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La bomba de la deuda estatal

STANFORD – A medida que las economías de todo el mundo vuelven a crecer, después de la recesión más profunda en una generación, se está prestando mayor atención a unos déficits fiscales enormes y unos aumentos inmensos de la deuda estatal. Los déficits previstos para este año (como porcentaje del PIB) ascenderán, según cálculos aproximados, a un notable 13,5 por ciento en el caso de los Estados Unidos, el doble del más alto anterior en el momento más intenso de la horrorosa recesión de comienzos del decenio de 1980. En las otras economías más importantes, son así: el Reino Unido, 14,4 por ciento; Francia, 8,2 por ciento; la India, 8 por ciento; el Japón, 7,4 por ciento; Italia, 5,4 por ciento; Alemania, 4,7 por ciento; China, 4,2 por ciento; y el Canadá, 2,4 por ciento.

Además de la automática reducción de los ingresos fiscales y del aumento del gasto en asistencia social durante una recesión, muchas naciones añadieron grandes aumentos de gasto o reducciones de impuestos –o ambas cosas– para intentar estimular sus economías. El aumento del déficit es la suma de esos “estabilizadores automáticos” y programas discrecionales. Las mayores reacciones en forma de políticas discrecionales han sido la de los EE.UU.,  equivalente al 4,8 por ciento acumulativo del PIB, y la de China, equivalente al 4,4 por ciento, en el período 2008-2010, mientras que ha sido modesta en Alemania y el Canadá y menor en el Reino Unido, Francia y la India.

El mayor aumento automático del déficit ha sido también el de los EE.UU., mientras que ha sido modesto en el Reino Unido y Alemania y menor en el Japón, la India, el Canadá, China, Francia e Italia. Esos efectos automáticos han de comenzar pronto a desaparecer, cuando la actividad económica se recupere, pero se está debatiendo mucho –y también en las reuniones del G-8 y del G-20– sobre si se debe prorrogar o eliminar, repetir o revocar, el estímulo discrecional.

Como cada uno de los dólares, euros, yenes, rupias o yuanes prestados hoy requieren el mismo valor presente en los futuros pagos por intereses –y, por tanto, futuros impuestos–, hay costos importantes a largo plazo que contraponer a los beneficios que los déficits crean hoy: en materia de impuestos nada es gratuito.

Algunos políticos –por ejemplo, el Presidente Barack Obama de los EE.UU. – pregonan sus programas de estímulo fiscal como reacciones eficaces ante la crisis económica. Prometen que darán muestras de responsabilidad fiscal a largo plazo. pero proponen presupuestos con grandes déficits durante años por venir y grandes aumentos en la proporción deuda-PIB.

Los políticos cuyos partidos no están en el poder denuncian los déficits y la deuda como una herencia horrible para nuestros hijos y una carga insuperable para la economía. En los EE.UU. y en el decenio de 1980, los demócratas vituperaron al Presidente Ronald Reagan por los déficits; ahora los republicanos vituperan al Presidente Obama por sus déficits y deuda mucho mayores. Los déficits son cómodos para los políticos, porque ocultan y retrasan el verdadero costo en impuestos del gasto, pero, ¿cuándo son deseables los déficits y cuándo perjudiciales?

Las repercusiones de la economía en el equilibrio presupuestario son más rápidas, seguras e importantes que las de éste en aquélla. Todos los economistas convienen en que debemos dejar que funcionen los estabilizadores automáticos. La política fiscal discrecional es con frecuencia torpe como reacción ante la recesión, en vista de los habituales desfases en la aplicación legislativa y administrativa y la política de favores e intereses que rodea a las decisiones de gasto e impuestos. El actual estímulo de los EE.UU. ha tardado en entrar en la economía más de lo prometido. De hecho, la mayor parte de los fondos de estímulo se gastarán después de que la recesión “parezca haber acabado” y no hay indicios de que haya tenido hasta ahora un gran efecto.

Es adecuado financiar (algunas) inversiones duraderas de capital público mediante empréstitos estatales, ya que los beneficios se acumularán durante muchos años y los contribuyentes futuros se harán cargo de forma equitativa de parte de la carga. Ése es el método habitual en los gobiernos estatales y locales de los EE.UU. También es más eficiente mantener los tipos impositivos estables a lo largo del tiempo y financiar, así, con la deuda las necesidades de grandes gastos temporales, como, por ejemplo, los aumentos de los militares durante una guerra (o para prevenir la guerra) y reducir la deuda posteriormente.

Los empréstitos del gobierno federal de los EE.UU. superaron todos los años los ingresos por impuestos desde el fin de la segunda guerra mundial. Esa financiación de la deuda es a un tiempo equitativa y eficiente, pero poco hay en los actuales programas de estímulo justificable con alguna de las razones antes citadas.

El nivel, composición y aumento del gasto y de los impuestos son los indicadores fiscales fundamentales. Incluso con un presupuesto equilibrado, sigue planteándose la cuestión de la eficacia y la eficiencia del gasto, puesto que cada uno de los dólares de los ingresos estatales cuesta a la economía 1,30 dólares, aproximadamente, dadas las distorsiones de las decisiones privadas causadas por los impuestos.

Los grandes déficits trasladan la factura del consumo actual a generaciones futuras y pueden desplazar las inversiones privadas, con lo que aminorarán la mejora del nivel de vida. Si el nivel de la deuda nacional, la acumulación de todos los déficits anteriores, es alto o aumenta rápidamente en relación con el PIB, los déficits resultan más peligrosos.

La proporción deuda-PIB varía mucho según los países. En los EE.UU, se duplicará, a no ser que el Presidente Obama invierta el rumbo, como hizo el Presidente Bill Clinton cuando el Congreso, dominado por los republicanos, y él equilibraron el presupuesto.

Si los déficits financian el consumo y no las inversiones públicas productivas en infraestructuras, son problemáticos. La financiación del modesto y retrasado componente relativo a las infraestructuras de la mayoría de los programas de estímulo aplicados a raíz de la crisis indica que gran parte de ella no resistiría un examen desde el punto de vista de la relación entre costo y beneficio. Algunos organismos federales de los EE.UU. están intentando gastar diez veces más que sus presupuestos anteriores, lo que no constituye una receta para la eficiencia ni la celeridad. Y, si los bancos centrales monetizan la deuda estatal, gran motivo de preocupación en los mercados financieros, como China advirtió a los Estados Unidos, los déficits pueden provocar inflación.

Esas preocupaciones exigen que se planifiquen, anuncien y apliquen pronto las estrategias fiscales de salida, antes de que los programas de estímulo arraiguen permanentemente, creen grupos poderosos de votantes dependientes e incrementen en gran medida el riesgo de aumento de los tipos de interés, la inflación y la fiscalidad. A ese respecto, los ciudadanos de cualquier sitio, desde Boston hasta Berlín, desde Mumbai hasta Moscú, tienen razón al sentirse consternados ante la explosión de la deuda estatal.

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