Friday, October 31, 2014
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¿La próxima misión del FMI?

La economía mundial está cada vez más amenazada por las reacciones de unos mercados volátiles ante los desequilibrios planetarios en un momento en que el FMI ha perdido en gran medida su razón de ser original como principal institución monetaria del mundo. Esos dos fenómenos deben estimular al Fondo para que adopte un nuevo objetivo como gestor de las reservas del mundo.

En el decenio de 1960, el FMI resolvió los problemas de todas las grandes economías y en los de 1980 y 1990 pasó a ser un gestor de crisis para los mercados en ascenso, pero esa tarea resulta mucho más difícil ahora, en vista del tamaño de algunas de las grandes economías en ascenso, y, en cualquier caso, el foco del nerviosismo financiero está volviendo a situarse en los países principales de la economía mundial, como, por ejemplo, los Estados Unidos, el Reino Unido y Australia, que están financiando grandes déficits por cuenta corriente con los superávits de países mucho más pobres.

Esos superávits reflejan tasas elevadas de ahorro, tanto en el sector privado como en el público, en los países productores de petróleo y en las economías asiáticas en ascenso, como resultado de las cuales se ha producido una rápida acumulación de divisas, pero no se trata de una bendición precisamente para esos países. Sus reservas han llegado a ser tan grandes, que incluso el anuncio de un pequeño cambio en los activos –de euros a dólares, pongamos por caso– puede provocar movimientos en los mercados y causar alteraciones y pánicos. Como en el caso de los regímenes de reservas del pasado que ofrecían una variedad de activos (por ejemplo, el dólar, la libra y el oro en el período de entreguerras), la inestabilidad es inherente a esa situación.

Los nuevos intentos de los países con superávits de encontrar otros activos de reserva han resultado problemáticos. La mayor parte de la atención se ha fijado en el billón de dólares de China y sus esfuerzos para mantener el valor de dichos activos. Este verano, a la diversificación consistente en invertir unos 3.000 millones de dólares que estaban en letras del Tesoro de los EE.UU. en el fondo patrimonial privado Blackstone siguió rápidamente un embarazoso desplome de su valor.

En la parte receptora, los gobiernos de los países industriales están preocupados por que se estén utilizando estratégicamente los fondos soberanos de riqueza (FSR) y no siguiendo simplemente la lógica del mercado. Incluso el logrado modelo para los FSR, Temasek de Singapur, que durante mucho tiempo pasó inadvertido, está atrayendo ahora un nivel de atención que sus propietarios y gestores nunca desearon.

La preocupación en aumento es comprensible. Al fin y al cabo, en vista de que en la actualidad los bancos centrales de las economías de mercado en ascenso y los FSR dominan en realidad los mercados de capitales, los resultados ya no son consecuencia de la interacción de millones de conjeturas, decisiones o estrategias independientes. Cuando entidades de esas dimensiones adoptan decisiones, han de actuar por fuerza de forma estratégica. Todas las partes empiezan a sospechar una manipulación política.

Pero se pueden resolver las controversias resultantes y se puede neutralizar el veneno político mediante la vigilancia por parte de las instituciones multilaterales que están comprometidas con la consecución del bien general. Ésa debe ser la función principal del FMI. En realidad, la vigilancia hoy en día consiste simplemente en dar consejos, pero en el decenio de 1960, cuando el FMI aún supervisaba las reglas del sistema de paridad del orden de Bretton Woods antes de su desintegración en 1971, la vigilancia estaba vinculada con la eficacia del Fondo como importante intermediario financiero.

La capacidad del FMI para prestar asesoramiento sólido a los países más importantes, como, por ejemplo, el Reino Unido, resultaba intensificada por la dependencia por parte de dichos países de los recursos del FMI. La capacidad financiera del FMI era lo que le daba su fuerza y esa capacidad resultaba intensificada por los préstamos del Fondo, en un principio del G-10, que estableció los Acuerdos Generales para la Obtención de Préstamos.

En los años posteriores al hundimiento de Bretton Woods, el FMI se reinventó como vehículo principal para gestionar los superávits resultantes de las crisis de los precios del petróleo del decenio de 1970. Tomó prestado de los nuevos países con superávits, con lo que gestionó los nuevos activos de éstos mediante la intermediación del FMI. Gracias a ello, el Fondo pudo prestar a los países que padecieron crisis a consecuencia de los precios del petróleo.

De hecho, un gran protagonista financiero puede desempeñar un papel estabilizador. En el pasado, el comportamiento anticíclico de grandes instituciones privadas estabilizaba las expectativas de los mercados durante los períodos de pánico. La Casa de los Rothshild dio estabilidad a la primera mitad del siglo XIX. En los grandes períodos de pánico de 1895-96 y 1907, J.P. Morgan calmó la economía de los EE.UU. En el momento de la Gran Depresión del decenio de 1930, no hubo una capacidad equivalente. En 2007, hay algunas señales de que Goldman Sachs se siente obligado a prestar contra su voluntad para estabilizar los mercados.

El FMI podría ser un potente estabilizador de los mercados, si gestionara una parte importante de los activos de reserva de los nuevos países con superávits, porque estaría en condiciones de apostar contra los especuladores, lo que en última instancia beneficiaría a los propietarios de activos de reserva, quienes, en vista de su acumulación de grandes superávits, tienen un interés similar en la estabilidad económica y financiera del mundo. Al mismo tiempo, la gestión de los activos de reserva por un gestor de activos internacionalmente controlado eliminaría las sospechas y dudas sobre la utilización de los activos para fines políticos estratégicos.

Pero, para desempeñar completamente esa nueva tarea, el FMI necesitaría recuperar la confianza de sus miembros. El aumento de las reservas en muchos países asiáticos fue una reacción deliberada ante la crisis financiera de 1997, que avivó la desilusión respecto del FMI. Así, pues, antes de que el Fondo pudiera desempeñar el papel de gestor de las reservas mundiales, los nuevos países con seuperávits necesitarían ejercer mucha mayor influencia en su gobierno. Sólo entonces podrían estar seguros de que no serían objeto de una manipulación políticamente motivada.

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