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El increíble canciller que pierde tamaño

El viaje de Gerhard Schröder a Versalles la semana pasada para celebrar el cuadragésimo aniversario de Tratado de los Elíseos, que acabó para siempre con la histórica enemistad franco-alemana, y para plantear junto con el Presidente Chirac su oposición a una invasión a Irak liderada por EEUU le permitió mostrarse como una más de la imponente serie de poderosos cancilleres de la Alemania de posguerra. Pero, al igual que la línea de visión del Salón de los Espejos de Versalles, la imagen de un Canciller alemán poderoso es una ilusión.

El Canciller Schröder lo sabe. De vuelta en casa, es el tema de canciones satíricas y el blanco de frívolas demandas judiciales acerca de si se tiñe el cabello o si pasa suficiente tiempo con su esposa. Lo que es más importante, la indecisión de su gobierno para enfrentar los profundos problemas del país en cuanto al sistema de atención de salud, las pensiones y el mercado laboral crea una sensación de parálisis política. Alemania parece atascada en la pasividad, como ocurrió en los últimos años del largo gobierno de Helmut Kohl. Pero Schröder fue electo porque prometió ser más dinámico que Kohl.

¿Qué anduvo mal? Los fracasos de Schröder tienen menos que ver con sus cualidades y política personales de lo que se suele pensar. A pesar del aparente poder de los cancilleres de posguerra de Alemania, el sistema político del país sólo se puede administrar; por lo general es imposible gobernar en el sentido de enfrentar los problemas fundamentales mediante la aplicación de reformas de largo alcance. En momentos en que Alemania lucha por recuperar el crecimiento económico, esta debilidad sancionada constitucionalmente se hace cada vez más evidente.

El problema tiene su origen en la mayor influencia que los partidos gobernantes y las facciones parlamentarias de Alemania tienen en comparación con sus contrapartes de, por ejemplo, Gran Bretaña o Francia. Si un canciller deja de ser popular, como es el caso de Schröder hoy en día, pierde influencia sobre su mayoría parlamentaria. Schröder ganó aprobación al enviar fuerzas militares alemanas a Afganistán sólo cuando hizo que el asunto dependiera de un voto de confianza en su gobierno. Pero una estratagema así sólo es posible en relación con los asuntos de política exterior y, a diferencia de lo que ocurre en Gran Bretaña, se trata de la excepción, no de la regla.

En los asuntos internos, ningún gobierno alemán puede evitar los poderosos comités y comisiones del Parlamento Federal (Bundestag), o forzarlos a comportarse según sus deseos. Los "Barones del Bundestag(, parlamentarios con larga experiencia que dominan los comités legislativos y disfrutan de enorme influencia al interior de sus partidos, no pueden hacer que la política se oponga a la voluntad del gobierno, pero pueden impedir casi cualquier cosa. En contraste con Gran Bretaña, no hay nada parecido a la amenaza de disolver el parlamento. Ni es posible obligar a tomar decisiones sin el apoyo del parlamento, como en Francia.

La soberanía parlamentaria en Alemania significa soberanía, sobre todo y en primer lugar, sobre el gobierno. Cualquier gobierno alemán se encuentra fundamentalmente indefenso frente a su propia mayoría parlamentaria. En eso, el gobierno de Kohl no fue diferente al de Schröder. También fracasó en llevar a cabo reformas a la atención de salud y a las pensiones, incluso si la resistencia en ese momento provino de grupos de intereses diferentes.

El problema es estructural: los miembros del Bundestag dependen de organizaciones partidarias locales o regionales, no del líder de su partido, para su supervivencia y desarrollo políticos dentro de la jerarquía del Bundestag. Una vez que un canciller se hace impopular, no importa por qué razón, estas organizaciones partidarias ya no lo ven como un ganador de votos, y los barones de la mayoría parlamentaria frustrarán la implementación de reformas que sean dolorosas, no importa lo necesarias y benéficas que puedan resultar.

La principal fuente del poder de los barones es el hecho de que los gobiernos de Alemania no tienen a dónde recurrir. A diferencia del Presidente de EEUU, que puede buscar votos para apoyar sus políticas incluso en el partido opositor en el Congreso, un Canciller alemán promete no gobernar si eso implica buscar el apoyo de los miembros de los partidos de oposición. Más aun, la oposición por lo general está más orientada hacia la próxima elección que a proporcionar apoyo al Canciller para siquiera un único tema, incluso si es uno que desea promover.

Los partidos políticos alemanes son constitucionalmente más poderosos que en otros países occidentales. La Ley Básica alemana impide al gobierno aplicar leyes contra la voluntad y la decisión de los cuerpos estatutarios del partido gobernante. Las primarias de los partidos, las decisiones de los comités ejecutivos partidarios y los congresos de los partidos toman el carácter de instituciones públicas con autoridad informal para bloquear la política del gobierno.

La parálisis resultante se ve agravada por el tipo de federalismo alemán. La Bundesrat, la cámara alta donde están representados los estados federales (Bundesländer), debe aprobar la mayor parte de las leyes. Desde la década de 1970, ningún gobierno ha mantenido una mayoría en la Bundesrat por demasiado tiempo, puesto que la oposición en el Bundestag ha ganado desde entonces la mayoría en la Bundesrat después de las elecciones estatales a mitad del período. Como resultado, el veto de la oposición puede amenazar cualquier legislación, bloqueando toda reforma que dañe a sus votantes.

En pocas palabras, los barones parlamentarios del partido gobernante, apoyándose en la prohibición de buscar el apoyo de la oposición, pueden sabotear los proyectos legislativos que no sean de su agrado. Las instituciones partidarias de los socios de la coalición pueden ejercer una enorme influencia sobre las reformas planeadas, incluso al punto de detenerlas. El federalismo forma una barrera final para el cambio, al permitir que los partidos de oposición alteren, diluyan y rechacen leyes que sean perjudiciales para su clientela.

Los logros en política exterior de Konrad Adenauer y Willi Brandt crearon una ilusión de poder del Canciller alemán. Hoy en día, el gobierno alemán se asemeja al sistema liberal del siglo XVIII, con derechos de vetos instalados a lo largo de todo el proceso de toma de decisiones. Cualesquiera sean los errores y las insuficiencias propias de Schröder, su significación es poca (para el futuro de Alemania y de la UE) en comparación con la debilidad de su cargo.

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