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El evangelio del crecimiento

CAMBERRA/SEÚL – Casi cuatro años después del comienzo de la crisis financiera planetaria, la economía mundial sigue estando frágil y el desempleo inaceptablemente elevado. Hay unos 200 millones de desempleados en todo el mundo, incluidos casi 75 millones de jóvenes. El crecimiento está debilitándose en muchos países, los riesgos van en aumento y la incertidumbre se ha intensificado, a consecuencia en particular de los acontecimientos habidos en Europa. Sólo una recuperación rápida y sostenida puede detener el aumento del costo humano del estancamiento económico.

Cuando el G-20 se reúna en Los Cabos (México) del 18 al 19 de junio, su imperativo será el de modificar las impresiones públicas pesimistas y las preocupaciones sobre el futuro y substituirlas por un estado de ánimo optimista en pro del crecimiento y la estabilidad. Es necesario que se adopten medidas resueltas para abordar la incertidumbre que afronta la economía mundial y trazar una vía hacia una recuperación y una creación de empleo autosostenidos.

Vemos dos componentes en dicha estrategia. En primer lugar, es necesario un mensaje claro de Europa –la causa inmediata de preocupación económica mundial–, en el sentido de que está adoptando medidas decisivas para estabilizar y fortalecer sus bancos y de que está centrada en restablecer el crecimiento y, al tiempo, comprometida de forma creíble con la consolidación fiscal. Un elemento decisivo del restablecimiento de la confianza en Europa es el acuerdo sobre una “hoja de ruta” para que la zona del euro apuntale su unión monetaria con una unión fiscal y una unión bancaria, incluidas la supervisión y la garantía paneuropeas de los depósitos.

Es esencial que Europa actúe rápidamente para velar por que sus bancos estén adecuadamente capitalizados y respaldados. A ese respecto, acogemos con beneplácito la reciente decisión adoptada por España de solicitar asistencia financiera de la Unión Europea para la necesaria recapitalización de sus bancos. Se necesitan medidas decisivas para salvaguardar la solidez del sector bancario no sólo a  fin de reducir algunos de los riesgos que preocupan a los mercados, sino también porque unas instituciones financieras saneadas son fundamentales para el crecimiento económico.

Europa debe tener planes de consolidación fiscal para restablecer la sostenibilidad de la deuda, pero también es esencial que tenga una estrategia del crecimiento, compuesta, entre otras cosas, de políticas encaminadas a impulsar la inversión, liberalizar los mercados productivo y laboral, desreglamentar el comercio, fomentar la competencia y acumular aptitudes. Esas reformas, incluida una integración institucional más profunda, serán políticamente difíciles y sus beneficios pueden tardar en resultar plenamente palmarios, pero la elección de una vía clara apuntalará la confianza pública en el crecimiento y la cooperación de Europa a largo plazo.

No subestimamos la magnitud de las reformas que Europa ha logrado en los últimos años. Desde la reunión del G-20 celebrada en Cannes el pasado mes de noviembre, por ejemplo, Europa ha aumentado sus cortafuegos financieros en 200.000 millones de euros (252.000 millones de dólares), ha reestructurado la deuda de Grecia, ha adoptado medidas para fortalecer sus bancos y reglamentos bancarios, ha formulado normas para la disciplina fiscal y ha aplicado diversas reformas de los mercados laboral y productivo.

Pero la magnitud de las dificultades que afronta Europa requiere con urgencia reformas mucho más decisivas. Confiamos en que Europa actúe unida para afrontar dichas dificultades y continúe apoyando esas medidas, porque la estabilidad y el crecimiento europeos nos importan a todos.

En segundo lugar, es necesario un mensaje claro del G-20, en el sentido de que todos sus miembros están aplicando políticas en pro de un crecimiento sólido, sostenible y equilibrado. Para que sea válido, dicho mensaje debe ir acompañado de acciones: los miembros del G-20 deben demostrar que sus políticas van encaminadas claramente a restablecer el crecimiento económico y crear puestos de trabajo y que cumplirán con sus compromisos plenamente y los dirigentes del mundo deben demostrar con claridad meridiana su voluntad de resistirse a la tentación de caer en el proteccionismo y de no poner trabas al comercio y la inversión.

En particular, creemos que un acuerdo internacional sobre la facilitación del comercio es apropiada, porque reduciría los costos de las exportaciones y las importaciones y restablecería el impulso en pro de la liberalización del comercio mundial. El G-20 debe demostrar en Los Cabos que la reforma del Fondo Monetario Internacional continúa. Eso significa que los países deben cumplir sus compromisos de aumentar los recursos del FMI en más de 430.000 millones de dólares y que la estructura de las cuotas y de la gestión idónea del Fondo debe reflejar los actuales cambios mundiales de la influencia económica.

El crecimiento económico y nuevos puestos de trabajo son decisivos para mejorar ahora los medios de subsistencia de la población y velar por la prosperidad de las generaciones futuras. Las reformas necesarias para la consecución de esos objetivos no son fáciles y el cambio no puede producirse de la noche a la mañana, pero el mundo espera que el G-20 cumpla con su obligación.

Traducido del inglés por Carlos Manzano.