Saturday, October 25, 2014
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La dieta de la Reserva Federal

LONDRES – Los mercados de todo el mundo sintieron alivio tras la confirmación por parte del Senado norteamericano del renovado nombramiento del presidente de la Junta de la Reserva Federal, Ben Bernanke. Fue la decisión correcta desde la perspectiva de la estabilidad financiera; un cambio en la cima habría sembrado dudas sobre la determinación de la FED de responder de manera contundente a la crisis -y, por cierto, sobre su compromiso a largo plazo con mantener baja la inflación.


El desempeño de Bernanke en los dos últimos años se ganó una buena cuota de elogios, y una extensa lucha política por el control de la política monetaria norteamericana era lo último que el mundo necesitaba en un momento todavía muy delicado para la economía global.

Sin embargo, 30 senadores votaron en contra de Bernanke. Esto, en parte, puede haber sido pura política partidaria, pero Bernanke fue designado por el presidente George W. Bush, y hubo otras voces, tanto demócratas como independientes, que se alzaron en contra de su nuevo nombramiento.


La actitud contra Bernanke puede basarse, en parte, en su desempeño previo a la crisis. ¿No era acaso un miembro muy leal del ampquot;consenso de Greenspanampquot;, que sostenía que no era responsabilidad de la Fed ocuparse de las burbujas, ya fueran de precios de activos o de crédito, y que ésta debería limitarse a pasar el trapo después de acontecido el hecho?

Bernanke también había respaldado la política de una tasa de interés baja implementada tras el colapso de las puntocom que, a decir de muchos economistas, se mantuvo durante demasiado tiempo, alimentando el auge y contribuyendo a la caída. De hecho, no hace mucho defendió esa política, mientras que muchos otros presidentes de bancos centrales, tácita o explícitamente, admitieron que necesitan una nueva estrategia para el crédito y los precios de los activos.

En mi opinión, esa fue parte de la razón para las dudas de muchos analistas sobre lo apropiado de que Bernanke siguiera en el cargo. Pero estos argumentos terminaron enredados en una crítica más amplia de las acciones de la Fed.

¿Se le habría permitido rescatar a AIG, el gigante de las aseguradoras, a un costo tan alto sin aprobación del Congreso de Estados Unidos? ¿Cómo es que el balance de la Fed se puede expandir de manera tan espectacular, comprometiendo potencialmente grandes sumas de dinero de los contribuyentes, sin que el Congreso tenga incidencia en sus decisiones, excepto bien después de acontecido el hecho?

Estos interrogantes han dado lugar a que creciera la presión para que se auditen las acciones de la Fed, y para un mayor control político sobre las decisiones que ésta toma. El congresista Ron Paul ha venido liderando el grupo a la caza de la Fed, pero claramente no es una voz tan aislada como lo era hace dos años.

Este es territorio peligroso. Cualquier sugerencia de que las decisiones sobre política monetaria en el futuro serían objeto de un control político asustaría a los mercados, para utilizar un término no técnico. La mayoría de los países desarrollados llegaron a la conclusión de que la independencia del banco central tiene mucho sentido. Los políticos admiten, en sus momentos más racionales (sí, los tienen), que no se les puede confiar el arma de las tasas de interés, especialmente cuando se acerca una elección. De manera que les pasaron la pelota a los tecnócratas, con la esperanza de que ellos hagan elecciones racionales que beneficien a todos.


Yo comparto esta opinión consensuada. Pero existe un problema, y la crisis lo ha puesto de manifiesto. Los argumentos que aplican sólidamente en el caso de las tasas de interés no son tan claros cuando se trata de otras funciones que pueden desempeñar los bancos centrales.

Si un banco central compromete fondos públicos en respaldo de firmas individuales, incluso con una justificación sistémica, ¿no aplican acaso diferentes consideraciones de responsabilidad? Y si es un supervisor institucional directo y, al mismo tiempo, el prestador de último recurso, también existen consideraciones diferentes. Los supervisores toman decisiones que, en efecto, tienen un impacto en los rendimientos financieros privados y en los derechos de propiedad. Deben operar en el marco de restricciones legales, y con marcos de responsabilidad rigurosos, que involucren al gobierno y a la legislatura.

En las propuestas de reformas del sistema regulatorio, la administración Obama planea otorgarle a la Fed más de estos poderes. Eso inevitablemente le dio un espaldarazo a quienes sostienen que más poder exige más responsabilidad.

El problema es cómo establecer dos tipos diferentes de responsabilidad para las dos funciones diferentes. ¿Es posible mantener un presidente rigurosamente independiente cuando se trata de tasas de interés, y un presidente sumamente responsable cuando toma decisiones en su carácter de supervisor? Sólo con gran dificultad, es mi respuesta. Es muy difícil lograr que los legisladores entiendan estas delicadas distinciones. Es probable que exista cierto contagio de una función a la otra.

De manera que las propuestas para fortalecer el papel regulatorio de la Fed conllevan grandes riesgos. A mi modo de ver, sería mucho mejor otorgarle a la Fed un rol sistémico general, que plantee menos cuestiones de responsabilidad nuevas. Por debajo de la Fed, existe la oportunidad de crear un único supervisor bancario, que combine las funciones de la Oficina del Controlador de Moneda, la Oficina de Supervisión de las Instituciones de Ahorro y las funciones regulatorias de las Reservas Federales regionales. En un mundo perfecto, uno agregaría a los reguladores bancarios estatales, pero reconozco que, a esta altura, he empezado a pisotear algunas características preciadas de la Constitución de Estados Unidos.

Esta arquitectura regulatoria dejaría a la Fed en libertad de hablar abiertamente sobre el desarrollo del sistema financiero en general, sin tener que preocuparse por las implicancias para las instituciones individuales. La crisis ha demostrado que necesitamos hablar así, sin rodeos. Es más, una solución de este tipo protegería la independencia crucial de la Fed en su rol de política monetaria.

El presidente Obama no debería llegar a la conclusión de que los argumentos sobre la responsabilidad de la Fed han desaparecido con la confirmación de Bernanke. Si sigue adelante con sus planes de otorgarle más funciones, persistirán. Para proteger la independencia de la Fed, que es un bien público global de máxima importancia, debería recortar la autoridad de la Fed y acotarla a su rol medular.

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