Friday, September 19, 2014
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¿La derrota final de Thomas Malthus?

Recientemente, la ONU corrigió sus proyecciones de crecimiento de la población. Hoy viven cerca de 6.3 mil millones de personas en la Tierra. Si las tasas de fertilidad en los países relativamente pobres continúan siguiendo las tendencias marcadas por los países que hoy son relativamente ricos, estamos a poca distancia de la población mundial máxima de 9 a 10 mil millones, que se alcanzará en 2050-2100.

Pero no es improbable que, después de ello, la población comience a declinar. Las mujeres, que en los países ricos de la actualidad están bien educadas, saben leer y escribir y tienen variadas opciones sociales y económicas a su disposición, han llevado la fertilidad a niveles por debajo de la tasa de reemplazo. El problema no es que, en promedio, estas mujeres deseen menos de dos niños; de hecho, el promedio deseado es un poco más que dos. Pero debido a que muchas de ellas demoran el tener niños hasta pasados los treinta años, la tasa de fertilidad real no alcanza a ser la que desean.

Una población mundial de 9 a 10 millones de personas no es una cifra por la que tengamos que preocuparnos acerca de Parson Malthus, el economista inglés del siglo 19 que profetizó un futuro en que las personas se multiplicarían más rápido que los recursos necesarios para sustentarlas y, por lo tanto, morirían de hambre por millones. De hecho, para muchos es una sorpresa el hecho de que la época de la explosión demográfica pueda estar llegando a su fin.

Hace sólo treinta años, gente como Paul Ehrlich de la Universidad de Stanford nos decía que el Ángel de la Muerte Malthusiano estaba a nuestras puertas. Señalaban que era demasiado tarde para detener las hambrunas que matarían a cientos de millones en el subcontinente indio, y que el destino de la humanidad en el siglo 21 estaba signado por la guerra y la lucha por los recursos para dar a las poblaciones de los respectivos países unos cuantos mendrugos adicionales.

Sin embargo, lo que hoy inflama los debates políticos acerca de la comida no es que haya muy poca, sino el hecho de que hay demasiada. Los políticos y poblaciones de los países en desarrollo se quejan amargamente de que los países industriales ricos producen demasiada comida.

"La exportación de comida es una de las pocas maneras de que podamos lograr el intercambio comercial con el extranjero que nos permita adquirir tecnologías modernas", argumentan. "Pero sus programas de subsidios agrícolas nos impiden lograr cualquier tipo de ventaja comparativa en la mayoría de los productos agrícolas. Ustedes dicen que el libre comercio es bueno para aquellos productos manufacturados que ustedes exportan, y que hacer cumplir los derechos de propiedad es un factor de fundamental importancia para sus inversionistas, pero hacen oídos sordos cuando el tema pasa a ser el igualar las reglas del juego en el comercio agrícola..."

Tienen razón. No todos los países en desarrollo pueden hacerse ricos fabricando y exportando chips de computadora, o juguetes de plástico, o bananas. Algunos tienen que exportar acero. Otros exportarán muebles o productos textiles. Y otros necesitarán exportar cítricos, cereales, alimentos procesados, etc. Y sin embargo, en casi una década se han dado escasos pasos para abrir el comercio mundial. Esto no es de sorprender si examinamos la composición de los votantes claves del Partido Demócrata de los EEUU. Por el contrario, lo que sorprende es que el Presidente Clinton haya estado tan deseoso de nadar contra la corriente generada por sus propias bases proteccionistas y sindicales en 1993 y 1994, creando el Área de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA) y la OMC.

También es muy sorprendente que la administración republicana de George W. Bush posterior al año 2000 haya sido tan hostil a un comercio más libre. De hecho, Bush ha respaldado varias importantes iniciativas antiliberales: aranceles para el acero, la ampliación de los subsidios agrícolas y una declaración de que las negociaciones del ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas) no considerarían el impacto de los programas de subsidios agrícolas estadounidenses sobre el comercio.

Los impedimentos que bloquean el comercio mundial ponen en riesgo el desarrollo económico global. La transferencia de tecnologías es increíblemente difícil. Puede muy bien ocurrir que $4 en ayudas sean un pobre sustituto de incluso $1 en exportaciones, debido a que hay pocas escuelas que sean mejores para internalizar los métodos y tecnologías organizacionales creadas desde el comienzo de la Revolución Industrial que la escuela del sector exportador.

Si el desarrollo mundial está en riesgo, también lo está la derrota final de Malthus. Si los países pobres siguen siendo pobres, sus tasas de crecimiento poblacional pueden disminuir de manera mucho más lenta de lo que predicen las Naciones Unidas.

La caída en las tasas de natalidad depende de una elevación del estatus de las mujeres, confianza en la salud pública, una creciente prosperidad y potentes señales culturales para convencer a la gente de que hay mejores indicadores del éxito que una familia numerosa. El hecho de que la mayoría de los países esté completando la transición demográfica no garantiza que todos lo hagan. Quizás las predicciones de Malthus tendrán validez nuevamente, en partes del planeta geográficamente pequeñas pero densamente pobladas e inmensamente pobres.

Los países de ingresos medios y altos del mundo no se deben imaginar que quienes son relativamente ricos pueden aislarse indefinidamente de la pobreza y miseria de los países más pobres. Durante mucho tiempo, el nacionalismo ha sido una potente causa para la violencia política. No hay nada que fortalezca más al nacionalismo y lo convierta en violencia que la sensación de que el suelo patrio está siendo explotado y mantenido en una condición de pobreza e impotencia por otras naciones que satisfacen, de ese modo, sus propios intereses egoístas. El mundo actual es demasiado pequeño como para que cualquiera de nosotros pueda darse el lujo de que una zona del planeta quede a merced de la libre acción del malthusianismo.

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