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¿Un mundo post-crecimiento?

PRINCETON – En un reciente documento provocador, Robert Gordon, de la Northwestern University, concluye que la tasa de progreso tecnológico se ha desacelerado marcadamente y que, en consecuencia, el crecimiento de los estándares de vida (al menos en los países ricos del mundo) seguramente perderá ritmo. En el siglo XX, dice, el ingreso per capita en Estados Unidos se duplicó aproximadamente cada 25-30 años. Pero es probable que la próxima vez que se duplique sea en 100 años, un ritmo que se registró por última vez en el siglo XIX.

Las consideraciones del crecimiento a largo plazo, si bien se las ve como cruciales, parecen distantes del aquí y ahora de la restauración financiera y la recuperación de la confianza. De manera que el comentario en el documento de Gordon está en gran medida disociado de las deliberaciones sobre políticas para abordar la Gran Recesión en curso.

Sin embargo, una evaluación realista de las perspectivas de crecimiento es precisamente lo que se necesita hoy en día para diseñar políticas apropiadas y factibles. El punto de Gordon no es que el crecimiento se desacelerará en el futuro, sino más bien que el crecimiento de la productividad subyacente adoptó una trayectoria marcadamente más baja en el año 2000. Vivimos la mejor parte de la década subsiguiente con una sensación engañosa de prosperidad extendida y así se generó una burbuja financiera. Peor aún, tratamos al presente como si la burbuja que impulsó el crecimiento entre 2000 y 2007 fuera a regresar.

Consideremos las proyecciones regulares del Fondo Monetario Internacional para el crecimiento mundial. En abril de 2010, unos 18 meses después de la quiebra de Lehman Brothers, la crisis parecía haber terminado. El pronóstico era que el PBI mundial iba a crecer aproximadamente al 4,5% anual hasta 2015, un ritmo apenas más alto que durante la década previa a la crisis, mientras que se proyectaba que la tasa de inflación promedio anual sería más baja, de 2,9%. El futuro parecía brillante.

Por el contrario, después de sucesivas revisiones, ahora se espera que el PBI mundial en 2012 haya crecido sólo 3,3% mientras que se pronostica que la inflación alcanzará el 4%, lo que marca una situación económica global mucho más débil de lo que se imaginaba. Un crecimiento menor de lo esperado y una inflación más alta de la proyectada afectaron a la mayoría de las economías. En 2011 y 2012, el Reino Unido se destacó entre las economías avanzadas en este sentido; pero el patrón se mantiene incluso para Alemania. El brillo también se opacó en el caso de los BRIC (Brasil, Rusia, India y China).

Si bien las proyecciones del FMI y otros organismos han sido persistentemente optimistas, cada contratiempo fue considerado como una desviación temporaria, asociada con su propia causa en particular: el rescate griego, el tsunami trágico en Japón, el salto de la volatilidad luego de la reducción de la calificación de la deuda de Estados Unidos por parte de Standard & Poor's, y así sucesivamente. El retorno a un crecimiento mundial del 4,5% simplemente se aplazó para más adelante -en las últimas proyecciones, para 2015.

La fe en un crecimiento renovado es una estrategia desacertada en materia de políticas. En su núcleo central, la crisis económica global es una crisis de crecimiento. Las instituciones y mercados financieros suponían que la productividad seguiría creciendo al ritmo de fines de los años 1990, que fomentó un auge de los precios de los activos que transmitía una ilusión de bienestar; aquellos que no estaban directamente involucrados en la burbuja financiera fueron cooptados a través del vibrante comercio internacional. El crecimiento europeo, con su fuerte dependencia del comercio, recibió un empuje especial, al igual que los mercados emergentes.

Una vez que comenzó la Gran Recesión, este proceso operó a la inversa, desacelerando los excesos. Pero los responsables de las políticas siguieron comparando las perspectivas de recuperación con el desempeño de crecimiento previo a la crisis. Cuando la realidad demostró lo contrario, no se abandonó el retorno del pasado, simplemente se lo pospuso para más adelante. Seguir suponiendo que se reanudaría el crecimiento previo a la crisis era necesario para justificar que se pospusiera la toma de decisiones difíciles.

Por ejemplo, un rebote del crecimiento apuntala la expectativa de que la periferia europea no reestructurará o desinflará su deuda soberana. La suposición de que la economía alemana se acelerará y logrará salir de su paso de tortuga actual es esencial para la confianza en la red de seguridad financiera de Europa, y para una unión bancaria que comparte los riesgos de manera creíble en toda la eurozona. La reanudación de un crecimiento económico mundial robusto es el sustento para demorar la implementación de las reglas bancarias de Basilea III. Y, si los BRIC se desaceleran, pueden ser más proclives a las crisis de deuda y monetarias.

¿Qué debe hacerse? Como no se puede contar con el elixir de crecimiento de los pronósticos de los responsables de las políticas para resolver los problemas, lidiar con los excesos financieros se vuelve una tarea más urgente. Eso significa más reestructuración de deuda y más cierres de bancos ahora, en lugar de morigerar propuestas para dominar a los mercados descontrolados. De cara al futuro, como destacó en repetidas oportunidades Robert Shiller de la Universidad de Yale, las políticas públicas deben ayudar a forjar mercados de futuros que cubran mejor los riesgos y nivelen los incentivos de manera más confiable.

No hay un sendero mágico hacia un mayor crecimiento de la productividad. Incluso si el pesimismo de Gordon fuera excesivo, resulta imposible predecir el momento en que se producirá el próximo avance en tecnología. Las llamadas reformas "estructurales" pueden ayudar, pero los réditos factibles son pequeños e inciertos. Tal vez sólo sea hora de aprender a vivir con menos.