OLYMPIA, WASHINGTON— Este año se celebra el 45 aniversario de la publicación del libro The Feminine Mystique (La mística femenina) escrito por Betty Friedan. Actualmente, quienes mantienen una postura conservadora en temas sociales siguen culpando a Friedan y al feminismo por inducir a las mujeres a abandonar sus hogares para entrar al mercado laboral y consiguientemente por desestabilizar a la familia y poner en riesgo a sus hijos.
Sin embargo, el feminismo fue una consecuencia y no una causa de que las mujeres entraran a la fuerza laboral. En Europa Occidental y en los Estados Unidos, el capitalismo incipiente atrajo un gran número de mujeres jóvenes y solteras hacia las industrias –las textiles por ejemplo. A menudo, los dueños de las fábricas instalaban dormitorios para hospedar a las jóvenes trabajadoras. Muchas de esas trabajadoras se convirtieron en las primeras defensoras del movimiento por los derechos de las mujeres y de la abolición de la esclavitud; por otro lado, las mujeres de clase media se inspiraron en las mujeres trabajadoras que participaban vigorosamente en la escena pública (a las que algunas veces envidiaban).
Cuando se publicó el libro de Friedan en 1963, el capitalismo ya estaba atrayendo a mujeres casadas hacia los sectores de los servicios, administrativos y de la información que iban en expansión. Las ideas de Friedan fueron bien recibidas en una generación de mujeres que empezaban a concebir el trabajo remunerado no sólo como algo temporal entre la adolescencia y el matrimonio; que se sentían frustradas por la insistencia de la sociedad en afirmar que el único significado de sus vidas radicaba en su papel como amas de casa.
Cada vez que un número significativo de mujeres entra al mercado laboral se dan ciertos fenómenos. Las mujeres se casan menos jóvenes y tienen menos hijos, especialmente cuando emprenden estudios superiores o cuando tienen carreras mejor remuneradas. También desafían las leyes y costumbres que las relegan a una posición de segunda en la esfera pública o que les imponen una posición de subordinación en el ámbito familiar. A menudo, los gobiernos y los empleadores se dan cuenta de que conviene a sus intereses suprimir las barreras para que las mujeres puedan participar plenamente.
La disminución espectacular en la legislación y las costumbres que perpetúan la subordinación femenina de los últimos cuarenta años tiene una relación muy directa con el aumento de la participación de las mujeres en el empleo remunerado. En las sociedades en las que las mujeres siguen estando mal representadas en el mercado laboral, como en Medio Oriente, es donde existe una resistencia especial a los derechos de las mujeres.
El científico social, Michael Ross, dice que la extrema desigualdad de género existente en Arabia Saudita y en los Emiratos Árabes Unidos no es ocasionada por la inflexible tradición islámica. Más bien, la bonanza petrolera hizo que los empleos en el sector manufacturero, en los que la fuerza laboral femenina ha participado históricamente, dejaran de ser el elemento central del desarrollo económico y promovió paralelamente los empleos en el sector de la construcción, que suelen estar dominados por hombres. En el Medio Oriente islámico, los países ricos en petróleo registran niveles mucho más bajos de igualdad de género que los países pobres en petróleo como Marruecos, Túnez, Líbano y Siria.
Quienes mantienen una postura conservadora en temas sociales se equivocan al culpabilizar al feminismo por la entrada de las mujeres a la fuerza laboral. Sin embargo, es más probable que las mujeres que trabajan adopten posturas inspiradas por el feminismo, y que rechacen las ideas tradicionales sobre el matrimonio. Además, cuando las mujeres obtienen influencia económica y política, la vida de la familia tradicional efectivamente se desestabiliza. En Europa Occidental y en América del Norte la tasa de divorcios se disparó a medida que las mujeres ingresaban al mundo laboral en los años setenta y ochenta –ellas eran quienes iniciaban la mayor parte de las demandas de divorcio. Aunque la tasa de divorcios se estabilizó en los años noventa, la cohabitación y los hijos fuera del matrimonio son fenómenos que se presentan cada vez más.
No obstante, el camino más viable para mejorar la vida familiar de hoy es ofrecer una mayor integración económica y política a las mujeres y no desmantelar sus derechos. Que las mujeres tengan una mayor influencia y más recursos a su disposición son los elementos que más amenazan la estabilidad de la familia en sociedades marcadas por la desigualdad de género en las que, a menudo, las mujeres con éxito se rebelan contra el matrimonio. En países como Japón, Italia y Singapur, en los que los términos del matrimonio siguen siendo favorables a los hombres y en donde las mujeres tienen dificultades para combinar la familia y el trabajo, las mujeres que trabajan posponen el matrimonio y la maternidad por más tiempo que en los Estados Unidos, lo que resulta en una caída de la tasa de natalidad que a su vez amenaza el futuro de esas sociedades.
A medida que las mujeres ganan derechos colectivos, y especialmente, que los hombres aceptan la evolución del papel de la mujer, se atenúan muchos de los efectos perturbadores de los cambios en la vida de familia. En los Estados Unidos, la tasa de divorcios de las mujeres que poseen un alto nivel educativo son mucho más bajas que las de las mujeres con un menor nivel educativo; además es más probable que las mujeres que tienen buenos empleos o que han terminado la educación superior estén casadas a los 35 años, en comparación con las mujeres más tradicionales. En el pasado eran mayores las probabilidades de que el matrimonio de una ama de casa se disolviera cuando empezaba a trabajar. Actualmente, ir a trabajar disminuye las probabilidades de divorcio. En las familias en las que la esposa ha tenido un empleo por mayor tiempo, los hombres se ocupan más del cuidado de sus hijos y lo hacen mejor, y ven la recompensa con los resultados de sus hijos.
Por supuesto, el matrimonio nunca volverá a ser tan estable y predecible como cuando las mujeres no tenían alternativas. Pero aun en los lugares donde continúan los cambios en las familias, tienen menos consecuencias negativas cuando las mujeres tienen acceso a los derechos económicos. En los países nórdicos, los nacimientos fuera del matrimonio son mucho más numerosos que en los Estados Unidos, pero los hijos de madres solteras tienen una probabilidad mucho menor de sufrir pobreza y en promedio pasan más tiempo con ambos padres biológicos porque la cohabitación que se da ahí es más estable que muchos matrimonios estadounidenses.
En los países más pobres, el acceso de las mujeres a los trabajos remunerados es una mejor señal del bienestar de los niños que la estabilidad matrimonial. En partes de África y América Latina los niños de hogares mantenidos por una mujer que trabaja están mejor alimentados y tienen mayor acceso a la educación que los de hogares que cuentan con la madre y el padre donde éste último es el que gana el sustento. Por ejemplo, en Kenia, Malawi y Jamaica, a los niños de hogares mantenidos por mujeres, a pesar de que tienen ingresos menores, les va igual o mejor en lo que respecta a nutrición y salud a largo plazo que a los niños de hogares mantenidos por hombres.
Es improbable que el avance de los derechos de las mujeres sea una amenaza para la vida de familia; más bien tal vez sea nuestra mayor esperanza para que existan familias funcionales.


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