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Momento crucial para Alemania

BRUSELAS – Una serie de acontecimientos que ocurrieron durante las últimas semanas pusieron en marcha una espiral descendente para la eurozona. A menos que las autoridades – en especial las autoridades alemanas – actúen con rapidez, el veredicto que dictarán los mercados financieros va a ser despiadado.

En primer lugar, la eurozona no ha logrado revertir la situación. Mario Draghi, Presidente del Banco Central Europeo, tenía razón al señalar que, pese a las numerosas reuniones ministeriales y a las tres cumbres, aún no se implementa la decisión de aumentar significativamente la capacidad de respuesta de la artillería del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF). En la actualidad existen crecientes dudas sobre la eficacia del FEEF.

En segundo lugar, y en parte como consecuencia, prácticamente todas las operaciones bursátiles relacionadas a la deuda de los países de la eurozona se negocian a un descuento en comparación con los Bunds (Bonos Federales) alemanes. Si bien era necesario asignar con mayor precisión un precio al riesgo, es difícil creer que los Países Bajos, con un ratio de deuda de casi 20 puntos porcentuales menos que el ratio de Alemania, merezcan ser evaluados como un país con un riesgo de moratoria más alto. Pero ahora, hasta el poderoso Bund alemán ha comenzado a sufrir por la intensificación de la ansiedad en el mercado.

En tercer lugar, los mercados financieros participantes y, cada vez más las empresas en funcionamiento, son quienes asignan un valor a una posible ruptura de la eurozona, y hasta llegan a considerar el fin del propio euro. Todavía es difícil pensar en lo impensable, y es mucho más difícil afinar detalles relacionados a dicha situación; pero ahora, todo participante racional debe considerar la posibilidad de que lo impensable ocurra. Si las expectativas relacionadas al desastre se amplifican, y un creciente número de participantes empiezan a tomar posiciones que los protejan, las consecuencias podrían llegar a ser abrumadoras. Y, la eurozona no sería la única en sufrir dichas consecuencias.

En cuarto lugar, Alemania se ha convertido en líder indiscutible de la eurozona. Aunque Francia sigue desempeñando su papel como la otra mitad de la pareja líder de la Unión Europea, ha perdido influencia y la capacidad de tomar la iniciativa. Un debilitamiento en la economía francesa, una mayor inestabilidad en las finanzas públicas, y las próximas elecciones presidenciales son factores que se combinan, y alteran el equilibrio con Alemania. La osadía política únicamente puede llevar a Francia hasta cierto punto.

En este contexto, Alemania otra vez se encuentra en una situación similar a la que enfrentó a finales de los años ochenta, cuando el Bundesbank fijaba la política monetaria para el resto del continente. En dicho momento, el canciller alemán Helmut Kohl sabiamente llegó a la conclusión de que el dominio económico alemán de Europa no era propicio para alcanzar un equilibrio estable, y que se debía construir un mejor plan basándose en el peso y la influencia que tenía Alemania para establecer un orden monetario común y permanente. La visión de Kohl fue la que engendró y dio a luz al euro.

Hoy en día, una vez más, lo más beneficioso para Alemania es garantizar una estabilidad duradera en Europa. Con activos en el extranjero por valor de €6 billones ($7.9 billón), la mayoría de los cuales consisten en cobros que se deben hacer a sus socios de la eurozona, Alemania sufriría enormes pérdidas si la eurozona se fragmenta. Los cobros a las entidades dentro de los países socios se tendrían que volver a denominar en monedas más débiles – o caso contrario los prestatarios no los pagarían y entrarían en moratoria. Obviamente, los exportadores alemanes se verían perjudicados por una apreciación cambiaria sustancial.

La canciller alemana Ángela Merkel con sensatez decidió tomar la iniciativa de reforma de la eurozona. Sin embargo, muchos alemanes se sienten engañados por algunos socios irresponsables de la eurozona, lo que da lugar a que irrumpa la tentación de usar el actual poder de Alemania para endurecer las sanciones y así obligar a los países más débiles a adoptar cambios constitucionales, especialmente en materia de política fiscal.

Esta es una actitud arriesgada. Sin duda, Alemania tiene una influencia mucho mayor hoy de la que tuvo en cualquier momento durante los últimos veinte años. No obstante, intentar obtener concesiones unilaterales de socios es una receta para el descontento. Una cosa es ser sancionado por incumplimiento de las normas, como por ejemplo las normas del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, y es una cosa completamente distinta permitir que se destituyan gobiernos y parlamentos nacionales que fueron elegidos, y que una autoridad de mayor rango que no fue electa censure los presupuestos nacionales.

Los miembros de la UE muy probablemente no lleguen a un acuerdo sobre una reforma importante, a menos que Alemania ofrezca algo a cambio. En ausencia de un acuerdo más equilibrado, lo que posiblemente surja de las negociaciones es simplemente otra ronda de sanciones que en gran medida son ineficaces y en última instancia llevan a la polémica.

El quid pro quo natural para el control presupuestario ex ante es la solidaridad mediante la creación de Eurobonos. La responsabilidad solidaria de los bonos públicos sólo se puede concebir si los países que ofrecen su garantía – y por lo tanto ofrecen acceso potencial a sus contribuyentes – pueden ejercer poder de veto y evitar que un país emita más deuda. Por lo tanto, el control ex ante jurídicamente vinculante es una condición necesaria para la emisión de Eurobonos. Por el contrario, renunciar a la soberanía presupuestaria y entregarla a los socios de la eurozona es únicamente aceptable si tal renuncia viene acompañada de una garantía de dichos socios que estipula que ellos vendrán al rescate en caso de accidente.

Alemania debe ser audaz y utilizar su influencia para ofrecer un nuevo pacto a sus socios de la eurozona: garantía mutua de parte de su deuda pública a cambio de límites de endeudamiento estrictos y un nuevo orden jurídico en el cual una autoridad de la eurozona pueda vetar un presupuesto aprobado, incluso antes de se implemente. Sólo tal audacia otorgará la certeza que los mercados necesitan – y Alemania tiene la responsabilidad de ser audaz.

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