Wednesday, July 23, 2014
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La niebla de las finanzas

Los líderes militares hablan de la "niebla de guerra" -el estado de incertidumbre esencial que marca el combate-. La reciente crisis de crédito y liquidez reveló una situación similar en los mercados financieros, porque nadie, ni siquiera los bancos centrales, parece entender su naturaleza o su magnitud.

Se suele sugerir que lo que se da en llamar la crisis de "hipotecas de alto riesgo" fue el resultado de políticas monetarias laxas que derivaron en el exceso de liquidez en los mercados financieros. Pero aquí existe una paradoja obvia porque, ¿cómo un exceso de liquidez puede resultar en una escasez de liquidez que tiene que ser compensada por los bancos centrales?

De hecho, la laxidad monetaria puede ser síntoma, no de exceso de liquidez, sino de exceso de ahorro. Esto se refleja en la creciente desigualdad de ingresos en gran parte del mundo desarrollado y los vertiginosos excedentes de los países productores de petróleo y las naciones asiáticas. El surgimiento de los fondos de riqueza soberana como los de China y los Estados del Golfo para invertir los ahorros de los excedentes presupuestarios de estos países es sólo la punta del iceberg del exceso de ahorros global.

Mientras que el exceso de liquidez es inflacionario y exige tasas de interés más altas, el exceso de ahorro es deflacionario y demanda tasas más bajas. Esto nos coloca frente al dilema al que se enfrentan los bancos centrales. Cuando los bancos centrales no pueden evitar una crisis -o cuando contribuyen para generar una-, su misión fundamental es la de hacer todo lo que esté a su alcance para contener su impacto.

Sus acciones, cada una de sus palabras o guiños, de repente cobran una importancia inmensa. El banquero central no es sólo un prestador de último recurso, sino también un orador de último recurso. En ambos sentidos, la Reserva Federal de Estados Unidos se desempeñó mucho mejor que el Banco Central Europeo en esta crisis más reciente.

Si el problema es el exceso de ahorro, y si la incertidumbre erosiona la confianza, una inyección masiva de liquidez como la del BCE en respuesta a la crisis de hipotecas de alto riesgo puede ser necesaria pero no suficiente. También puede necesitarse un recorte de las tasas para restaurar la confianza. La Fed entendió ese mensaje. Europa necesita saber por qué el BCE no.

Es más, los esfuerzos de la Fed terminaron siendo estabilizadores, porque manifestó claramente sus intenciones antes de emprender la acción. En cambio, a fines de agosto, el presidente del BCE, Jean-Claude Trichet, se refirió a la decisión de política monetaria tomada antes de la crisis para justificar la posibilidad de una suba de las tasas, y luego dejó las tasas en suspenso. El 6 de septiembre, Trichet dijo que el BCE había mantenido el status quo , sin aclarar qué quiso decir. Por cierto, mientras que el BCE parecía haber aceptado implícitamente un objetivo de crecimiento económico, mantuvo su línea dura contra la inflación el 4 de octubre.

La razón de la inercia, la oscuridad y la rigidez del BCE es simple: el BCE está a cargo del crecimiento económico en la zona del euro sólo de manera incidental; su principal objetivo es la "estabilidad de precios". Sin embargo, la crisis actual, al igual que otras que la precedieron, demuestra que la política monetaria gobierna las expectativas, no sólo de inflación sino también de crecimiento, les guste o no a los bancos centrales.

Mientras el BCE no reconozca las dudas que hoy sobrevuelan las economías de Europa, existe el riesgo de una crisis. El BCE está convencido de que el descuido benigno es la política de tipo de cambio correcta, y que el G7 es el lugar apropiado para ocuparse de la volatilidad monetaria. Pero el euro es un asunto europeo. ¿Por qué una situación en la que Europa carga con el peso de las monedas débiles en Estados Unidos y Asia se debería solucionar en un foro global? En medio de una crisis financiera, lo único peor que la duda es la falsa certeza.

La paradoja es que el BCE podría haber asegurado su independencia recortando las tasas de interés el 6 de septiembre, y otra vez el 4 de octubre. Ahora se verá obligado a hacerlo. Víctima de su inclinación conservadora, el BCE optó por esperar lo peor en lugar de prevenirlo. En consecuencia, el inevitable recorte de la tasa europea, cuando se produzca, probablemente no tendrá el efecto estabilizador que debería.

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