Wednesday, October 22, 2014
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La falsa promesa de las pensiones privadas

Una de las afirmaciones más extrañas que se hacen en los debates sobre la seguridad social que actualmente se dan en los países más ricos del mundo es que los programas de pensiones de beneficios definidos financiados por los gobiernos (como el sistema de seguridad social de Estados Unidos) están pasados de moda. Se dice que esos programas estaban bien para la economía industrial de la Gran Depresión y la generación posterior a la Segunda Guerra Mundial, pero que ya son obsoletos en la economía post-industrial, de alta tecnología y conectada por la red de nuestros días.

Quienes defienden ese argumento proponen un modelo diferente. Así como las corporaciones de hoy están mucho más satisfechas al apoyar las pensiones de los trabajadores con contribuciones a las cuentas privadas de los empleados, el gobierno debería ofrecer (o exigir) contribuciones a cuentas privadas. El valor de esas cuentas fluctuaría con el mercado en lugar de permanecer en un esquema de beneficios definidos que garantiza una suma fija real de recursos disponibles al momento de la jubilación.

Este argumento es extraño porque interpreta al revés los aspectos económicos de la situación. Cuando hay muchas empresas que ofrecen a los trabajadores pensiones de beneficios definidos de largo plazo, las ventajas para el gobierno de establecer un esquema paralelo de beneficios definidos y exigir que los trabajadores participen en él son menores. Después de todo, en un mundo tal, los trabajadores que dan gran valor a una pensión con beneficios definidos pueden irse a trabajar a las empresas que las ofrezcan.

Los mayores beneficios que surgen de que el gobierno exija que los trabajadores también participen en un sistema nacional de seguridad social crecen para aquellos trabajadores que en verdad debieran dar un alto valor a una pensión de beneficios definidos pero que no han logrado decidir cuáles son sus preferencias verdaderas. También crecen para los trabajadores relativamente pobres que carecen del poder de negociación para inducir a los patrones a ofrecer las pensiones que realmente quieren y necesitan.

Pero actualmente no hay demasiadas empresas que estén dispuestas a ofrecer esquemas de pensiones de beneficios definidos de largo plazo. Una de las razones es que hoy en día las empresas son mucho más concientes de su propia fragilidad a largo plazo de lo que lo eran en las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. Ni siquiera la IBM de Estados Unidos --que se precia de su estabilidad-- quiere tomar el riesgo de ofrecer esquemas de beneficios definidos.

El riesgo de las pensiones de beneficios definidos solía compensarse con dos ventajas para las compañías que los ofrecían. Primero, el hecho de que dejar la compañía significaba una pensión reducida aumentaba la lealtad de los empleados. Segundo las suposiciones optimistas de los contadores complacientes sobre los rendimientos de las reservas de pensiones, junto con la mayor capacidad de soportar riesgos de las empresas grandes, mejoraba la imagen financiera que las compañías podían presentar a sus inversionistas.

Actualmente se considera que los riesgos son mucho mayores y los beneficios menores. Como resultado, una cantidad cada vez menor de patrones ofrece pensiones de beneficios definidos.

Esta disminución de las pensiones de beneficios definidos privadas a lo largo del núcleo rico de la economía mundial es malo porque la configuración de los precios de los activos sugiere que los trabajadores jóvenes y de mediana edad valoran mucho las pensiones de beneficios definidos. Históricamente, la brecha entre los rendimientos esperados y los activos de bajo riesgo como los bonos del gobierno o de grado de inversión y los activos de alto riesgo como las acciones y los bines raíces ha sido muy grande. En cierta medida, como afirman economistas como Robert Barro y matemáticos como Benoit Mandelbrot, eso puede deberse a que las inversiones de alto riesgo en realidad son mucho más riesgosas de lo que indican las teorías y el aspecto matemático de las técnicas financieras normales.

En mi opinión, al menos, esto se debe en parte a que el recuerdo de años como 1930 y 2000, cuando el desempeño de las acciones fue muy malo, están demasiado presentes en las mentes de los inversionistas. Los trabajadores y otros tenedores de activos valoran mucho la seguridad y la previsibilidad, de manera que un plan de pensiones de beneficios definidos es extremadamente valioso.

Pero en el mundo actual, sólo los gobiernos nacionales son lo suficientemente grandes para poder hacerlo con alguna garantía de que los activos de las pensiones en efecto existirán cuando los trabajadores se jubilen. Soy lo suficientemente socialdemócrata para creer que si hay un servicio o beneficio económico al que los ciudadanos dan gran valor, el gobierno debería suministrarlo.

Los economistas sabemos que ampliar al gobierno más allá de su papel básico de ofrecer bienes públicos verdaderos como la defensa, la seguridad pública y la justicia, y dar a los ciudadanos incentivos para equilibrar los efectos de los verdaderos fracasos del mercado tiene muchas desventajas. Si el mercado privado tiene la flexibilidad de dos manos, la burocracia gubernamental tiene, en el mejor de los casos, dos pulgares.

Pero la recaudación de los impuestos de nómina de decenas de millones de trabajadores y la expedición de decenas de millones de cheques de pensión son el tipo de tarea rutinaria y semiautomática que los gobiernos pueden realizar bien. Ahora que las empresas privadas se están alejando de los programas de beneficios definidos, es aún más importante y valioso que el gobierno lo haga en nuestra sociedad post-industrial de la era de la red, de lo que lo fue en el pasado.

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