraños. No es la distancia de la vida moderna, sino la proximidad a ella lo que desencadena un regreso a la identidad religiosa.

En efecto, la mayoría de los radicalismos surgen en grupos que, por sus experiencias de movilidad y desplazamiento, conocen el pensamiento político secular y la vida urbana occidental. Desorientados en su nuevo entorno, el Islam se convierte en su ancla.

Pero para que esa ancla funcione, es necesario liberar al Islam de su tradicional postura servil, pasiva y dócil ante la modernidad. Al usar un velo o la barba, al reclamar el derecho de tener lugares para la oración en el trabajo o la escuela y al exigir alimentos especiales, los musulmanes se identifican abiertamente como tales. Le están diciendo a todos los que los rodean que son más celosos y meticulosos en su observancia religiosa que aquéllos que limitan su religiosidad a la vida privada.

Por ejemplo, los no musulmanes generalmente consideran al velo como un signo de degradación e inferioridad para la mujer musulmana. Sin embargo, de ser un estigma, para los musulmanes se ha convertido en un signo de su afirmación positiva de la identidad islámica.

Las mujeres musulmanas jóvenes en Europa ilustran perfectamente esta transformación. Las muchachas que adoptan la pañoleta en la cabeza en las escuelas francesas y alemanas son más cercanas en muchos aspectos (a saber, la cultura juvenil, la moda y el idioma) a sus compañeras de clase que a sus madres, sin educación y que se quedan en casa. Al utilizar la pañoleta en el ámbito público europeo, estas muchachas están alterando involuntariamente el símbolo y el papel de las mujeres musulmanas.

Esta tendencia va más allá de las pañoletas. Todos los musulmanes occidentales tienen un doble sentido de pertenencia, un capital cultural doble. Se definen a sí mismos a través de su religiosidad, pero también han adquirido conocimientos seculares universales. Dado que tienen un capital cultural doble, pueden circular con relativa libertad entre distintas actividades y espacios (el hogar, la escuela, las asociaciones juveniles y los lugares de esparcimiento urbanos).

Ser musulmán y ser islámico no es lo mismo. Lo que estamos presenciando actualmente es un desplazamiento de una identidad musulmana hacia una identidad islámica. El ser religioso para el musulmán se está desplazando del terreno privado al público. La pregunta para todos es si la búsqueda de la identidad puede satisfacerse con pañoletas y una amplia aceptación pública de las prácticas religiosas islámicas, o si la afirmación positiva del Islam exige una renuncia más esencial de la modernidad.

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